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Una mujer que buscaba separarse y el hombre que no paró hasta matarla en Villa del Carril

Una comerciante fue atacada a balazos por su pareja una noche de 1966. Fue después de que éste se anoticiara de una exposición policial en la que la mujer dejaba sentado que decidía separarse.

Domingo, 12 de julio de 2026 a las 08:53

La exposición judicial del 5 de febrero de 1966 decía: “Que hacen tres a la fecha vivo en concubinato con Ángel Francisco Vidable, quien de un tiempo a esta parte ha comenzado a darle malos tratos, por cuyo motivo ha decidido la exponente separarse definitivamente”.

Si se lo ve desde el sentido común, Antonia Elva Martínez hizo lo correcto y dejó plasmada en un documento, en la Comisaría 2da de Concepción, su decisión de alejarse del todo de su pareja -hasta ese momento-. Era una constancia, pero también un resguardo para su protección. Es que la Policía debía notificar de la situación a la otra parte.

Y así sucedió. A las 12.30 del 9 de febrero de 1966, Ángel Francisco Vidable fue citado en esa misma seccional y le comunicaron sobre la exposición policial realiza por la mujer. “Que en este acto se da por enterado de lo expuesto por su concubina Antonia Elva Martínez, manifestando que efectivamente todo es verdad y que se responsabiliza de los efectos existentes en el domicilio indicado hasta que sea retirado”, expresaba esta segunda exposición. Ángel firmó ese papel sin objetar nada. Pero con ese mismo silencio también selló la sentencia de muerte de Antonia. Diez horas después la atacó a balazos en Villa del Carril, en Capital.

El titular de Diario de Cuyo.

En realidad, el femicidio contra Antonia Elva Martínez se consumó la mañana del 12 de febrero de 1966, cuando dejó de existir en una cama del Hospital Guillermo Rawson. La mujer recibió un disparo en el tórax y, aunque fue intervenida quirúrgicamente, su cuerpo resistió apenas tres días.

La relación de tres años entre Ángel Francisco Vidable, de 41 años, y Antonia Elva Martínez, de 45, culminó de la peor manera. Ella venía de una separación anterior del padre de su hija y el romance con este otro hombre, de dudosa reputación y también separado, fue su pesadilla.

Una relación conflictiva

Él era de la calle Santiago del Estero, en Capital. Entre sus datos figuraba que era “empleado” y su planilla prontuarial señalaba que contaba con antecedentes penales. La mujer se dedicaba al comercio y a la producción agrícola. Su familia tenía campos de cultivo en Jáchal, pero su casa estaba en la calle Aberastain, en Concepción, adonde la pareja se había ido a vivir.

Cómo se conocieron y dónde nació esa relación, poco se sabe. Los recortes periodísticos y los documentos judiciales destacan que llevaban tres años de convivencia y ambos habían emprendido juntos un negocio con una plantación de cebolla en Jáchal. Les había ido bien con la cosecha en enero de 1966, pero la situación sentimental de la pareja estaba en las últimas. Peleaban continuamente y casi no se veían porque ella era muy independiente.

Antonia no le vio futuro a la relación y, a principios de febrero de ese año, se decidió a cortar el vínculo con Vidable. Sabía que eso le traería conflictos, entonces comenzó a tomar decisiones comerciales para resguardarse. En esos días viajó al departamento riojano de Villa Unión para alquilar unos campos y traer leña y carbón a San Juan.

Vidable se enteró de esto el 4 de febrero, pero, además, alguien le contó que la mujer andaba en compañía de un camionero de apellido Zambrano. Él tomó como una traición el hecho de que Antonia estuviese planeando nuevos negocios a sus espaldas, aunque le dolía más pensar que lo estaba engañando con esa otra persona.

La última charla

La mañana del 5 de febrero, Vidable encontró a Antonia en la casa de calle Aberastain y prácticamente la interrogó. Ella le admitió que era cierto, que firmó un contrato de alquiler por un campo en La Rioja durante cinco años por un monto total de 6.500.000 pesos. Le comentó también que había comprado un camión Bedford nuevo. Y le aclaró que en estos proyectos había sumado como socio a ese otro hombre, de apellido Zambrano.

Ante los reproches, ella solo respondió que la dejara en paz y que “sabía lo que hacía”. Vidable se puso furioso y le hizo una escena de celos con el tal Zambrano. Hasta ese momento, él desconocía que el día anterior Antonia había realizado una exposición en la Comisaría 2da de Concepción.

La comerciante jamás le habló de la separación a Vidable; al menos, eso dijo él. Ese sábado 5 de febrero, el hombre se marchó molesto de la casa y regresó como a las 22. Antonia ya no estaba. Lo único que encontró fue un mensaje escrito de puño y letra por ella: "Ángel, yo me voy por mi lado a arreglar las cosas, enseguida vuelvo".

Desde ese momento, Vidable no tuvo más noticias de Antonia. En los días siguientes la buscó por las casas de sus conocidos, pero no la encontró. Llamó por teléfono un par de veces a la comisaría de Jáchal para localizar a la familia y preguntar si estaba allí, pero no hubo caso. A través de la hija de Antonia luego supo que estaba en Mendoza por cuestiones de negocios, pero que regresaba el miércoles 9 de febrero.

