El fútbol, ese bendito juego de potreros y germinador de sueños, es una bala que ajusticia las injusticias del mundo. Esos 105 metros de césped igualan a los poderosos con los que mastican clavos. No importa cuántos territorios invadiste, cuántas guerras ganaste o cuál es tu PBI per cápita; es el momento en el que los que miramos el reparto de lejos podemos soñar con ganar. Esa belleza nos trasciende, nos alimenta, nos engorda, nos escupe gigantes y “los libres del mundo responden, al gran pueblo argentino: salud”.
El folclore mundialista saca lo mejor de nosotros. Arrasa con los egoísmos, con los muros infranqueables de la soledad y construye lazos. Miramos el partido en comunidad, con un plato humilde sobre la mesa o con el típico asado, hoy sinónimo de lujo. Hay hambre y hay expectativa. Hay fe tanto en las casitas apostadas entre las rocas supremas de Malimán como en el multitudinario barrio Aramburu; en la lejana y verde Huerta de Huachi como en el húmedo Médano de Oro.
Desde ese pitazo del árbitro, todos creemos. Podemos porque tenemos al mejor, el hombre que venció el tiempo con esos pies que piensan más rápido que la velocidad de la luz. Podemos porque tenemos un equipo, que no nos va a dejar tirados, como confirmamos desde que la música de Wos se transformó en un himno allá por el 2022. Podemos porque tenemos corazón, esa fuerza inmortal que nos ha permitido pelearle a las épocas de vacas flacas. Podemos porque somos argentinos y estamos hechos de esa madera que puede doblarse, pero que justo cuando pensás que la vas a quebrar, saca un hombre o una mujer que nos exige creer en Dios. ¿Será que acaso Dios es argentino? Elijo creer.
Con el mundial nos ponemos ágiles. Creamos apodos, somos creativos hasta con la desgracia. No sé si vieron Las Crónicas de Narnia, pero les resumo lo importante: cuatro hermanos abren un ropero y detrás de esas puertas se esconde un mundo. Esta competencia es más que un simple torneo, no hay nada nuevo en eso; para los argentinos es ese mundo que se nos revela cada cuatro años, que sabemos que existe y que nos hace un pueblo compacto, un grupo vibrante que se ríe en el bondi con un meme del “Dibu” y se permite soñar con su bandera en lo más alto.
Quizás sea el corazón de la selección más ganadora de la historia lo que inspira a los argentinos a sacar su espíritu rebelde. Ese de los pueblos originarios; que no le tienen miedo a nada, como dijo Scaloni cuando calificó a parte del plantel. Ese de los padres de la patria, de los revolucionarios que le dieron identidad al pueblo. Nos envalentonamos todos, dejamos de ser esos argentinos que nacimos para sufrir para convertirnos en guerreros que transformamos el sufrimiento en una inyección necesaria de indocilidad. Lo vimos a Giovani Lo Celso con esa dosis argenta tras ganarle a Inglaterra. Hizo propio el mensaje de Malvinas como el Cuti Romero y el Licha Martínez, que patean la pelota en la liga inglesa y también tomaron el trapo. Ahora no nos importa nada. Que nos sancione la FIFA y si tenemos que pagar entre todos la sanción lo hacemos, replicando los comentarios que se viralizaron en redes sociales.
Antes de un partido de la selección, hay preparativos. Las fiambrerías colapsan, los que comen asado van en busca de los cortes que le pidieron al carnicero de confianza. Bebidas espirituosas y sin alcohol para los que tienen que recoger la pala después del partido. Las mesas de los argentinos se arman media hora antes, con niños correteando por la casa con las camisetas truchas de Messi que se compran en cada esquina del centro. Siempre hay lugar para las cábalas y más de uno se encuentra en el freezer el nombre de algún jugador “congelado”.
Cumplido el ritual, la pelota empieza a correr y ahí ya es otro cantar. El momento del himno es uno de los más fuertes: somos más argentinos que nunca mirando el rostro de los nuestros vocalizando las estrofas de nuestra canción patria. El mundo se divide entre los que miran en silencio, los típicos “la procesión va por dentro” y los que visibilizan todas sus emociones. Se putea al que le pega al Capitán, las manos se acercan a la cabeza con cada travesaño y con cada contrincante que queda cerca del área. “Sácala, sácala, sácala”, se escucha de fondo mientras los demás cantan nuestros cantitos de cancha.
Podría detenerme en mil imágenes que produce cada encuentro mundialero. Pero elegiré el momento del gol, ese instante en el que sentimos que todo es posible, que la argentinidad alcanza niveles altísimos en sangre. Los gritos atragantados toman forma y la energía desafía al tiempo. Es casi como un rayo evangelizador: abuelos con bastón que los sueltan, enfermos que cobran fuerza de la nada y distanciados que se acercan. Creemos. Porque estos chicos no defraudan. Estamos acostumbrados a resurgir, pero este plantel enciende la esperanza.
Me quedé tildada escribiendo esta columna. Advierto: me pondré personalista pero les juro que tengo un punto. Mi viejo se preparó muchísimo para ver el Mundial 2022. El Juan Carlos se compró un televisor en agosto. Le tenía fe a la Scaloneta, lo había ilusionado esa Copa América, ese equipo con aguante que lo remitía al curtido Mario Kempes y a su máximo referente, el gran Diego Armando Maradona. Con mucho esfuerzo y en 24 largas cuotas, pudo darse el lujo de esa tele de 42 pulgadas. El 25 de agosto del 2022 su cuerpo cansado por las diálisis y la diabetes cedió ante la muerte. No vio a su amada Argentina; de Cafrune, Charly y Moris; alzar ese trofeo. Su recuerdo estuvo en ese inusual mundial de Qatar. Aunque mi padre sea el ausente más presente de mi vida, no hay partido en el que no aparezca su voz, su pasional manera de ver y su fe extrema, que no le permitía levantarse de la silla por más que estuviéramos abajísimo. Natalia evocando a su viejo somos todos; soy ustedes cuando se les aparece la imagen de sus abuelos, de viejos amores, de sus madres con cábalas raras, de sus amigos perdidos. Está ahí el abrazo, la alegría, ese recorte indeleble que se hace imagen palpable cada cuatro años.
Sin caer en nacionalismos de copetín, el mundial nos pone hermosos. Es en serio y lo sabemos. Dignos hijos de esta tierra indómita, chúcaros de vez en cuando, quizás menos de lo necesario. El 19 de julio se sellará una era mundialista, una excepción triunfal. Remamos con más fuerza que nunca y hasta con una alegría que últimamente se nos viene haciendo esquiva como pueblo. Estos 39 días serán memoria dentro de unos años, una historia que contaremos, un espacio común y colectivo que nos cohesiona y un recuerdo imborrable de momentos. Inmortales, como dice nuestro himno. Una página o muchas dentro de la vida de 47 millones de argentinos que fueron felices con 11 pibes pegándole a la pelota.