Que me pellizquen. Por la Carla que de chica veía los partidos en diferido, a veces en blanco y negro, o los escuchaba por radio porque no quedaba otra. Por la Carla que creció escuchando a su padre sobre el Diego y que después vio cómo un tal Lionel Messi se transformaba en otra leyenda imposible de nuestro país y del mundo.
Que me pellizquen también por la Carla que se fue de San Juan pensando que el 9 de julio ya estaba de regreso en su querida Villa Hipódromo, con la cobertura cumplida en fase clasificatoria y la experiencia guardada en el corazón para siempre, y ahora está haciendo de nuevo el bolso, pero para ir a Nueva York. A una final del mundo y con Argentina como protagonista. A un lugar que, sinceramente, cuando arranqué en este oficio veía lejísimos de mis sueños.
Hace un mes que estoy viviendo momentos con Tiempo de San Juan que todavía no termino de procesar. Pero lo de ayer, en Atlanta, fue otra cosa. Fue una de esas tardes que no entran en una crónica común y que quizás, ni siquiera necesite algún tipo de explicación. Fue una tarde mágica. Fue una de esas tardes que te dejan con la sensación de haber estado en el lugar exacto donde pasó algo grande.
El miércoles ya venía cargada emocionalmente desde afuera del estadio. Hinchas argentinos por todos lados, banderas, bombos, camisetas, canciones. Gente que había viajado desde cualquier rincón del país y gente que seguía buscando una entrada como si fuera el último ticket en su vida. Y era contra Inglaterra, nadie quería estar afuera. También estaban las leyendas del deporte, del cine, de otros mundos. Nadie quería perderse un partido que terminó siendo mucho más que fútbol.
Adentro del estadio también era una caldera. “El que no salta, es un inglés” se volvió un himno durante más de los 90 minutos que duró el partido. Los argentinos hicieron sentir a los veteranos de Malvinas y esa herida que nunca termina de cerrarse. Los ingleses, en cambio, casi no se escuchaban. Apenas se levantaron en su himno y en su gol. Después fue sufrir. Después fue ver cómo el partido se les empezaba a escapar de la mano. Y vaya si fue así.
El argentino, ya se sabe, no se da por vencido ni aún vencido. Cuando faltaba casi media hora para el final y el marcador estaba abajo, algo cambió. No sé si fue la gente, si fue el banco, si fue esa mezcla de fe y locura que aparecen en estas noches, si fue la garra y fuerza de este equipo al que ya no le caben calificaciones. Pero algo cambió. Scaloni movió, los jugadores empujaron y la tribuna hizo lo suyo. Entonces apareció Enzo Fernández.
El primer grito fue un desahogo total (creo que casi me quedó sin voz). Un zapatazo y un estadio que se vino abajo. Abrazos con desconocidos, con colegas, con cualquiera que tuviera una camiseta argentina cerca. Por un segundo, todos éramos parte de una misma explosión.
Y cuando todavía estábamos tratando de acomodar el corazón, llegó Lautaro. Ahí sí, ahí fue la locura completa. El grito fue ensordecedor. Los jugadores desparramados por la cancha, los hinchas saltando y gritando de alegría, y yo al borde de las lágrimas. Incrédula. Mirando a mi alrededor para confirmar que estaba pasando de verdad.
Hubo abrazos en la zona de prensa. Hubo miradas de “¿Esto es cierto, está pasando?”. Pero casi no hubo tiempo para festejar. Quedaban cinco minutos y la tensión era insoportable.
De la algarabía total al nerviosismo absoluto. Los segundos parecían horas. La gente pedía que terminara, y yo, con la Difuntita Correa en mis manos pedía lo mismo. Inglaterra se adelantó unos metros, sí, pero Argentina no le permitió ni soñar con el empate. Hasta que llegó el gesto del árbitro. Y ahí sí, finalistas.
Fiesta en Atlanta, fiesta en Argentina, fiesta en cada rincón del mundo donde alguien siente esta camiseta como propia. Yo miraba el estadio, miraba a los jugadores, miraba a los colegas, miraba todo. Quería guardar cada momento en la retina, desde la sonrisa de Messi y los festejos del plantel al instante en que apareció desplegada la bandera que decía “Las Malvinas son argentinas”.
Qué locura fue todo. El partido, el ambiente, la tribuna, la cancha. Y después la zona mixta, ese segundo lugar favorito de cualquier periodista. Ver a Leo cruzar la pasarela sonriendo, como al resto de los jugadores, fue otro golpe de realidad. Todos rendidos ante el más s grande todos los tiempos, desde la prensa argentina hasta la italiana y ni hablar de Bangladesh. Todo era felicidad y alivio. Todo era “sí, pasó”. Y mientras trato de escribir esto sin olvidarme nada, solo puedo volver al principio. Que me pellizquen, estamos en otra final. Nos vemos en Nueva York. Gracias Leo, gracias Selección. Vamos por la cuarta.