ver más

miércoles 1 de abril de 2026

Historias del crimen

La muerte de Guevara, entre el asesinato y el suicidio

A más de 17 años de la muerte del taxista Walter Guevara, continúan los interrogantes en torno a su caso. Su extraña desaparición, el posterior hallazgo de su cuerpo casi momificado y las dudas acerca de las causas de su deceso hacen de su historia otro enigma jamás revelado. Por Walter Vilca
Por Redacción Tiempo de San Juan

Que se fue con una amante. Que abandonó su hogar por problemas familiares y económicos. Que lo asesinó y desapareció un grupo mafioso. Se dijo de todo y más de cinco meses duró la espera, para después encontrarlo sin vida junto a su auto en una huella casi inhóspita cerca de Mogna. Pero ni aún con el hallazgo del cadáver se supo la verdad y la duda sobre si fue un asesinato o un suicidio lleva ya 17 años en torno al misterioso caso del Walter Iván Guevara.

La muerte de este chofer de taxi de 28 años es otro de los tantos enigmas que perduran en la larga historia policial de la provincia de San Juan. La familia seguramente sigue convencida que se trató de un asesinato porque nunca aceptó la posibilidad de que se haya quitado la vida y porque sencillamente no existían motivos para tremenda decisión. Por el contrario, por las circunstancias que precedieron su desaparecieron, sostenían que Walter Iván Guevara estaba temeroso de algo.

Y es que dicen que la noche del domingo 7 de enero de 2001, su mujer Patricia Díaz lo vio nervioso, que notó que recibió un llamado en su celular y se desfiguró por algo que escuchó. Tan alterado estaba Guevara que, al rato, cuando la señora salió a sacar la basura, le gritó que dejara la bolsa y entrara rápido. También llamó la atención algo poco habitual en él, que abrazara a su hijo de 3 años de forma más afectuosa que otras veces y que bebiera una caja de vino.

Qué pensaba o qué rondaba por la mente de Guevara. ¿Quizás se estaba despidiendo o tenía temor por alguna amenaza? Sus familiares aseguraron en su momento que no atravesaba problemas económicos, pese a que trabajaba ilegalmente de tachero con un auto Renault 9 al que había pintado como taxi. No venía de una familia adinerada, pero su madre lo ayudaba y además poseía una casa en Valle Fértil que alquilaba y a la que constantemente visitaba para hacerle arreglos. Tampoco andaba en una crisis de pareja y supuestamente llevaba una vida de lo más normal en su departamento dentro del consorcio de la calle Tucumán al  535 Norte, en Concepción.

Entonces resultó curioso su comportamiento aquella noche, pero más extraño fue lo que sucedió después de que saliera a trabajar en su auto Renault 9 la mañana del lunes 8 de enero de 2001. Porque desde el instante que abandonó el complejo de departamentos donde residía, no se lo vio más. Al menos su familia no tuvo noticias de él. Circuló una versión, nunca confirmada, que lo habrían visto que tomó viaje con tres hombres rumbo al Norte. Pero nada más. El resto es una incógnita.

Los días pasaban y la preocupación crecía. La Policía montó un operativo de búsqueda por distintos lugares, que incluyó el rastrillaje aéreo desde la Capital a la zona Norte de la provincia. Sin embargo no hubo señales ni de su auto negro con amarillo. Se tejieron distintas hipótesis: desde la teoría de que había fugado con una amante o que escapó afligido por posibles problemas económicos y familiares, y hasta aquella que señalaba que podría haber sido secuestrado y asesinado por alguna banda mafiosa que manejaba el negocio de los remises truchos.

Por el hecho de mantener la esperanza y porque simplemente no aparecía el cuerpo ni el coche, la hipótesis que se imponía en los investigadores era que el taxista estaba vivo por ahí con alguna mujer. La familia lo rechazó de plano. Fue así que el 8 de febrero de ese año los parientes y amigos de Guevara realizaron una marcha de silencio en el centro sanjuanino para exigir que la Policía continúe buscándolo e investigue otras hipótesis.

