Cada vez que la Selección Argentina juega un partido o conquista un título o un Mundial vuelve a reunir a millones de personas frente a una pantalla, reaparece una discusión que parece inseparable de la identidad nacional. Desde distintos países se multiplican las críticas contra los argentinos por considerarlos "agrandados", arrogantes o excesivamente orgullosos de sí mismos. Sin embargo, esa polémica no nació con Lionel Messi, Diego Maradona ni con las redes sociales. Hace casi 180 años, el sanjuanino Domingo Faustino Sarmiento ya respondía a ese mismo reproche.
En “Facundo. Civilización y Barbarie”, publicado en 1845, el escritor y futuro presidente dedicó varios pasajes a describir el carácter de los habitantes del Río de la Plata. Allí reconocía que al resto de los pueblos americanos les molestaba la seguridad con la que los argentinos hablaban de sí mismos. Lejos de negar esa percepción, la reivindicaba como una condición necesaria para el desarrollo de cualquier nación.
Al analizar la vida en la campaña, Sarmiento sostenía que las dificultades impuestas por el territorio habían moldeado un tipo humano acostumbrado a vencer obstáculos, dominar la naturaleza y confiar en sus propias capacidades. Según su interpretación, esa experiencia cotidiana había generado una fuerte conciencia del valor individual y colectivo.
Lo expresaba en estos términos: "Este hábito de triunfar de las resistencias, de mostrarse siempre superior a la naturaleza, de desafiarla y vencerla, desenvuelve prodigiosamente el sentimiento de la importancia individual y de la superioridad".
Más adelante reconocía que ese rasgo era objeto de críticas en el resto de América: “Los argentinos, de cualquier clase que sean, civilizados o ignorantes, tienen una alta conciencia de su valer como nación. Todos los demás pueblos americanos les echan en cara esta vanidad y se muestran ofendidos de su presunción y arrogancia".
La respuesta de Sarmiento resulta llamativa incluso desde la perspectiva actual. En lugar de rechazar la acusación, admitía que tenía parte de verdad y explicaba por qué no le preocupaba. "Creo que el cargo no es del todo infundado, y no me pesa de ello. ¡Ay del pueblo que no tiene fe en sí mismo! Para ese no se han hecho las grandes cosas", afirmaba.
Para el sanjuanino considerado el Maestro de América, esa confianza no era un acto de soberbia sino una fuerza histórica. Incluso la relacionaba con el proceso emancipador que había dado origen a las nuevas repúblicas americanas: “¿Cuánto no habrá podido contribuir a la independencia de una parte de la América la arrogancia de estos gauchos argentinos, que nada han visto bajo el sol mejor que ellos, ni el hombre sabio ni el poderoso?".
La idea culminaba con una descripción del modo en que el gaucho percibía al extranjero, a quien consideraba inferior por no poseer las habilidades propias de la vida en las pampas: "El europeo es para ellos el último de todos, porque no resiste un par de galopes del caballo".
Un debate que atraviesa casi dos siglos
Las palabras de Sarmiento adquieren una resonancia particular cada vez que el fútbol vuelve a convertirse en escenario de discusiones sobre la identidad argentina. La celebración de los triunfos deportivos suele ir acompañada de críticas provenientes del exterior, donde la confianza con la que muchos argentinos viven esos éxitos es interpretada como arrogancia.
Lo llamativo es que esa percepción ya existía en la primera mitad del siglo XIX. En plena construcción del Estado argentino, Sarmiento no solo registró esa imagen, sino que la transformó en una defensa de la autoestima nacional. Su argumento era sencillo: ningún pueblo puede aspirar a grandes empresas si antes no desarrolla una profunda confianza en sí mismo.
Casi dos siglos después, la discusión permanece abierta. Cambiaron los protagonistas, los escenarios y los medios desde donde se expresan las críticas. Pero la pregunta sigue siendo prácticamente la misma: ¿la confianza argentina es arrogancia o la convicción de un pueblo acostumbrado a creer en sus propias posibilidades?