Cuando el árbitro esloveno Slavko Vinčić señaló el final de la final en el New York New Jersey Stadium, Lionel Messi permaneció unos instantes en silencio. La ilusión de defender el título mundial había quedado atrás y España comenzaba a celebrar una conquista histórica. En medio de esa escena apareció una pregunta inevitable: ¿fue este el último Mundial del capitán argentino?
Todavía nadie puede responderla. A sus 39 años, Messi no confirmó si volverá a intentarlo dentro de cuatro años. La decisión, como tantas otras en su carrera, será exclusivamente suya. Pero más allá de lo que ocurra con su futuro, hay algo que ya no admite discusión: su legado en la Selección Argentina quedó escrito mucho antes de esta derrota.
Durante años, el rosarino cargó con una mochila que parecía imposible de soportar. Se le reclamó ganar un Mundial, se lo comparó permanentemente con Diego Maradona y cada derrota en una final parecía alimentar una discusión que nunca terminaba. Perdió la definición de Brasil 2014, sufrió las finales de las Copas América 2015 y 2016 e incluso anunció su renuncia a la Selección, convencido de que el sueño celeste y blanco había llegado a su final.
Pero volvió. Y esa decisión cambió la historia.
La conquista de la Copa América 2021 rompió una sequía de 28 años sin títulos para Argentina y también quebró una barrera emocional que perseguía a toda una generación. A partir de allí llegaron la Finalissima frente a Italia, el inolvidable Mundial de Qatar 2022, una nueva Copa América y un equipo que dejó de convivir con el peso de las frustraciones para acostumbrarse a competir por cada torneo con la convicción de que podía ganarlo.
Ese cambio excede cualquier estadística. Messi no solo fue el mejor futbolista de la Selección durante casi dos décadas. También se convirtió en el líder de un grupo que recuperó una identidad competitiva. La confianza que hoy transmite Argentina, la naturalidad con la que afronta instancias decisivas y la mentalidad de un plantel que ya no se conforma con llegar lejos son parte de una transformación que tuvo al capitán como principal referente.
Los números ayudan a dimensionar esa influencia. Se convirtió en el futbolista con más partidos disputados con la camiseta argentina, el máximo goleador histórico de la Selección y el único jugador argentino en disputar seis Copas del Mundo. Pero reducir su legado a récords sería quedarse con una parte de la historia.
Su mayor aporte fue otro: logró que una generación completa dejara de convivir con el miedo a perder. Los jóvenes que hoy llegan a la Selección crecieron viendo a Argentina levantar trofeos y entendiendo que vestir la camiseta albiceleste implica competir para ser campeón. Ese cambio cultural probablemente sea el triunfo más profundo de la era Messi.
La final perdida ante España no modifica ese recorrido. Como tampoco borró la grandeza de quienes marcaron otras épocas del fútbol argentino. Las derrotas forman parte del deporte; los legados, en cambio, se construyen durante años.
Quizás dentro de un tiempo Messi anuncie que seguirá persiguiendo un séptimo Mundial. Quizás Nueva Jersey haya sido el escenario de su última función en una Copa del Mundo. Hoy nadie lo sabe.
Lo que sí sabe el fútbol argentino es que aquel chico de Rosario que durante tanto tiempo convivió con comparaciones imposibles terminó escribiendo una historia propia. Una historia que ya no necesita demostrar nada más para ocupar un lugar entre los eternos.