Este 11 de julio se cumplen siete años del femicidio de Brenda Requena, el crimen que marcó para siempre la historia reciente de San Juan y que se convirtió en uno de los casos de violencia de género de mayor impacto social y judicial en la provincia. Siete años después de aquel 2019 en el que Diego Álvarez la asesinó, la descuartizó y quemó su cuerpo en Albardón, el recuerdo sigue tan vivo como entonces. Esta vez fue su madre, Laura Requena, quien volvió a ponerle palabras a un dolor que nunca encontró descanso: "Mi vida se detuvo amor mío, te recuerdo todos los días. BRENDA", escribió en sus redes sociales, acompañando el mensaje con una imagen de su hija.
La publicación resume una historia que, lejos de terminar con las condenas judiciales, continúa atravesando la vida de una familia que debió reconstruirse sobre el dolor. Laura no solo perdió a su hija; también asumió la crianza de los dos hijos que Brenda dejó huérfanos y transformó esa tragedia en una bandera de lucha. Desde entonces, acompaña a cada familia sanjuanina que atraviesa un femicidio, está presente en audiencias, marchas y sentencias, abrazando a madres y padres que comenzaron a recorrer el mismo camino que ella inició en julio de 2019.
El femicidio de Brenda también dejó una profunda huella en el sistema judicial sanjuanino. La investigación derivó en dos procesos penales que concluyeron con condenas históricas. Diego Álvarez recibió prisión perpetua como autor del femicidio, mientras que José Guajardo, el hombre que se encontraba con Brenda al momento del ataque y que decidió abandonarla a su suerte sin intervenir ni pedir ayuda, también fue condenado por la Justicia por no haber hecho nada para impedir el desenlace fatal.
Pero el caso trascendió las condenas. Durante los días en que Brenda permaneció desaparecida, el propio femicida ejecutó una estrategia para destruir su imagen. Denunció una falsa desaparición, aseguró que había sorprendido a su esposa manteniendo una relación con otro hombre y afirmó que ella había escapado corriendo por un descampado. Esa versión fue difundida públicamente y provocó un feroz juicio social contra la joven. Hubo burlas, descalificaciones y todo tipo de comentarios cargados de machismo. Cinco días después apareció un cuerpo calcinado en un descampado de Albardón. Era Brenda. El silencio reemplazó a las acusaciones.
Con el avance de la investigación se reconstruyó la mecánica del crimen y quedó expuesto el nivel de violencia que ejercía Álvarez sobre su esposa. La controlaba, la aislaba y hasta administraba sus redes sociales, impidiéndole tener una cuenta propia. El femicidio terminó revelando una historia previa de violencia psicológica y dominación que había permanecido invisibilizada.
Laura Requena tardó meses en poder hablar públicamente. Cuando finalmente lo hizo, confesó uno de los dolores que todavía hoy la acompañan: nunca pudo despedirse de su hija. "No pude verla al final, me dieron unos huesitos", dijo en una de sus primeras entrevistas tras el crimen. Dos años después llegó el alivio parcial de la condena a prisión perpetua para Diego Álvarez. La imagen de Laura llorando en la sala de audiencias recorrió el país y simbolizó el desahogo de una madre que había luchado incansablemente para que el asesinato de Brenda fuera reconocido como lo que fue: un femicidio.
Desde entonces, su militancia no se detuvo. Además de criar a sus nietos y continuar la batalla judicial para que los niños dejen de llevar el apellido de su padre condenado por femicidio, Laura decidió acompañar a otras familias atravesadas por la violencia de género. Estuvo junto a los familiares de Celeste Luna, de Cristina Olivares y de otras víctimas, convencida de que el dolor compartido también puede convertirse en una forma de resistencia.
A siete años del crimen que conmocionó a San Juan, la imagen de Brenda Requena sigue siendo un símbolo de una lucha que excede a una causa judicial. Su historia expuso las consecuencias más extremas de la violencia machista, pero también dejó al descubierto los prejuicios sociales, los errores institucionales y la necesidad de seguir construyendo herramientas para prevenir la violencia de género antes de que sea demasiado tarde. Mientras tanto, para Laura, el tiempo parece haberse detenido aquel 11 de julio de 2019. Y cada aniversario vuelve a recordarle que, aunque la Justicia haya condenado a los responsables, la ausencia de su hija es una herida que jamás dejará de doler.