Informe especial

Los hijos de la cárcel: niños que nacen y se crían en el Penal de Chimbas

Pasan los primeros años de sus vidas tras las rejas. Crecen aprendiendo más de requisas y de códigos 'tumberos' que de juegos para niños. Comparten una condena en medio de la amargura y la violencia propia de las cárceles. Los riesgos y todas las voces de un problema que aumenta vertiginosamente.
miércoles, 14 de agosto de 2019 · 07:06

Por Pablo Amado

La mayoría de los niños y niñas que viven en el penal no saben lo que es una plaza, se asombran cuando ven un camión de bomberos o un colectivo. Les llama la atención lo que para otros es normal. Muchos no saben lo que es un abrazo paternal y ven a sus hermanos cuando pueden. Están acostumbrados a ver solo lo que está dentro de los grandes muros. Y conocen más de requisas y de códigos carcelarios que de juegos y acertijos.

Si bien no son ellos los que están legalmente privados de la libertad, por el solo hecho de que sus madres cayeron presas y que nadie más los puede criar, viven en carne propia la vida de un preso. Cuando cumple 4 años y festejan su cumpleaños, ese mismo día se separan de su madre; y en el mejor de los casos, van a parar a la tutela de un familiar o en su defecto, a las instituciones del Estado.

Las internas coinciden que la cárcel no es un lugar para criar a los niños. Pero las opciones son pocas. 

Nacer condenado

Vivir los primeros años de la vida en una cárcel es un hecho que en Argentina está aumentando a un ritmo vertiginoso por la cantidad de mujeres en prisión, a eso se suma que los padres de esos niños muchas veces también están presos, quedando los menores con muy pocas opciones que no sea la de compartir la celda con su madre. Según los datos aportados por el Servicio Penitenciario de San Juan en estos momentos en el Penal de Chimbas hay 11 menores que viven con sus madres en módulos especiales del sector mujeres. Desde que nacen hasta cumplir los 4 años comparten la condena con su progenitora, rodeados de barrotes que envuelven la tristeza propia del encierro y los problemas que muchas veces se resuelven con violencia.

En el siguiente informe daremos a conocer la realidad que se vive con esta problemática contado por las voces protagonistas: las madres presas, las guardiacárceles que conocen el lado más siniestro del asunto, y los docentes y psicólogos que intervienen en el proceso de lograr una inserción a la sociedad, que en muchos casos, todavía ni siquiera existe.


Cuando llegamos al Penal de Chimbas nos estaban esperando tres mujeres que  se encuentran privadas de su libertad. Todas madres, con realidades similares tanto en la cárcel como en la calle. Poca o escasa educación, inicio temprano en la actividad delictiva y problemas con adicción de estupefacientes. Una de ellas le había pedido a la Justicia que se llevara a su hija de 3 años antes de que cumpliera el límite de edad,  para así evitar la dolorosa separación que de todas maneras, es inevitable. Las otras dos conocieron y criaron a varios niños que compartían y comparten condena con sus madres. Todas nos dan su visión de la crianza singular que tienen estos menores que nacen y se crían en la cárcel.

En el Penal de Chimbas hay 11 chicos viviendo con sus madres. 

Hay una premisa que es compartida por todas las madres con las que hablamos. Y es que la cárcel no es lugar para criar a un hijo. “El problema es que muchas veces no tenemos con quien dejarlos afuera, en mi caso mis hermanas tienen muchos hijos y el padre de la nena también está preso, por eso a mí no me quedo otra que traerla acá conmigo; pero hubiera preferido que no fuera así y que aprenda cosas de la calle como estar en una plaza, y no en el calabozo como fue por 3 años” afirmó una de las internas consultadas por este medio. Otra de las reclusas que tiene varios años de condena en su espalda y que ahora se dedica a realizar artesanías de tela para vender, nos dijo en la entrevista que “una es grande y una es la que cometió el error, para mí los chicos no tendrían que estar acá” con un dejo de cierta tristeza por los menores que pasan los días junto a ellas en las celdas.

Los episodios violentos son una realidad que los menores observan. 

“La crianza de los niños es dentro de todo normal, lo malo es que permanente tiene que estar en la celda y a veces acá las cosas se complican” sostuvo una interna de 31 años que está presa por el delito de robo, y que como muchas no cuenta con el padre de sus hijos para criar a la menor. En su caso la niña sale una vez al mes al exterior y según ella cuenta “hay que tener cuidado con todo, porque no sabe ni lo que es un auto, le llama atención todo y es lógico si acá lo único que ve son las rejas y las paredes” sostuvo.

