Tarrare pasó a la historia como el hombre con el apetito más descontrolado jamás registrado: capaz de devorar animales vivos, objetos imposibles y cantidades de comida equivalentes a su propio peso, sin engordar. Su extraña condición lo llevó de artista callejero a soldado, y de ahí a protagonizar uno de los casos médicos más impactantes del siglo XVIII.