Personaje

Adiós a don Ormeño, el hombre más anciano de San Juan

El jachallero tenía 114 años. Conocé su impresionante historia de vida en esta nota.
domingo, 13 de enero de 2019 · 09:37

Don Ormeño era un personaje muy querido de Jáchal. Tiempo de San Juan lo visitó en dos oportunidades y pudo indagar sobre su vida, llena de aventuras, historias increíbles que incluyeron hasta peleas con pumas. El hombre más anciano de San Juan no pudo más y falleció a los 114 años tras más de un siglo de vida y amor. Su historia completa. 

El baqueano sin tiempo
 

Pudo con la cordillera de Los Andes, pudo con las montañas de la precordillera, no hubo obstáculo en el camino de don José Bernabé Ormeño que pudiera amedrentar el espíritu aventurero de este baqueano sin tiempo. El jachallero que ostenta el título del hombre más viejo de San Juan Juan, ha sido homenajeado en distintos lugares del país por su aporte incalculable como guía de investigadores de fósiles.

Don José vive en Entre Ríos, una pequeña localidad de Jáchal de 50 habitantes en la que abundan la belleza natural y las buenas costumbres de sus pobladores. Si hay algo que nunca cambiaría Ormeño es su hogar. No le gusta para nada la ciudad, cuando se viene con su hijo al centro ahí nomás comienza a sentirse mal y lo tienen que llevar a su querido Entre Ríos. 

El contacto con las plantas, con los animales que de vez en cuando se anima a arriar, no lo cambia por nada y es, según revela, uno de los secretos de su longevidad. "Para pasar los 100 hay que comer sano, mucho trigo, cereales y verduras; dormir poco, algo así como cuatro horas y también vivir tranquilo”, revela este anciano que a simple vista podría pasar por un hombre de 80 años. Peina pocas canas y su rostro tiene marcadas algunas arrugas. Además conversa sin perder el hilo de charla y recuerda cosas increíbles, que ni sus hijas a veces se acuerdan. 

Don José nació en la Huerta de Huachi, otra localidad jachallera de gran belleza y abundantes recursos naturales. Con sus nueve hermanos creció rodeado de campo, que sin temores se animó a explorar siendo todavía un niño. Fue a la escuela, pero su madre lo retiró porque no aprendían cosas que necesitara saber, según contó. Sin obligaciones escolares de por medio, su tarea en la casa de sus padres pasó a ser la recolección de verduras, la caza de animales, el arrío de cabras y ovejas y la búsqueda de agua, que afloraba de una montaña. 

Con 14 años se fue a anotar para tener documento. "Ya tenía barba cuando lo fui a tramitar. Antes no era obligatorio, cualquier cosa me pusieron: que nací el 8 de noviembre de 1919 cuando yo nací el 11 de junio de 1905”, relató. Incluso hasta hay testigos vivientes de la edad de Ormeño. Dos hermanos menores que aún viven, Leonarda y Silvestre, de 98 y 96 años, recuerdan a su hermano como bastante más grande que ellos, el cuarto de la decena que tuvo su madre. 

Las historias

Este baqueano es el hombre de las mil historias, historias que recuerda como si fuera ayer y que son imposibles de no escuchar por la magia con las que las cuenta. "Me adentraba con el alemán a la montaña, él tenía un aparatito en el que figuraban datos sobre donde estábamos, el clima que íbamos a tener, de todo. Con él estuve dos meses en la Cordillera”, relata Ormeño mientras dibuja en el piso con un palito la forma del sofisticado instrumento que portaba el geólogo alemán que guió en la Cordillera.

También recuerda con picardía que de joven le decían el "Cantate otra”. "Me decían "el cantate otra” porque cuando nos íbamos con mi cuñado por ahí y empezaba a tocar la guitarra y a cantar siempre le decía: -Cantate otra. Me gusta mucho la música”, contó Ormeño mientras despierta la risa de los presentes. Con unos 20 años menos, Ormeño aún salía con sus amigos a tomar alguna que otra copita al son de la guitarra. 