El jardín es el único momento que tienen para ser niños.

Los que tienen un poco más de edad para poder ir al jardín salen todas las mañanas rumbo a la escuelita Rinconcito de Luz. Ubicada a unos cuantos metros del penal de Chimbas. Salen en una camioneta del Servicio Penitenciario adaptada con sillitas de seguridad. Y comparten un momento con profesores auxiliares y otros niños de la comunidad en general. ¿Pero cómo es la convivencia? ¿Cómo viven ese primer contacto con la sociedad?

 

El jardín maternal de los hijos de las presas: una oportunidad para ser niños

Gonzalo, Giselle y Yanina son docentes y auxiliares de la escuelita Rinconcito de Luz dependiente del area de Niñez, ubicada en el mismo terreno que la Residencia Eva Duarte y la Escuela de Policías. Ellos son quienes conocen los problemas de adaptación que tienen los niños del penal, las cargas emocionales con las que a veces llegan porque vieron a su mamá a “los puntazos” con otra interna, y por sobre todo, ellos son quienes trabajan en la maduración y la evolución de un grupo de chicos que hasta ahora solo conocen la prisión.

En diálogo con uno de los profes auxiliares sostuvo  que “cuando los niños tienen que resolver algún tipo de problema, reaccionan de una manera más tensa y violenta, por lo menos eso fue al inicio con varios chicos, por suerte hoy en día ellos comparten el turno con los chicos de la comunidad y han aprendido otros códigos de adaptación”. Y agrega que “ahora son más cariñosos, más amorosos, saben respetar las actividades no como antes que todo se hacía como ellos querían, estas experiencias que hacemos en el jardín son muy importantes para ellos que están privados de su libertad en cierto aspectos, por eso hacemos actividades al aire libre, y siempre nos piden hacer cosas nuevas, conocer animales nuevos, canciones, todo nuevo que es lo propio de su edad” afirmó. 

Cuando los niños llegaron al jardín reaccionaban con violencia y un vocabulario carcelario. 

Hay un antes y un después con los chicos cuando llegan al jardín. Otra de las profes concuerda en que “al principio resolvían los problemas con violencia. Eso se fue trabajando enseñándole ciertos límites. También el vocabulario lo fueron cambiando porque decían palabras que escuchaban en la cárcel. En relación con sus otros pares que no están en el penal al comienzo eran violentos. Se unían entre ellos los que se conocían, pero los que eran ajenos los veían con otros ojos y los atacaban”.  

La contención es también cuando les toca ver episodios violentos dentro de la cárcel. 

Las anécdotas de violencia y los códigos carcelarios no están ajenos en los niños. “Una vez vino un niño y me dijo a mi mamá le hicieron un tajo de acá hasta acá (señalando la zona del cuello)” contó uno de los profes consultado. A lo que otra agregó que “a veces llegan muy alterados, porque hay problemas entre las madres, entonces cuando llegan acá tienen esa carga emocional que hay que tratar de contener. Los problemas muchas veces surgen entre las madres y los hijos son los que pagan esos enojos” sostuvo.  

Siempre muestran un constante interés por aprender cosas nuevas.

“Una vez íbamos todos caminando y vimos a un policía, yo en ese momento justo saque el celular y una de mis alumnitas me dijo guarda el teléfono porque te lo va a quitar la policía, esas cosas ellos la tienen en su pensamiento, tienen conocimiento de cierto código delictivo” agregó el profe sobre los hechos cotidianos que le toca vivir con los menores que absorben todos los contenidos, sin importar de donde vengan, para ellos es normal.

Los cuentos y las historias para niños son lo que más disfrutan.

Los juguetes que elegían también hablan de los valores que van absorbiendo. “Antes solo querían jugar a las armas, hoy en día los incentivamos con otros juegos, hacemos castillos, contamos cuentos, y buscamos incentivarlos más desde la imaginación”.

En un principio los menores solo se relacionaban con niños del pabellón. 

En un análisis sobre que les depara al futuro de los chicos, los profes afirman que “siempre le preguntamos que quieren ser cuando sean grandes. Y muchos solo nos dicen que quieren ser policías, porque es lo único que ven. Estos tres o cuatro años donde viven ahí son muy importantes para definir ciertos códigos, por eso el jardín es tan importante, porque aquí aprenden ciertas características que son vitales para que el día de mañana pueda convivir en sociedad. Son chicos tan lindos, tan amorosos, que por ahí uno no puede creer que estén privados de su libertad” afirma uno de los auxiliares de Rinconcito de Luz.

