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miércoles 1 de abril de 2026

Historias del crimen

Alcohol, pelea callejera y un salvaje asesinato en Villa Doncel

Fue en septiembre de 2002. Dos grupos de jóvenes se cruzaron en una esquina de esa villa de Rivadavia y desataron una gresca descomunal. Uno de los muchachos, de 21 años, fue atacado de cinco cuchillazos y murió tendido en un baldío.
Por Walter Vilca

Quién empezó primero. De los dos lados seguramente se siguen culpando hasta la fecha. De lo que no hay dudas es que mucho tuvo que ver el alcohol y la hombría mal entendida. Aquella noche pudo haber pasado como otras. Unos regresando contentos de un cumpleaños. Y los otros brindando y tomando como lo hacían desde temprano. Pero como siempre hay uno que habla demás, que prepotea o busca marcar la cancha. Un insulto llevó a las amenazas y cuando menos lo pensaron se armó la pelea y la correteada entre los dos bandos. Una batalla campal con piedras que iban y venían, una corta persecución, un enfrentamiento que tuvo el peor desenlace con un joven muerto de cinco cuchillazos.

Esa madrugada de septiembre de 2002 es recordada como la fatídica noche de Villa Doncel. Un tranquilo barrio de Rivadavia que fue escenario de la inconciencia de dos grupos de jóvenes que se desafiaron y se cruzaron en una violenta pelea que costó la vida a Javier Bernardo Santander.  Ninguno merecía tener ese final, pero le tocó a él. Ese joven de 21 años. El único varón y el mayor de los dos hijos de la casera y portera de la Escuela Pedro Márquez de Marquesado. Un chico que prácticamente se crio en ese colegio y que era tan querido por los docentes, que en ese entonces ya trabajaba como secretario en la dirección de ese establecimiento.

La víctima. Este era Javier Bernardo Santander. Tenía 21 años.

Otra era la historia del “Monchi” Guillermo Noel Aballay, un hombre doce años mayor que Javier Santander y que ni lo conocía. Un carpintero que llevaba una vida desordenada y con antecedentes por disturbios. De hecho, la mañana del sábado 9 de septiembre de 2002 el “Monchi” se levantó y fue a desayunar a la casa de su amigo Mario Mereles, pero como los dos estaban con ánimo de brindar, cambiaron el yerbeado por un vino y desde temprano empezaron a tomar. Mereles se ausentó después por un rato y se reencontraron pasadas las 13 para almorzar y tomar un vermut en la casa del “Monchi” en las calles Salvador María del Carril y Paso de los Andes en Villa Doncel. La siguieron en la esquina, ahí se les sumó otro amigo, Miguel Marrelli, y continuaron bebiendo hasta las 19.

Ya estaban embalados, de modo que regresaron a la casa de Aballay y más tarde fueron a un supermercado a comprar más bebidas alcohólicas. Pasadas las 21 se acopló Francisco Gallardo. El grupo de amigos se acomodó en el fondo de la vivienda de Aballay para lo que prometía ser una larga noche de diversión. Y así fue, las horas pasaron entre charla, bromas y música hasta que cayó la madrugada del 10 de septiembre.

Lejos de ahí, y antes de la medianoche del sábado, Fabián Castro, Rodrigo Muñoz, Claudio Páez, Walter Montaño, los hermanos Jorge y Héctor Herrera y Javier Santander se reunieron y partieron de Marquesado en un par de bicicletas y una moto en dirección al centro de Rivadavia. El grupo de amigos se trasladó al barrio Meglioli a festejar el cumpleaños de un primo de los Herrera.

“Ese sábado a la noche, Javier estaba acostado y llegaron los amigos a buscarlo. A mí no me gustaba que se juntara con esos chicos, pero le pidió permiso a su mamá y salió. Nos dijo que no iba a llegar muy tarde”, recuerda Roque Santander, el papá del muchacho.

Un encuentro fatal

El grupo de Castro, Páez y Santander estuvieron en la fiesta del barrio Meglioli hasta a las 3 de la madrugada del domingo y se despidieron del cumpleañero y del resto de los invitados para emprender la vuelta a Marquesado. Montados sus bicicletas y en la moto de Castro atravesaron por Villa Seminario y Villa Doncel en dirección al Oeste, sin imaginar que se encontrarían con el grupo de Aballay que tomaba en los fondos de la casa de éste en la esquina de Salvador María del Carril y Paso de los Andes.

Estos últimos vieron pasar a Castro, Muñoz y a uno de los Herrera. Y también a Páez, Santander y el resto que venían más atrás. “Alguna bronca había. Al tiempo me enteré que había un problema con un amigo de mi hijo y que por eso fue el lío”, dijo Roque Santander. La versión que más fuerza tomó en la posterior investigación fue que Aballay y sus amigos, que estaba borrachos, salieron a insultar a los muchachos de Marquesado, los llamaron a pelear y les largaron unas piedras.

Eso motivó que los otros respondieran y se pararan en medio de la calle. Según testimonios de la causa, Mereles le largó una trompada a Montaño y se armó el tumulto. El grupo que iba adelante regresó y se juntaron para avanzar contra Aballay y sus amigos. Fue literalmente una pelea de patotas, describió un viejo policía. Una batalla campal en la que no faltaron los golpes de puños, patadas, pedradas y las corridas. Montaño después se trenzó con Aballay, pero intervinieron Páez y Santander para defender a su amigo y persiguieron a ese otro muchacho en medio de la confusión.