La desesperación de su círculo más íntimo era tan grande que contrataron a un ex federal para que iniciara una investigación paralela, dada su desconfianza con la pesquisa policial. Pero de poco sirvió. El investigador privado no arrimó ningún dato nuevo más que las mismas preguntas sin respuestas sobre la curiosa desaparición.

El tiempo prolongó la angustia de la familia Guevara, mientras tanto en las esferas oficiales cada vez se perdía mayor interés en el caso hasta que directamente dejaron de buscar al taxista. Pasaron meses sin novedades hasta que una tarde de domingo, más precisamente el 17 de junio de 2001, en la Central de Policía recibieron el llamado de un endurista que daba cuenta que en una huella paralela a la ruta 40, próxima a la línea de alta tensión a la altura de la zona de Mogna, había una persona fallecida al lado de un auto.

Esa misma tarde los policías de la Seccional 18va de Albardón se trasladaron al lugar, distante a 47 km al Norte de la capital sanjuanina, y dieron con el cuerpo y un taxi Renault 9. Todo indicaba que era Walter Iván Guevara, pero no lo pudieron constatar ese día porque los sorprendió la noche. Recién lo confirmaron a primera hora de la mañana del lunes 18 de junio, con la presencia de los jueces Leopoldo Zavalla Pringles y Guillermo Adárvez, que llegaron al sitio con una veintena de investigadores y peritos de la Policía.

Efectivamente era Guevara, aunque estaba irreconocible por el deteriorado estado de su cuerpo. Parecía una momia por el tiempo transcurrido. Lo reconocieron por su anillo, su chomba, su jeans, sus zapatillas Adidas y su billetera con 50 pesos y 100 dólares. Lo que más llamaba la atención era la posición en que se encontraba: el cuerpo tendido en el piso, casi pegado al auto, con su cabeza apoyada en el zócalo de la puerta delantera que estaba abierta. Daba la impresión como si se hubiese arrastrado intentando llegar al coche. A simple vista no le veían heridas exteriores, pero como el cadáver estaba en avanzado estado de descomposición, había que esperar la autopsia.

Uno de los vidrios de las ventanillas estaba destrozado. El vehículo no presentaba otros daños más que una rueda desinflada. Todavía tenía la llave puesta en el tambor. Adentro encontraron el celular perteneciente a Guevara, su gorra y el control remoto del portón de ingreso al consorcio donde vivía.

Durante la minuciosa inspección, encontraron un pedazo de cuerda anudada en una torre de alta tensión situada 24 metros de donde estaba el cadáver y el auto. Alrededor de esa estructura metálica, también hallaron el reloj pulsera de Guevara, un cortaplumas y una lata de cerveza sin abrir.

El examen forense terminó por confirmar que el cadáver de Guevara no evidenciaba heridas de armas de blanca o de fuego, ni fracturas ni rastros de golpes. Según las estimaciones, llevaba fallecido más de 5 meses. A juzgar por las cosas que encontraron, principalmente las pertenencias del taxista y esa cuerda anudada en la torre, todo daba entender que podía tratarse de un suicidio. Pero esto chocaba con una pregunta sencilla: ¿cómo es que se mató?, pues no presentaba heridas.

Hay quienes sospecharon que pudo envenenarse. De la misma manera, esto abrió el otro interrogante de que también pudieron llevarlo por la fuerza a ese paraje, que luego lo envenenaron y lo dejaron morir. Ahora bien, en el sitio en el que estaba el cadáver no encontraron el envase de ninguna sustancia química o tóxica, como tampoco blíster de psicofármacos. En su ropa sí hallaron manchas de una sustancia, de las cuales se tomaron muestras para remitirlas a un laboratorio de alta complejidad en Buenos Aires con el fin de analizarlas y determinar si tenía algún compuesto letal, pero nunca se conoció si se obtuvo un resultado. Sin explicación a tan misteriosa de muerte, el caso quedó a la deriva con el eterno dilema sobre si fue un asesinato o un suicidio y con la sensación concreta de que jamás se conocerá la verdad de qué pasó con Walter Iván Guevara.

Seguí leyendo

Dejá tu comentario

Te Puede Interesar