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miércoles 1 de abril de 2026

Discusión y política -Gerardo Tripolone, abogado

Por Redacción Tiempo de San Juan

Gerardo Tripolone, abogado, UNSJ – CONICET

Políticos y medios de comunicación reclaman más “debate”, mayor “diálogo” y “discusión”. Argumentan que no se someten a discusión las ideas del Gobierno Nacional y que las decisiones se toman sin preguntar a la oposición. ¿Qué hay detrás de este pedido? ¿Qué significa pedir más discusión?

El presupuesto de la discusión es que las partes buscan alcanzar la verdad, llegar a una conclusión verdadera y racional. Una parte da su punto de vista, la otra argumenta, la primera contraargumenta y así se va depurando la idea primigenia. La conclusión sería obra de un escultor que quita la piedra sobrante hasta que emerge la figura a representar.

Muy distinta es la negociación. En la negociación hay más de un interés contrapuesto, y las partes hacen concesiones para llegar a un acuerdo. Ambas partes buscarán su beneficio, y el acuerdo podrá ser útil a ambos, pero no es una verdad sino una solución transaccional.
En la política no hay debates ni discusiones, aunque es constante la negociación. Sí es cierto que en la discusión no hay intereses, sino argumentos racionales que se mejoran en el diálogo, ¿alguien cree que en política funciona así?

Las grandes decisiones políticas, tanto las de gran apoyo popular, como las impopulares, no se toman luego de una discusión. No se expropió el paquete accionario de YPF luego de una discusión, pero fue una medida de amplio apoyo. A la inversa, su privatización no se debatió con los trabajadores que iban a ser despedidos.

Aunque no se lo reconozca abiertamente, pocos creen que los hombres de Estado puedan sentarse a discutir una decisión con los opositores. Ni aquí, ni en ningún lado. Como ejemplo mundial, basta recordar el mal momento que los republicanos le hicieron pasar a Obama a principio de este año, para comprobar que no hay conclusiones racionales, sino posturas políticas concretas.

Sin embargo, no hay inocencia en el reclamo por diálogo. Al menos en la mayoría de los casos. Quienes reclaman debate y discusión, lo que quieren es, como todo actor político, hacer valer su propio interés. Incluso el que se presenta como neutral –lo dijo Edmund Burke, parlamentario, filósofo y político inglés– esconde su pretensión de que todo se haga como él quiere.

Por eso es que los conflictos políticos no se resuelven discutiendo, sino negociando. Y es absolutamente legítima y necesaria la negociación. Es más, es el mejor método hasta ahora conocido. Pero, como dije más arriba, en la negociación sí hay intereses y el resultado de la misma es un acuerdo, no una conclusión racional de verdad.

¿Y en el campo de las ideas? Porque es cierto que la democracia también es creación de sentido para interpelar a la sociedad. En la búsqueda de apoyo para sustentar una postura política, lo que está en juego son las ideas en pugna que se someten a la opinión pública.
Sea quien sea que cree esa opinión pública (indudablemente, los medios masivos tienen un papel central en esto), las ideas que se quieren imponer son fuerzas contrapuestas que luchan por ser las representativas de intereses políticos.

Estas fuerzas no son sólo partidos, sino también sindicatos, cámaras empresarias, medios masivos de comunicación, universidades, y un largo etcétera. En una lucha de poder, cada polo de fuerza busca sobreponerse, en el mejor de los sentidos: no anular al otro, sino vencerlo en elecciones o lograr imponer su punto de vista.

La victoria de la postura no se logrará en una discusión racional. Ningún partido busca la verdad racional, sino el apoyo masivo de sus propuestas. La discusión será, en el mejor de los casos, una puesta en escena con fines políticos, pero no mucho más.

Quizás alguien quiera pensar una praxis política distinta, donde el leitmotiv sea alcanzar la verdad por medios racionales. Una política que se emancipe de los intereses y sólo aspire a la verdad por la razón. En mi opinión, nunca sucedió así y no veo que vaya a ser así en un futuro.

 

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