Cambio de vida

Los Iacopino, de Chicago a Las Flores sin escalas

Buscando un sueño, la familia se vino a San Juan dejando la seguridad del primer mundo. Hoy viven respetando su propia filosofía, sin internet y sin televisor. Por Viviana Pastor.
lunes, 6 de febrero de 2017 · 07:22

En 4 hectáreas cabe el paraíso. Es el cielo en la tierra de la familia Iacopino, en la zona de El Jarillal, en Iglesia. Hasta allí llegaron desde Chicago, EEUU, para concretar su sueño.

El lugar es mágico, rodeado de vegas verdes, un bosquecito de álamos, dos vertientes y varios sauces centenarios. Allí cultivan sus propias verduras en vivero y crían gallinas, ovejas, caballos, llamas y hasta su propia vaca. Ninguno de estos animales se comen, los Iacopino son vegetarianos; y todo el cambio que significó pasar de vivir en una gran ciudad del primer mundo a vivir en el campo tiene que ver con su filosofía de vida.

 

Antonio Iacopino, su esposa Lila, y sus hijos Jiva, Ananda y Bali, son los protagonistas de esta historia de película. Antonio nació en Pilar, provincia de Buenos Aires, Lila nació en Ohio, EEUU, al igual que los chicos, ya que se conocieron y casaron allá. Antonio se fue de Buenos Aires a los 18 años y vivió 3 años en Alemania y España. Después se fue a la India donde vivió varios meses y de ahí pasó a EEUU, "en 10 días conocí a mi esposa y nos casamos”, dice como si fuera lo más común.

Pronto empezaron a amasar la idea de vivir en el campo, pero allá comprar tierra es muy caro, además el estilo de vida rural es muy diferente al de acá. "Allá la gente del campo es mala, fanática religiosa, te avanzan con armas, acá la gente es buena”, asegura el padre de familia.

 

"Fue un pase directo de Chicago a Las Flores. Allá tenía todo armado, era profesor titular en la universidad. Pero con mi esposa teníamos el sueño de vivir más cercanos a la naturaleza y menos dependientes de los intermediarios para todo. Yo me sentía como el ratoncito saliendo de una casita cuadrada a buscar el queso y traía el queso a la casa y cada tantos meses salir a pasear un rato. Pero quería hacer mi casa, mis alimentos, mi destino. Nos sentíamos con un compromiso social y ambiental, nos daba la sensación que todo parecía demasiado fácil pero detrás de esa facilidad hay un gran precio, social, político, gente sufriendo en todo el mundo. Solo por alimentarnos teníamos un metro cúbico de basura por semana, porque todo viene empaquetado. No estábamos contribuyendo de manera positiva con las cosas que consideramos importantes, nuestra casa y todo el planeta. Nos daba una especie de angustia y amargura, te pones amargo, cínico, yo me ponía muy cínico, muy amargado, y te das cuenta que es muy poco lo que podes cambiar y aunque te quejes estas siendo participe y recibiendo los beneficios de ese sistema en el que estás. Decidimos poner en práctica lo que decía Mahatma Gandhi: "Trata de ser el cambio que quieres ver en el mundo", no solamente renegar, criticar o soñar y seguir viviendo como el que está de acuerdo con eso. Pusimos en orden nuestras mentes y corazones y es como mágico, cuando te aclarás y el deseo es sincero, las cosas se empiezan a manifestar de forma muy natural. Una vez que te embarcas vienen los desafíos, la cosa empieza ahí y pones a prueba si tus valores son reales o solo eran intelectuales. No fue fácil para nosotros", cuenta Antonio.

 

Reconoce que hay muchas cosas que perdieron, espectáculos o mejor educación para sus hijos, pero cuando ponen todo en la balanza el saldo sigue siendo positivo.

¿Cómo llegaron a San Juan? "Mi hermano Felipe vivía acá, en Rodeo, y él me buscó la tierra y consiguió esta finca. Vendimos todo allá y nos vinimos”, dice.

Lila habla bien el castellano, pero con la pronunciación marcada de su lengua madre, el inglés. Ella comienza a responder tímidamente, pero poco a poco va tomando coraje. "Lo estaba escuchando y como él dijo, nuestro sueño era una vida simple en la naturaleza. Todo el tiempo que estamos allá y nunca fue posible porque es carísimo, no podíamos comprar tierra. Cuando nos casamos vinimos en diciembre de 2000 por primera vez a la Argentina, a Pilar, y yo pensaba: 'nunca, nunca, nunca vamos a mudarnos a vivir acá, es de terror, estamos mejor allá. Mucha polución y ruido y las cosas no funcionan, estamos mejor allá. Cuando vinimos acá a San Juan, en el 2009, fue como visitar otro planeta, mi única idea de Argentina era Buenos Aires, pero cuando llegamos a San Juan yo no experimenté como eran las provincias del interior y estaba wowww... otro mundo. Inmediatamente pensé: yo puedo proyectarme vivir acá toda mi vida y la finca fue como 'este es nuestro lugar', y estoy convencida de eso", cuenta emocionada Lila.

