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jueves 2 de abril de 2026

Mucho más que una médica

Retrato íntimo de la sanjuanina que sueña con domar el coronavirus

Desde que empezó la pandemia, no hay comprovinciano que no registre a Mónica Jofré. Por primera vez se cuenta la historia de vida de quien es la cara más conocida de la lucha contra el Covid-19 en San Juan.
Por Redacción Tiempo de San Juan

De chica no jugaba al doctor, quería enseñar Historia; de muy joven se recibió de profesora de Piano y trabajaba en una bicicletería. Nadie hubiera dicho en ese entonces que Mónica Jofré se convertiría en una de las médicas más famosas de San Juan, la Jefa de Epidemiología en una provincia argentina, en el momento justo en que un terrible virus sacudiría a todo el planeta.

Jofré es la cara del coronavirus local, la que los sanjuaninos ven desde que explotó la pandemia en todos los noticieros casi a diario, la que da explicaciones y analiza panoramas inciertos en medio de un torbellino informativo. La que cuando ingresa a la sala de conferencias dice con su rostro si va a dar una buena o una mala noticia.      

Entre bicis y con la nona Carmencita

Llega enfundada en un barbijo a la entrevista, que se hace en su “oficina”, que no es más que un escritorio compartido en medio de una isla llena de boxes en el tercer piso del Cívico. No dice la edad y se queja de que nació un 22 de enero, por lo que apenas empieza un año ya está de cumple. Se considera "sanjuanina de pura cepa". Nació y se crió en Concepción en una familia de cinco: ella es la mayor de tres hermanas.

Sus padres eran muy jóvenes cuando se casaron,  ella con 16 y él con 23, por lo que el primer refugio fue la casa de la abuela paterna sobre calle Paraguay, donde Mónica pasó gran parte de su niñez. “Fue una de las etapas más felices de mi vida. Después mi papá alquiló cerca, en la calle Chile cuando nació mi hermana más chica”, recuerda.

Mónica creció en un hogar de laburantes. Su madre trabajó muchos años en una zapatería. Su papá empezó como albañil y luego como vendedor en una bicicletería de la que luego fue dueño, ubicada en Rioja y Libertador.

Por eso, la pequeña Mónica se quedaba al cuidado de su nona, que era la gran anfitriona de todo un montón de nietos. “Tenía muchísimos primos, así que las navidades y años nuevos los pasábamos en la casa de la abuelita Carmen, eran mesas enormes y desde temprano empezábamos a hacer las empanadas y los sánguches”, cuenta. Mostrando su foto de la infancia en blanco y negro con el pelo enrulado que la caracteriza y cara de pícara, aclara que nunca fue una nena traviesa.
Cuando se acuerda de la abuela se le humedecen los ojos. Y confiesa que era “muy pegota” con ella, que se quedaba a dormir en esa casa siempre, incluso de adolescente, mucho después de que se fue a vivir a “la otra punta”. Es que con su familia se mudó al primer barrio que se hizo en los alrededores del Marcial Quiroga.

“Estaban solo el hospital y la delegación de la Policía, y el fondo de mi casa daba justo hacia la Seccional 13, era un barrio chico de tres manzanas, todo lo que es el barrio Camus hoy, entonces era viñedos y olivos. Teníamos amigos en el barrio y andábamos en bicicleta, jugaba al té o las muñecas. Tengo algunas muñecas de la infancia de las que les ponías el disco en la panza”, describe. “Con eso me van a sacar la edad”, acota con una carcajadita. Es el mismo humor que le pone a veces a las conferencias de prensa, donde no duda en mechar la información dura con una reflexión cotidiana, o de intercalar el lenguaje científico con alguna acotación de cualquier hijo de vecino.

 “Nunca tuvimos un lujo pero nunca nos faltó nada”, resume su infancia. Recuerda a su padre subido a una Dodge con capot viajando al interior de San Juan, a San Luis, a La Rioja, a Mendoza. Y como siempre fue amante del ciclismo, las llevaba a las tres niñas a todas las carreras. “Mi papá fue presidente de Caucete Pedal Club y creo que también de la Federación Ciclista Sanjuanina. Se llamaba Héctor y le decían 'Chiquito Corazón', porque era más bueno que Lassie. Muchas veces creo que se abusaron de esa bondad”, reflexiona mirando a la nada.

Chiquito Corazón murió hace 5 años y Mirta, la mamá, vive con la hermana menor de Mónica, que siguió la carrera de música. Las tres fueron de niñas a un conservatorio y cuando llevaban varios años, el padre trajo un piano a la casa, comprado con mucho esfuerzo, lo que las obligó a honrarlo con conciertos en casi todas las reuniones familiares. La otra hermana, que nació el mismo año que Mónica, reside en Córdoba y es profesora de Literatura.

Las tres tomaban el micro 6 desde Punta de Rieles hasta la escuela Paula Albarracín de Sarmiento donde hicieron la primaria. Cuando llegó el secundario, Mónica se rebeló. Hizo ingreso a la Boero, y rindió en la Industrial pero no se adaptó porque no le gustaba Taller. “Casi se mueren mi papá y mi mamá cuando decidí cambiarme al Liceo de Señoritas, donde pasé los mejores 5 años”, se ríe.   