De izquierda a derecha: Gonzalo Guerra, Giselle Matarazzo y Yanina Castro. Los profes auxiliares de los niños.

Las guardiacárceles: quienes conviven día a día con esta realidad

El trabajo que desempeñan las penitenciarías de Chimbas tiene altos y bajos. Muchas de las internas no tienen comportamientos violentos pero los episodios de riñas, discusiones y amenazas con hacerse daño a una misma nunca faltan. El problema es que al existir los menores, ellos muchas veces se ven envueltos en estas discusiones, o son el argumento que utilizan las reclusas para alcanzar ciertos beneficios. Así lo sostiene la Jefa del Sector Mujeres Norma Iragorre al afirmar que “tener a sus hijos acá es complicado, pero muchas veces las internas utilizan a su hijo o su embarazo para conseguir algún tipo de beneficio”. Y agrega que otro de los procesos difíciles es la separación de los niños con su madre. “Cuando se tienen que ir es muy difícil, aquí se hace un trabajo importante para poder empezar a separar la madre del niño. Guardias transitorias, salidas a guarderías, se va evaluando para que el día en que se tengan que ir sea lo menos traumático posible”.

Las servidoras públicas del Sector Mujeres.

El vocabulario "tumbero" y las actitudes violentas

Tanto los estudios que se llevaron a cabo por instituciones educativas como por autores que escribieron libros al respecto, todos, sostienen las mismas conclusiones: los niños en prisión con sus madres pueden calificarse como niños en riesgo. Su desarrollo no plantea problemas especiales hasta los dos años. Después, el internamiento es discutible, según los estudios disminuye la incidencia de la herencia filogenética en el desarrollo y cobra importancia el ambiente. Es entonces cuando comienzan a aparecer trastornos de conducta derivados del rechazo del medio y del temor a ser separado de la madre. Estos hallazgos aconsejan que la separación, si es necesaria, es preciso planificarla para que se produzca efectivamente alrededor de los 24 meses. También los informes apuntan  a la peculiaridad del lenguaje que aprenden en los establecimientos carcelarios. Y cómo afectará su futura vinculación social. Entre sus términos cotidianos, incluso entre sus primeras palabras, figuran "gato", "te pusiste la gorra" y "celadora", relata Laurana Malacalza Coordinadora de Violencia de Género de la Provincia de Buenos Aires, quien redactó uno de los pocos informes que existe en Argentina, y cuyos conceptos que se abordan son perfectamente aplicables a San Juan. En el documento figura una cita textual de una madre, llamada Norma, que dice: "El problema que tengo es que empieza a hablar [su hija] como tumbera".

Entre sus términos cotidianos, incluso entre sus primeras palabras, figuran "gato", "te pusiste la gorra" y "celadora".

¿Qué pasa en el mundo? 

No existe una regla internacional sobre la edad hasta la cual un niño debería permanecer en prisión junto con su madre. En algunos países, por ejemplo China, la regla es que si una mujer está embarazada o tiene un bebe de menos de 12 meses, no puede cumplir su condena en la cárcel hasta que el chico haya alcanzado el año de vida, tras lo cual deberá ingresar en prisión sin él. En Italia, los hijos pueden estar en prisión con sus madres hasta los tres años, lo mismo que en España y Portugal. En Francia, hasta los 18 meses y en Inglaterra deben salir entre los nueve meses y el año y medio de vida. En Bolivia pueden estar hasta los seis años.

Las respuestas para estas niñas y niños con madres o padres encarcelados son asimiladas tardíamente, y es imposible que no resulten dañados, durante su estadía y después de la reclusión. Los altos muros de las cárceles esconden la realidad que los menores viven con sus madres y los adjetivos que acompañarán su infancia serán: estigmatizado y señalado.

Fuentes:

Internas del Penal de Chimbas

Servicio Penitenciario de San Juan

Coordinación del Jardín Rinconcito de Luz

Equipo Psicológico del Servicio Penitenciario

MUJERES MADRES CON NIÑOS Y NIÑAS EN CONTEXTOS DE ENCIERRO. (2005). Informe de Situación. Buenos Aires: Defensor del Pueblo de la Provincia De Buenos Aires.

 

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