 

Tuvo que asumir rápido el "es lo que hay" que era el dicho de la gente de la zona. "Fue un tema para mí, allá es todo artificial, los 365 días del año encontrás todas las verduras, acá sólo comemos lo que hay de la estación. Tenemos espárragos silvestres, es la cosa más fantástica, vas caminando y sacando del bosquecito y solo comemos en su época y no hay más en todo el año. Tenés una apreciación por las cosas cuando es auténtica y es lo que buscamos, una vida autentica. Eso queríamos para los chicos, criarlos en un ambiente auténtico, no artificial y desarrollar la apreciación por eso. El hace mermeladas y dulces caseros, ella y su hermana hacen pan, galletas, cuando la vaca tiene leche hago quesos, yogur, y tenemos una vida auténtica como es nuestro sueño", dice Lila.

Antonio interrumpe: "El primer año acá estaba yo sin trabajo, ahora soy profesor de inglés de la escuela agrotécnica, pero al principio estaba difícil y tenía aún mi puesto allá. Y le dije a ella, vamos a volvernos, allá tenemos todo solucionado y fue por ella que nos quedamos, estaba determinada".

-¿Es verdad que se conocieron y a los 10 días se casaron?

-Sí, el 18 de agosto lo conocí y nos casamos el 2 de septiembre. Es una historia demasiado larga, dice Lila.

-La vamos a dejar con la intriga, agrega Antonio.

 

 

Para los chicos el cambio se sintió diferente. El tema de venirse a San Juan se había hablado con ellos, pero... "es muy distinto venir de vacaciones que venir a vivir", aclara Jiva. Cuando se vinieron definitivamente, en el 2011, la mayor tenía 11 años y fue la que más sufrió ya que dejaba su mejor amiga. Ananda tenía 8 años y Bali, 5.

"Fue un cambio muy fuerte. No era exactamente lo que esperaba. Cuando estaba en Estados Unidos pensaba que iba a ser una típica chica de campo, me iba a levantar en las mañanas a ordeñar la vaca y no fue tan así. No cambia una persona el lugar donde vivís. Creo que soy bastante lo contrario a una chica de campo (risas). Mi hermana sale a andar a caballo y yo me quedo adentro cocinando, leyendo. El tema social fue algo que hasta el día de hoy... siento que todavía no terminé de encajar del todo, pero hace 5 años y medio que estamos acá y te acostumbrás a todo. Pero también siento que si estuviera viviendo en otro lado no estaría cerca de mi familia, la relación con mis hermanos, acá para pasar el tiempo tengo a mi hermana. Lo que más extraño de Estados Unidos es mi mejor amiga, seguimos en contacto por email y whatsapp pero después de estos años seguimos siendo mejores amigas. Después extraño hablar inglés con todo el mundo, acá en mi casa solo hablo inglés", dice Jiva en perfecto castellano y hasta tonada sanjuanina.

 

Cuando termine la secundaria, Jiva se irá un año a visitar a su amiga en Estados Unidos y luego a otros amigos en Europa. Después volverá a estudiar a San Juan, Diseño Industrial. "Siempre digo que si me voy lo que más voy a extrañar es la vista de este cielo, pero aparte de eso, no sé. La casa nueva (que está construyendo Antonio) es impresionante pero voy a poder vivir poco tiempo ahí", asegura.

Además de hablar inglés en su casa, a las chicas las ayuda a mantener su primera lengua las visitas extranjeras que tienen durante todo el año por el programa de voluntariado en el que participa la familia. Ofrecen casa y comida a los jóvenes dispuestos a trabajar y aprender sobre bioconstrucción.

Antonio dice que cuando llegaron la vieja casona estaba destruida y nada funcionaba. Tuvieron que trabajar muchísimo para seguir adelante, en pocos meses se mudarán a la nueva casa que diseñó y construye él mismo con el concepto de bioconstrucción.

Luego cuenta que Ananda en EEUU no iba a la escuela, estudiaba con el sistema de Home School, educación en el hogar, y acá fue la primera vez en su vida que entró a una escuela y sin hablar castellano. "Lo único que decía era agua. Eso en agosto y en 3 meses hablaba perfecto y sacó un diploma. Terminó la primaria con 9,98 de promedio, abanderada. Los primeros 15 días iba a la escuela con ella y me sentaba al lado para traducirle porque no entendía nada", dice su papá orgulloso.

El acento de Ananda es diferente, casi porteño. "Aprendí español bastante rápido y ahora me va bien. Yo no extraño mucho de Estados Unidos, a veces tener un poco más de cosas cerca, salir, pero para mí está mejor acá en el campo. Me gustan los animales y tengo una yegua negra, India. La casa nueva esta buena, es bastante artística, aunque para mí hay demasiadas botellas”, dice en tono burlón y hace reír a su madre. "Viviendo acá podes aprender construcción, ayudar con los revoques. Tengo muchos amigos, mi curso son todos muy buena onda y nos llevamos bien. Me gustaría estudiar Director de Cine, ahora que se puede estudiar en San Juan, está cerca", cuenta la hija del medio.

 

Bali, el más chico, estaba de paseo en la casa de sus primos, en Rodeo, cuando se hizo esta nota.

 

Las chicas dicen que no les pesa no tener televisión en la casa porque tampoco tenían en Estados Unidos. "Para mí es mejor", asegura Ananda, "tenemos teléfonos para comunicarnos con el resto del mundo, pero acá no hay señal, hay que ir hasta la estación de servicio".

 

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