Hay historias que explican mucho más que una carrera en el fútbol. La de Ricardo Dillon comienza mucho antes de los ascensos, de los bancos de suplentes y de convertirse en uno de los entrenadores más reconocidos de San Juan. Comienza con una madre que, empujada por la necesidad económica y el contexto político de la época, tomó una de las decisiones más difíciles de su vida: emigrar a Estados Unidos para buscar un futuro mejor para ambos.
Dillon tenía apenas seis años cuando ella partió. Él quedó en Mendoza, al cuidado de sus abuelos y de sus tíos, mientras su mamá comenzaba una nueva vida en Nueva York. La distancia era enorme, pero el vínculo nunca dejó de estar presente.
Seis años después llegó el momento que cambiaría para siempre ese capítulo de su historia. Con apenas 12 años, Ricardo emprendió solo su primer viaje en avión para reencontrarse con ella en Estados Unidos. Un desafío enorme para cualquier chico de esa edad.
"Lo primero que recuerdo es que me descompuse mucho. Era mi primer vuelo y la pasé mal. Pero más que nada estaba la desesperación por volver a verla", recordó.
Al llegar, su madre lo esperaba al final de un largo pasillo del aeropuerto. Él caminaba buscándola con la mirada hasta que finalmente la encontró. "Casi una hora y media no hablé. Entre el shock de volver a verla y encontrarme de golpe con Nueva York, me quedé sin palabras", contó.
Aquel viaje duró tres meses y quedó grabado para siempre en su memoria. Conoció el Empire State, la Estatua de la Libertad, Staten Island y Coney Island, pero lo más importante no fueron los lugares, sino el tiempo compartido.
"Para mí el día tenía 24 horas de verdad. Dormía muy poco porque quería estar todo el tiempo con ella, no quería perderme nada", recordó.
Entre los recuerdos más entrañables aparece uno muy especial. Durante los años en los que no habían podido verse, su madre había ido guardando regalos para ese momento: pelotas de fútbol, de básquet, guantes de béisbol y distintos juguetes que compraba pensando en el día en que pudiera volver a abrazar a su hijo.
Ese reencuentro marcó el inicio de una nueva etapa. Tiempo después, cuando consiguió la residencia en Estados Unidos, ella comenzó a viajar todos los años a la Argentina para pasar un mes junto a él. Más adelante, incluso, Dillon tuvo la oportunidad de instalarse en Miami para jugar al fútbol profesional, una experiencia que también le permitió compartir otra etapa de su vida junto a su madre.
El fútbol, un compañero para toda la vida
Mientras esa historia familiar se escribía entre Mendoza, Nueva York y luego Miami, había otro protagonista silencioso que empezaba a ocupar un lugar central: el fútbol. Dillon comenzó a jugar a los ocho años y rápidamente entendió que ese deporte iba mucho más allá de una pelota.
"Primero que nada fue compañía. Al ser hijo único, sentía que tenía muchos hermanos", explicó al definir qué significó el fútbol en su vida.
Con los años llegaron otras enseñanzas que todavía hoy intenta transmitir desde el rol de entrenador. "La disciplina no pasa por ser estricto. Pasa por hacer las cosas cuando las tenés que hacer, aunque no tengas ganas", reflexionó.
Ese camino lo llevó a debutar muy joven en Primera División, a jugar en Estados Unidos y, más tarde, a recibir el llamado que lo trajo a San Martín de San Juan, club con el que construiría gran parte de su historia deportiva.
"Nunca sentí que no estuviera"
Los años pasaron y, cuando su madre se jubiló en Estados Unidos, decidió regresar definitivamente a la Argentina. Compartieron mucho tiempo juntos, ella pudo disfrutar de sus nietos y ambos, casi sin proponérselo, aprovecharon cada oportunidad para seguir construyendo recuerdos.
"La verdad que tratamos inconscientemente los dos de recuperar mucho tiempo y disfrutar a los nietos", resumió Dillon.
Aunque su madre falleció pocos años después a causa de un cáncer, el entrenador prefiere quedarse con todo lo que ella le dejó. En su brazo derecho lleva tatuada una frase que sintetiza ese legado: "Sigo de pie, sigo adelante".
"La resiliencia de sobreponerse a las circunstancias, de trabajar, de seguir adelante y de sostener a la familia. Esa responsabilidad es la que siempre pienso cuando me acuerdo de mi mamá", expresó. Y cuando busca resumir en una sola frase el vínculo que construyeron a pesar de la distancia, Dillon no duda.
"Ella estuvo siempre. Nunca sentí que no estuviera, a pesar de que estaba a 10.000 kilómetros".
Quizás ahí esté la explicación de muchas cosas. De su forma de entender el fútbol, de su manera de conducir grupos y de la importancia que le da a decir siempre la verdad. Porque, como él mismo sostiene, el fútbol siempre devuelve algo. Y en su caso, además de una carrera, le regaló un camino para honrar las enseñanzas de una madre que nunca dejó de estar presente.