Kansas City no es Nueva York, ciudad que estuvo visitando Tiempo hace un par de días. Pero tampoco Chicago ni Miami. No tiene el ritmo frenético de las grandes urbes estadounidenses ni una vida nocturna intensa. Pero desde que la Selección Argentina desembarcó allí, la ciudad del estado de Misuri se transformó en una pequeña extensión albiceleste y en el verdadero hogar de la Scaloneta durante el Mundial.
A simple vista, hay detalles que sorprenden. Los vecindarios parecen salidos de una película, con calles impecables, césped perfectamente cortado y casas sin rejas, una imagen poco habitual para cualquier argentino. En la mayoría de los patios hay "chulengos", una tradición bien arraigada entre los estadounidenses.
Kansas City está dividida entre Misuri y Kansas, con zonas urbanas más movidas y barrios residenciales donde reina la tranquilidad. De hecho, la noche no es precisamente uno de sus fuertes. Los bares y restaurantes cierran temprano y el movimiento disminuye considerablemente cuando cae el sol. Fueron justamente los argentinos los encargados de romper esa calma. Primero con la Fiesta Bresh y después con un recital improvisado de Tato, con teclado y parlantes, que convirtió una noche cualquiera en una auténtica fiesta mundialista a pura cumbia.
Las calles también se poblaron de camisetas argentinas. No sólo llegaron sanjuaninos y viajeros desde distintas provincias, sino también residentes de otros países que eligieron al campeón del mundo como su selección adoptiva. Y hay algo que se repite una y otra vez: el efecto Messi. Los locales reconocen la camiseta celeste y blanca, sonríen, saludan y enseguida aparece el nombre del capitán. El rosarino es una celebridad absoluta.
Kansas ya quedó asociada a la Selección. Allí está instalado el búnker permanente diseñado por la AFA. Después del debut ante Argelia, los próximos compromisos serán en Dallas, pero la base seguirá siendo la misma.
La Copa del Mundo se respira. Vidrieras, negocios y centros comerciales exhiben decoraciones vinculadas al torneo. Y otra postal difícil de ignorar es la impresionante cantidad de locales de McDonald's. En el estado de Kansas hay cerca de 149 sucursales, mientras que en todo Estados Unidos la cadena supera los 13.500 restaurantes. Eso sí, comer no es barato: un combo puede alcanzar los 20 dólares, unos 30 mil pesos argentinos.
Tampoco existen los tradicionales almacenes de barrio. Las compras se realizan en grandes supermercados, que muchas veces no quedan cerca y obligan a trasladarse varios kilómetros.
Y moverse, justamente, es uno de los puntos menos amigables para el turista. Aunque existe una red de colectivos y un tranvía gratuito que recorre el centro, el transporte público es limitado y prácticamente desaparece fuera de esa zona. El auto resulta indispensable y muchos terminan recurriendo a Uber. Ahí el bolsillo lo sufre: un trayecto de apenas 12 minutos puede costar hasta 45 dólares, cerca de 70 mil pesos argentinos. Las distancias entre un punto y otro son mucho mayores de lo que parecen.
Tranquila, ordenada y con escasa vida nocturna, Kansas City encontró en el Mundial una revolución inesperada. Y los argentinos, con sus canciones, banderas y cumbias improvisadas, fueron los responsables de ponerle color y calor a una ciudad que ya adoptó a la Scaloneta como propia.