El consumo de frutas y verduras se desploma hasta un 50% en Mendoza y apuntan al deterioro de la clase media

El presidente de la Unión Frutihortícola Argentina, Omar Carrasco, advierte que la recesión generalizada vacía los mercados de abasto, asfixia a productores y verduleros por los costos fijos, y empuja a sectores de la clase media a buscar alimentos en los contenedores de descarte.

Martes, 16 de junio de 2026 a las 19:50

La caída del poder adquisitivo está transformando de manera drástica las pautas de consumo y la realidad social en Mendoza. La contracción en las ventas de alimentos esenciales, que inicialmente parecía un reajuste estacional, consolida un panorama alarmante: el consumo de frutas y verduras en la provincia registra un desplome generalizado que se ubica entre el 40% y el 50%.

El presidente de la Unión Frutihortícola Argentina (U.F.H.A.), Omar Carrasco, atribuyó de manera directa este escenario a las condiciones críticas de la economía general, las cuales impactan tanto en las decisiones de compra de las familias como en la sostenibilidad de toda la cadena comercial.

El paisaje en los mercados mayoristas refleja la profundidad de la recesión. Las postales de camiones y pasillos abarrotados de compradores han sido reemplazadas por una llamativa soledad en las primeras horas de la mañana, exhibiendo una cantidad considerable de puestos desocupados.

La diferencia entre los volúmenes comercializados en la actualidad respecto a los registros de apenas dos o tres años atrás es notoria, profundizando una pendiente que, según Carrasco, arrastra una década de pérdida sostenida en los niveles óptimos de venta, habiéndose registrado los últimos períodos de actividad verdaderamente fuerte hace unos diez años.

La brutal caída de las ventas no es el único frente de asfixia, ya que el incremento sostenido en los costos fijos erosiona por completo los márgenes de ganancia.

Según Carrasco, los gastos fijos elevados impiden el avance o mantenimiento de los puestos, volviéndose una situación de extrema gravedad para aquellos operadores o productores que deben pagar alquileres o afrontar salarios de empleados.

Esta encrucijada golpea en cadena desde el eslabón base de la producción hasta el comerciante minorista de barrio.

Ante la alarmante falta de rentabilidad, los mercados experimentan una constante rotación de comercios afines que intentan subsistir sin éxito. Esta dinámica oculta las estadísticas tradicionales de cierres permanentes, ya que cuando un local cesa su actividad, otro inquilino abre las puertas a los pocos días con la ilusión de salvarse económicamente.

Carrasco detalló que es común ver cómo determinados negocios en los mercados de abasto cambian de firmas o rubros entre tres y cuatro veces en un mismo año, mutando rápidamente de pizzerías a locales de venta de pollo asado que terminan frustrados a los pocos meses debido a la falta de demanda generalizada.

Frente a esta delicada situación, las herramientas oficiales de asistencia económica resultan insuficientes para frenar el declive. Si bien existen líneas de crédito destinadas a los productores y operadores, las autoridades exigen como requisito excluyente tener la situación impositiva totalmente al día.

En la práctica, el mediano y pequeño operador que viene golpeado por la crisis ya ha dejado de pagar las tasas y los impuestos para intentar subsistir, lo que genera que las puertas bancarias se le cierren de forma automática en el momento en que más necesita el financiamiento.

Repercusiones en la dieta de los mendocinos

El correlato más grave de este desplome se evidencia en el tejido social y nutricional de la población mendocina. Ante la imposibilidad económica de sostener una dieta equilibrada, las familias relegan la calidad nutricional y reducen drásticamente la compra de frutas frescas.

Esto genera un problema complejo para la cadena comercial, dado que a diferencia de los comercios que venden artículos no perecederos que pueden durar un año en stock, las frutas y verduras maduran en dos o tres días y, si la oferta no se liquida velozmente, la mercadería se echa a perder y debe tirarse directamente a la basura. Incluso alimentos de alta rotación e históricamente rendidores frente a las crisis como la papa han registrado mermas considerables en sus niveles de venta.

El indicador más crudo y doloroso de este deterioro social se traslada a las afueras de los centros de abastecimiento. El presidente de la UFHA advirtió con profunda preocupación que se ha vuelto habitual observar a personas revisando los grandes contenedores donde se descarta la mercadería picada o en mal estado.

El dato más alarmante de este fenómeno es el perfil socioeconómico de quienes recurren a esta práctica. Es que, según Carrasco se evidencia que quienes se ven obligados a realizar estas prácticas son personas que hasta hace poco tiempo gozaban de estabilidad y hoy sufren un momento económico tan severo que deben buscar descarte para alimentarse.

Caída en las ventas y en los precios

Ante la drástica situación que se atraviesa, la Unión Frutihortícola Argentina señaló la menor circulación de dinero obligó a ajustar a la baja los valores de productos que se encuentran fuera de su temporada alta.

 Artículos como el tomate premium grande retrocedieron a 22.000 pesos, el zapallito relleno cayó a los 22.000 pesos y variedades de hojas verdes como la lechuga morada o rulito bajaron a 17.000 pesos la jaula, configurando una rebaja forzada por los operadores comerciales con el único fin de evitar la pérdida total de la mercadería en stock.