Pero las historias más impactantes fueron las de los "liones” como le dice al puma. "Una vez se me apareció un lión en la montaña, lo agarré a piedrazos y lo maté. Me lo llevé a mi casa. En otra ocasión me encontré con uno frente a frente, no tenía armas sólo piedras. Ahí nomás le empecé a tirar piedras y le bajé los dientes. Se fue corriendo el lión mal herido”, cuenta con el pecho hinchado de orgullo por su acto heroico. Una de sus hijas recuerda el pelaje del puma colgado en su casa de la niñez, de los dientes del puma no hay pruebas que certifiquen tamaña pelea. 

También asegura que sus huesos se curan solos y esta es una historia reciente (sucedió el año pasado). "Me quebré el brazo pero en el hospital no quisieron enyesarme por viejo. Me fui con mis hijas que me pusieron una venda y un poco de yeso, pero no mucho porque me molestaba. Al poco tiempo, fui al médico de Jáchal y me curé solo, los huesos se me pegaron solitos”, reveló. 

Don Ormeño se conoce de punta a punta Los Andes sanjuaninos. Con 19 años arrancó sus viajes a lomo de mula para buscar minerales y también artículos en Chile que luego intercambiaba en Jáchal por comida y víveres para él y su familia. No cree en los fenómenos paranormales y dijo que nunca en sus noches de soledad en el medio de la montaña vivió algún suceso inexplicable. 

Se nota que le encanta relatar historias a Don Ormeño y no tiene drama de contárselas con lujo de detalles a todo aquel que lo vaya a visitar. Geólogos, especialistas de distintas universidades lo van a buscar para agradecerle por la tarea realizada guiando durante años a profesionales. Una de sus hijas, Carmen, dijo que hace algunos días varios investigadores lo fueron a buscar y se quedaron a almorzar compartiendo las hazañas de don Ormeño. 

Su vida en familia

José tiene 9 hijos, 50 nietos, 30 bisnietos y un puñado de tataranietos. Cuando se juntan todos en su casa no hay tablón que resista semejante juntada. Pocas veces se pueden reunir, pero cada vez que lo hacen lo disfrutan a más no poder. 

Durante más de 50 años estuvo casado con Aurelia Molina, una mujer enérgica que crió con mucho amor a sus hijos, uno de ellos fallecido. Cuando Aurelia murió, a don Ormeño le costó bastante salir adelante pero pudo sobreponerse por el amor de su familia. 

La infancia de sus hijos y sus primeros años de matrimonio tuvieron lugar en Entre Ríos, pero a cinco horas de su actual hogar. "Era un lugar hermoso, la casa estaba en la montaña y el agua salía en cascada. Había que trabajar mucho porque todo lo que teníamos para comer había que hacerlo con las manos, desde el pan hasta la harina para elaborar el pan”, contó su hija Carmen. 

Uno de los grandes placeres era tomar el té (de yuyos) con pochoclo y tortas al rescoldo. La cocina en donde se preparaban los alimentos eran piedras y arena, las sillas troncos. No tenían muebles, ni luz eléctrica, ni agua corriente. 

Ormeño mantuvo a su familia gracias a su trabajo como baqueano, como minero y como comerciante. Pasaron con éxito las peores crisis económicas gracias a la guapeza de don José y el ingenio de su esposa, Aurelia. 

Vivir tantos años también la arrancó a su hija mayor, momento que recuerda con gran pena y del que prefiere no hablar.  

Don José es muy activo, los 110 años los lleva con alegría y con actividad. Todavía sigue haciendo cosas: ahora se entretiene armando sogas de cuero para usar en estribos y para capturar animales. 

Muchos homenajes le han hecho a don José Bernabé Ormeño, pero las palabras que se transformaron en poesía de uno de sus nietos son las que mejor describen la increíble vida del baqueano sin tiempo. "Hombre del paisaje, de territorios andados, de ríos y soledades. Hombre de oficios terrestres, de la sal de los soles, "baquiano” de nuestra tierra, hombre entre todos nosotros”. 

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