Además de ser un abanderado de la minería sanjuanina, empresario reconocido y presidente de la Cámara Minera durante 26 años, Jaime Berge es recordado también por su familia como un esposo y padre amoroso. Un día después de su muerte en la Clínica Favoloro, tras padecer una larga enfermedad que incluso lo obligó a hacerse un trasplante de riñón, Alejandra Araya, su pareja, y sus hijas Lucila y Helena se expresaron en las redes sociales recordándolo con sentidos mensajes.
Los amorosos y desgarradores mensajes de la familia de Jaime Berge para despedirlo
Alejandra Araya, su compañera desde hace años, escribió un breve mensaje:
Lucila Berge eligió Instagram para recordar a su padre:
También en Facebook, Helena Berge recordó a Jaime:
Desde el inicio siempre fue su voz. Una voz potente, una voz de mando, decidida y abocada a dejar su impronta en el aire. El recuerdo sensorial de mi padre es este, sonoro.
Desprovisto de padre y madre desde pequeño, tuvo que crecer sin el amor epitelial del abrazo cotidiano, los besos desbocados, la caricia siempre viva. Cada vez que abrazaba no podía contener la incomodidad que su cuerpo transmitía más allá del gesto deseado por el encuentro próximo. Algo de las crianzas de mediados del siglo XX, algo de no saber cómo contener el desborde de lo no racional (y… era ingeniero!).
La mirada siempre era para el momento de la seriedad, refuerzo del sermón, del sabio consejo, del reto, de la orden. Los ojos se le empañaban cuando no podía contener el orgullo que le provocábamos. Porque eso siempre lo dejó muy claro, no hubo amor más grande que el que nos dio a nosotras.
Pero cuando hablaba!… cuando hablaba… ahí era verdaderamente cuando había que prestar atención. Y entonces todos hacíamos silencio cuando pedía un brindis o cambiaba el tono de la voz avecinando un discurso. Un poco por respeto (de ese que se gana sin pedirlo) y otro poco porque le gustaba ese momento en que el tiempo se detiene, y entonces los escuchas cruzan miradas, hacen una pausa para estimular lo que se avecina, se relamen en el placer de sentirse partícipes de lo que se gesta. Y ahí, ya lo sabíamos, a veces le salía el prócer, otras el chistoso, y otras, el experimentado.
Y es justamente esta versión de mi padre la que más hondo ha calado en mi: el peregrino, el cruzado, el guerrero. El que ha vivido. Mirá que la luchó, che. Desde abajo, desde la pobreza, desde la orfandad, desde la enfermedad, desde sus propias dificultades para expresar sentimientos (aprendió no hace tantos años a decirnos lo mucho que nos quería). Pero de cada experiencia extraía una historia, una anécdota, una enseñanza, y le encantaba contarlas. Y ahí residía nuestro lenguaje de hijas.
Me enseñó a amar los libros y las palabras, uno de los legados más hermosos que me pudo dar. Las palabras son pesadas, ocupan espacio, tienen densidad, textura, profundidad. Porque las palabras valen. Y cuando uno las saca de ahí adentro de donde están escondidas es para que nos sostengan, nos abracen, nos acaricien, nos encuentren. Voy a extrañar tu voz, pa.
Casualidad, te nos vas un 8 de febrero, como Spinetta -que te gustaba tanto-, otro devoto de la palabra.
Seguiremos armando rompecabezas de mil piezas cada verano, haciendo bagna cauda como lo manda la tradición piamontesa, peleando en restaurants para que nos traigan vinos sanjuaninos, comprando y leyendo libros como si nos alimentáramos de papel y tinta. Te nos fuiste, "rey de la ansiedad" (Rocío Bergé dixit, igual nos queda la princesita Luli Bergé!), porque había que comerse el mundo y vaya que lo devoraste con gozo!
Te quiero.