El día trágico

Vidable ya andaba desencajado. Pero lo que más lo perturbó y enloqueció fue esa citación policial que recibió la mañana del miércoles 9 de febrero. El agente que lo visitó en su casa, en la calle Santiago del Estero, le dijo que se presentara en la Comisaría 2da para que le informaran sobre una exposición.

Todo pulcro y serio, pero con muchas preguntas por dentro, Ángel Vidable se presentó en la seccional a las 12.30 de ese día para anoticiarse. El policía que lo atendió le leyó la exposición hecha por su expareja Antonia Martínez, en la que dejaba constancia de que no quería vivir más con él y se separaba. Los ojos Ángel se le llenaron de lágrimas, parte por despecho y parte por el odio que crecía con cada pulsación.

Él firmó callado el acta en la que se daba por informado de la exposición y se despidió del uniformado. Salió de la comisaría con una idea fija. La decisión estaba tomada. Lo primero que hizo fue recurrir a sus amigos y consiguió un revólver calibre 32 corto, marca Eiber-España, con municiones.

El asesinato ocurrió en un domicilio de calle Pedro de Valdivia, cerca de Las Heras.

Esa tarde estuvo dando vueltas, pasó un par de veces por la casa de Antonia en la calle Aberastain y por el domicilio de su amiga, Sofía Sirasmed, en la calle Pedro Valdivia, cerca de Las Heras, en Villa del Carril. Ángel sabía que esa otra mujer era muy confidente de Antonia y que esta frecuentaba ese lugar.

Esa temeraria búsqueda terminó minutos después de las 22. Ángel Vidable volvió a la vivienda de calle Pedro de Valdivia a esa hora y, convencido de que allí estaba Antonia, entró sin golpear. “¡Permiso, señora!”, dijo, abriéndose paso por el interior de la casa.

Doña Sofía escuchó la voz, pero no la reconoció. Supo quién era cuando se abrió la puerta de su dormitorio y entró Ángel Francisco Vidable. La dueña de casa estaba sentada en la cama conversando con su hija Emilia y Antonia Elva Martínez. “¡Vas a hablar conmigo!”, exigió Vidable, mirando a su expareja y apuntándole con el arma. Ella respondió: “Sí, pero deja el revólver”.

Ataque a balazos

Una de las mujeres gritó y en esos instantes entró Ricardo, el otro hijo de Sofía Sirasmed, quien, al ver la escena del hombre apuntando a Antonia, se interpuso en el medio y pidió que bajara el arma. Atrás del muchacho, Antonia se abrazaba a Emilia tratando de escudarse. Ángel Vidable no apartó ni un segundo la vista de su expareja y abrió fuego. En total efectuó cuatro disparos.

La primera en correr fue doña Sofía, que salió a la calle a los gritos. Ricardo, que era jovencito, también escapó y por detrás lo hizo Emilia. Al llegar a la vereda, esta última chica notó que tenía sangre. Uno de los disparos le había dado en la espalda. Antonia Elva Martínez para entonces ya se encontraba moribunda sobre la cama con un disparo en el pecho. Ángel Vidable, en cambio, caminó hasta el pasillo y se pegó un balazo en el pecho.

Esa noche todos acabaron en el Hospital Guillermo Rawson. Emilia Nievas, la hija de doña Sofía, por esa herida de bala en la espalda que no alcanzó a tocar ningún órgano vital. Vidable, por ese disparo en el pecho que tampoco puso en riesgo su vida. Y Antonia, quien sí quedó grave por ese tiro en el tórax que la dejó al borde de la muerte desde esa noche. Su agonía duró tres días y falleció el 12 de febrero de 1966.

Diario Tribuna informó sobre la muerte de la mujer baleada.

Ángel Francisco Vidable fue juzgado en 1968 en compañía de su amigo Oscar Santiago, al que acusaron de falso testimonio. Es que el asesino declaró en la indagatoria que esa noche entró a la casa de Sofía Sirasmed y encontró a varios hombres y mujeres bebiendo con su concubina. Su versión fue que allí fue golpeado por esas personas y que no recordaba qué pasó, y menos el ataque a balazos contra su expareja. En su intento por encubrirlo, su amigo respaldó esos dichos afirmando que él estaba en la esquina y vio salir corriendo a tres hombres de la vivienda.

Los testimonios, las pruebas y las pericias recolectadas en la causa desmintieron todas esas versiones. En todo caso, confirmaron que Vidable entró armado a la casa y atacó a balazos a las mujeres en el dormitorio mientras estas charlaban.

El 16 de julio de 1968, el juez Wilson Vaca condenó a Ángel Antonio Vidable a 11 años de cárcel por los delitos de violación de domicilio, lesiones leves y homicidio simple. En esos tiempos no existía la figura penal del femicidio como un agravante. De ser así, hubiese recibido una pena de prisión perpetua, dado que no hay dudas de que el caso estuvo atravesado por la violencia de género.