El homicida. Guillermo Noel Aballay, fue condenado a 10 años de cárcel.

Mientras las piedras caían de un lado y de otro y los grupos se dispersaban, el “Monchi” Aballay y Santander llegaron hasta un baldío de la calle Boulogne Sur Mer, a los fondos de otra vivienda. Páez ya se había quedado atrás, según reconstruyeron los investigadores. Ahí no hubo nadie más que ellos dos: Santander, ese joven de 21 años, y Aballay que era mucho más grande y con la fama de matón, frente a frente. Si hubo una pelea cuerpo a cuerpo entre ambos, esta fue desigual. El “Monchi” traía consigo un cuchillo tipo carnicero.

Lo que está claro fue que Javier Santander intentó cubrirse, en eso el otro le dio un cuchillazo en su mano derecha. No alcanzó para salvar su vida. Recibió dos puntazos en el costado del cuerpo, otro cerca de la axila derecha y un quinto en el pecho. Ese cuchillazo le tocó el corazón, demasiado para dejarlo tendido en el piso y sentenciarlo a muerte. El médico forense Alejandro Yesurón, quien luego hizo la autopsia, señaló en su informe que el joven agonizó durante 5 minutos hasta que murió.

Aballay abandonó a su víctima, lanzó el cuchillo a los techos de un vecino y enfiló para su casa. Al poco andar, vio a los patrulleros y los policías en la puerta de su casa que habían llegado por los reclamos de los vecinos a raíz de la batahola. No quiso exponerse, fue así que caminó en otra dirección, tomó un remis y fue a dormir a la casa de su madre en el barrio Huazihul.

Minutos más tarde, una vecina de apellido Silva salió a buscar a los policías a los gritos para contarles que atrás de su casa había una persona tirada. Cuando los uniformados entraron al baldío encontraron el cuerpo sin vida de Javier Bernardo Santander con todo el cuerpo bañado en sangre. También hallaron el cuchillo usado en el asesinato, que estaba en el techo de una vivienda. Esa misma noche, los investigadores de la Brigada de Investigaciones de la Central y la Seccional 13ra detuvieron a cada uno de los protagonistas de la gresca, menos al “Monchi” que había desaparecido. El testimonio clave fue el de Claudio Páez, que contó que la última vez que vio a Javier fue en el momento que perseguían a ese otro muchacho de apellido Aballay. A éste también lo complicó uno de sus amigos, que relató que vio venir al “Monchi” del lugar de donde después hallaron muerto a Santander.

Recuerdo. Esta es otra foto de Javier Santander, en ocasión en que participó de un corso en carnaval.

En la casa de los Santander, sus padres y su única hermana dormían por esas horas. A eso de las 6, Don Roque se despertó algo preocupado. “No sé, pero presentí algo malo. Me levanté para mirar si Javier había llegado y no estaba en su cama. ´La puta madre, a éste le pasó algo´, me dije. Al ratito apareció un policía en la puerta de la casa y me preguntó si yo era el papá de Javier Santander. Me pidió que fuera a la comisaría, que mi hijo estaba herido. No me quiso decir la verdad. Después me enteré que estaba muerto. Ay que dolor que sentí. Su mamá no lo podía creer”, relata el hombre.

Sin salida

Aballay sabía que la Policía lo andaba buscando. No tenía salía, así que el domingo 10 de septiembre a la noche se apersonó en la casa de un viejo policía de la Brigada y vecino suyo, Alejandro “El Siberiano” Brizuela, y se entregó para que lo llevara a la Central de Policía. Él jamás reconoció la autoría del asesinato, en todo momento sostuvo que estaba muy borracho y, al contrario, dijo que se desmayó por la golpiza que le dieron los dos jóvenes que lo persiguieron esa noche de la pelea.

La misma postura mantuvo durante el juicio realizado en septiembre de 2004 en la Sala III de la Cámara en lo Penal y Correccional. Él y sus amigos alegaron que los jóvenes de Marquesado iniciaron la pelea y que arrojaron piedras contra su casa. A pesar que existía certeza de que entre los dos grupos se agredieron, el fiscal mantuvo la acusación inicial de homicidio simple y no la de homicidio en riña, lo que hubiese alivianado la condena contra el único acusado. El abogado querellante consideró que hubo alevosía y exigió la pena de perpetua. La defensora oficial Nilda Durán volvió a insistir que se trataba de una muerte en ocasión de riña, pero su planteo no prosperó. El tribunal compuesto por los jueces Eugenio Barbera, Ricardo Conte Grand y Héctor Fili resolvieron condenar a Guillermo Noel Aballay, alías “Monchi”, a 10 años de prisión.

Nada calmó el dolor de Ramona Espina de Santander, la mamá de Javier. La mujer entró en depresión y, aunque después siguió trabajando, nunca superó la muerte de su único hijo varón. Falleció hace cuatro meses. Don Roque Santander todavía lamenta la absurda partida de su hijo y no oculta su bronca. “Javier no se merecía eso, todos lo querían. Y la culpa la tuvieron sus amigos. No sirven para nada. Mi hijo se metió a defender a uno de sus amigos y lo dejaron solo. Se dispararon y lo dejaron solo…”, comenta enojado. El hombre no volvió a dirigirle la palabra a esos otros jóvenes del barrio. “No quiero saber nada de ellos. Esos no son amigos. Yo perdí a mi hijo y mi mujer quedó muy jodida. Pero la vida es así”, agregó.

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