Pasó más de un mes desde que se anunció la cuarentena obligatoria en el país y con ella se instauró el cese de actividades en el microcentro sanjuanino que, por primera vez, permanece con la mayoría de los comercios cerrados durante tanto tiempo. Con algunos pocos rubros exceptuados que cambiaron su morfología para abrir sus puertas y subsistir a la crisis, la imagen que presenta resulta desolada y ello se acentúa en los puntos más característicos del paisaje.
La huella de los que no están en un desolado centro sanjuanino
En Tucumán y Libertador, la esquina del lustra botas, quedó su huella con los elementos de trabajo, el cajón y el banco amarrados a un árbol, del mismo modo en que quedaron encadenados los tradicionales carros blancos de los vendedores de praliné; incluso parecen ser más de los que se creía. Los otros míticos carros, los naranja que sirven el jugo más delicioso de San Juan, directamente no están y los lugares que siempre ocuparon hoy se hallan incompletos.
Las veredas de la principal avenida céntrica ya no son, desde hace un largo rato, el 'mundo de gente' que suelen ser con las paradas de colectivos minadas desde Mendoza hasta Rioja. Apenas un puñado de personas, todas con barbijos, toman distancia unas de otras mientras aguardan el transporte, al que subirán por la puerta trasera, como se estipuló por prevención.
Con las galerías cerradas, algunas hasta enrejadas, el paseo de compras conocido como la Feria Persa también exhibe una imagen desierta. Con las estructuras de los locales completamente cerradas, desde lejos se puede ver un playón vacío. Sólo una pequeña porción del terreno es ocupada por un kiosco.
Conforme al contexto y al igual que el resto, las vidrieras llenas de polvo cambiaron y los maniquíes o mercadería en exposición están opacados por grandes carteles que rezan: "Haga su pedido o consulta por WhatsApp al siguiente número. Envíos a domicilio", en una maniobra de intentar vender algo.