Quienes tuvieron el gusto de disfrutarlo en vida como yo, habrán podido paladear mucho más que la sabiduría de un viejo conocedor del periodismo. Su charla, la magia de su entrecasa, las sobremesas salpicadas de vinos y anécdotas, su arte de contar, su puntería para descubrir el foco de interés. Su vocación por pelear con respeto sobre la virtudes de los vinos mendocinos aún jugando de visitante, sabiendo que no era otra cosa que el disparador de una nueva conversación plagada de matices. Eso era lo que le gustaba. Ese era Gabriel Bustos Herrera, el “Gallego”.
Gabriel Bustos Herrera: el dolor de despedir a un maestro
Fue un grande del periodismo cuyano. Con su talento, consiguió lo imposible: que un mendocino fuese voz autorizada en San Juan. Incluso sobre vitivinicultura. Pero no era eso lo mejor que dio: fue un gran tipo. Por Sebastián Saharrea
Eso fue lo que hice: aprender de él. Dejarme llevar por su experiencia, punzarlo hasta el fondo para aprovecharlo más aún. Aprendí de su forma de moverse en un terreno siempre pantanoso como el de los intereses cruzados que atraviesan la industria vitivinícola o los tableros donde se juega la política. Decodificando las mesas de cafés, una auténtica pasión para el Gallego.
Fue así como Gabriel se fue afianzando como corresponsal en Mendoza de Diario de Cuyo, hasta convertirse en voz autorizada de los comentarios vitivinícolas, la referencia que todos los actores del sistema no podían pasar por alto cada domingo. Consiguió hasta que la actualidad política de Mendoza, que analizaba para Los Andes y adaptaba para San Juan, tuviese atractivo.
Fuera de las redacciones también era un tipo atrapante. Un militante de la familia, con hijos a los que condujo por los caminos del periodismo y con una esposa que lo mantuvo siempre en pie. Fueron una delicia esas trasnoches bien regadas de un anecdotario infinito, de reflexiones profundas, de planes y proyectos.
La última vez que lo vi yo ya no estaba en Diario de Cuyo y él había llegado a San Juan por su trabajo. Me llamó y nos juntamos. Le pregunté cómo estaba de su enfermedad y me dijo que bien. Vaya a saber si era verdad. Pero se lo notaba realmente a gusto. Claro, estaba en una mesa de café.
Se fue el Gallego, gracias maestro.
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