Se confiesa amiguera, y con quienes eran sus compañeras de adolescentes y se chupineaban del Liceo siguen siendo compinches. Por ahí se escapaban de la escuela con su amiga Alejandra y se iban a la plaza o a la casa de Mónica: "mi mamá era piola, no nos retaba, nos enseñaba a hacer maicenitas, así que hacíamos todo eso cuando no queríamos entrar a la escuela". Aclara que era buena alumna y que incluso formaba parte del  cuerpo de bandera, "pero con los antecedentes de chupinas no calificaba más que para suplente", acota. Una sola vez se llevó una materia en todo el secundario, "Educación Cívica, que era muuuy aburrida".

Como sus padres trabajaban todo el día, las tres se organizaban con las tareas hogareñas, "era un orgullo que llegara el sábado y que les tuviéramos la casa ordenada", recuerda.

Como su papá, "que era un hombre que se comía los libros", se preocupaba por la educación de sus hijas pero también por su seguridad, Mónica tuvo que esperar un par de años para irse a Córdoba, con lo que ayudaba en la bicicletería, atendía un kiosco y cursaba dactilografía. "Estaba la dictadura y no era fácil irse. Yo no militaba en ningún lado pero era muy miedosa en esa época. Cuando yo decido irme fue mucho esfuerzo para mis padres. Siempre viví en pensiones y he pasado las de kiko y kako cuando era estudiante", cuenta. Nunca dijo "voy a ser epidemióloga", las cosas se fueron dando.

Del piano a las bacterias

Casi sin plata, estudiaba mientras la alojaban las monjas cordobesas y se recibió de médica cirujana en 7 años. Decidió hacer la residencia en San Juan y rindió en Clínica Médica. Ahí empezó a enamorarse de la Infectología y Anatomía Patológica. Así que se fue a la UBA a hacer una especialización y un posgrado en el Hospital Italiano. Al volver, siguió haciendo cursos en la materia. "La infectología me abrió el camino para la epidemiología", explica.

La residencia en el Hospital Rawson le sirvió de aprendizaje intenso, pero la experiencia de Buenos Aires la hizo fuerte. Ahí trabajaba en una clínica en Munro y con guardias en otros hospitales del interior bonaerense. Desde San Juan, la colega Beatriz Salanitro la convenció para volver a su terruño. En el interín fue a estudiar con becas en Canadá e Israel. Ya en San Juan hizo una carrera meteórica que la puso en el cargo de Jefa de Epidemiología de Salud Pública, donde empiezan a conocerla los sanjuaninos. Si bien está en ese cargo hace años, la pandemia la colocó en el desafío de luchar contra un mal nunca visto, y en la vidriera pública como vocera de la situación del coronavirus en San Juan, minuto a minuto. 

En más de 90 días de trance, a Mónica Jofré junto a todo el equipo de cientos de profesionales sanitarios en la provincia les cambió la vida. Se subieron a un ring con los ojos tapados a recibir los golpes del COVID-19, amenazados a diario por una peste que siguen sin saber cómo matar, pero que ya aprendieron a controlar. Al menos, San Juan quedó como una de las provincias con mejor estado sanitario del país frente al coronavirus, con sólo 7 positivos. Por eso Jofré, sobre quien recaen las miradas cuando aparece un caso confirmado, tiene grabado a fuego cada instante en que supo que había un infectado. Define su peor momento cuando se dio el episodio con la médica del caso cuatro, a la que Salud Pública terminó denunciando.   
 

 

Mónica dice que su peor defecto es ser idiota o de mal caracter y que su mayor virtud es ser una persona de buen corazón. Vive en Rivadavia, es divorciada, no descarta volver a enamorarse pero no quiere volver a convivir con nadie. Es mamá de un preadolescente de 13 años con la que dice que es muy estricta y cariñosa a la vez. "Siempre me dicen que soy llorona", se define. Alguna vez, cuando daba el reporte oficial frente a las cámaras de televisión y hablaba de los muertos en Italia por el coronavirus, se le entrecortó la voz y se le escaparon las lágrimas.

"Me ha tocado llegar a mi casa angustiada, desbordada. Pero después veo a mi hijo y cambio la cara".

Ficha personal:
Plato favorito: milanesas y asado. 
Plato que mejor cocina: tallarines y asado.
Bebida favorita: vino tinto y blanco, piña colada, Gancia y solo la cerveza negra.
Un lugar que quiere conocer: La Toscana en Italia.
Un libro: Cien años de soledad.
Una película: "Ninguna, pero no me gustan las de terror ni las de ciencia ficción".
Qué hace en ratos libres: "Muchos no tengo, pero cuando tenía vida iba a tomar mate con mi hermana, me encanta ir al gimnasio y ver películas. No sufro una cuarentena, me gusta quedarme en casa".

 

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