Era casi un niño pero tenía sueños de grande cuando se subió a un camión para probar suerte en la ciudad. Como hijo de madre soltera, Jorge Antúnez se crió con sus abuelos en su Angaco natal, en un modesto hogar lleno de cariño.
La historia del angaquero que fue a ganarse la vida a Buenos Aires y la perdió en la AMIA
Jorge Antúnez tenía 18 años y grandes ilusiones cuando fue alcanzado por el atentado que dejó 85 muertos y 300 heridos.
Tenía 16 años y aún no terminaba de estudiar pero eso no le impediría ir en busca de un futuro mejor a la que creía la tierra de las oportunidades. Se fue a la casa de un tío con meta de empezar y terminar el secundario que era su materia pendiente. El plan también incluía trabajar y hasta le había prometido un lavarropas a su abuela, que lavaba desde siempre a mano, con los primeros sueldos que ganara.
Así, después de sobrevivir de varias changas en esas tierras extrañas, consiguió que lo contrataran en un bar ubicado en la esquina de la Asociación Mutual Israelita Argentina. Estaba contento: un chico de pueblo, viviendo en la Ciudad Autónoma, con un trabajo estable. Un buen comienzo para este angaquero.
Ya había cumplido los 18 años ese 18 de julio de 1994 cuando fue a llevar un café a la AMIA, como hacía todas las mañanas, ya que desde esas importantes oficinas hacían pedidos constantes a la confitería. Como mozo se había ganado el cariño de sus compañeros de trabajo y de la clientela, que le reconocían una simpatía inusual, propia de un provinciano con ideales firmes como era Jorge.
Así, con su sonrisa característica, habrá entrado Jorge ese día a la AMIA a llevar el pedido. Su tío, con el que vivía a 15 cuadras del edificio donde se estrelló el coche bomba, a las 9.53 oyó la explosión y salió inmediatamente pensando lo peor. Como tardaron en vallar la zona del desastre, el hombre se encontró apenas llegó a Pasteur 633 con el humo, los escombros, la gente mutilada, las sirenas, y un agujero donde antes estaba el bar. Le dijeron que Jorge justo había llevado un café ahí, donde todo era desesperación.
Lo buscaron una semana. Toda la familia vivió ese trance con una angustia impensada. Al octavo día encontraron su cuerpo, junto a 24 víctimas más. Jorge Antúnez se convertía así en uno de los 85 muertos que dejó el atentado a la AMIA, el único sanjuanino, cuyas familias siguen pidiendo justicia a 26 años de ese cruel e irracional ataque.
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