Historia

Una historia para recordar: la fuga de Buenaventura de la cárcel de Tamberías

Esta es la historia publicada en Tiempo de San Juan el 09 de agosto de 2012 donde contaba el episodio que tuvo como protagonistas a Eusebio Dojori y periodistas de La Montaña. Leela.
miércoles, 29 de julio de 2015 · 09:48

Esta es la historia publicada en Tiempo de San Juan el 09 de agosto de 2012:

80 AÑOS

La fuga de Buenaventura de la cárcel de Tamberías

Este año se cumple el 80 aniversario de un episodio que tuvo como protagonistas a Eusebio Dojorti y otros periodistas de La Montaña. Se trata de su secuestro y posterior confinamiento en la cárcel de Tamberías, de la cual se fugarían y llegarían a Mendoza para narrar la verdad de su calvario, dejando en ridículo la versión oficial que montó una ficticia "Revolución de Calingasta”. Por Carlos Semorile

La fuga de Buenaventura de la cárcel de Tamberías

Por Carlos Semorile

Con apenas 16 años, Eusebio Dojorti se escapó de su casa y realizó un viaje iniciático por gran parte del país argentino. Así conoció de primera mano el incipiente desarrollo industrial de algunas regiones, advirtiendo que el contrapunto entre ese desenvolvimiento y la decadencia económica del "vallecito” no podía ser mayor. Para esa época, San Juan iniciaba, bajo el liderazgo de Federico Cantoni una serie de cambios políticos, sociales y culturales que sintonizaban con el proceso que el yrigoyenismo había comenzado años atrás, pero que a la vez profundizaba ese camino de reparación social. Por estas razones, escribiría Dojorti tiempo más tarde, "el pueblo criollo creyó que había sonado la hora de su liberación económica y espiritual”. El joven Eusebio pensó lo mismo, y durante cuatro meses se enclaustró a leer sobre teorías sociológicas y políticas para poder sentarse de igual a igual en las tertulias de la vida intelectual de la ciudad. Lo que equivale a decir en la vida política de la capital sanjuanina.

El motivo de tanto estudio es que estos movimientos "populistas” (el yrigoyenismo, el lencinismo mendocino y el cantonismo) venían a revolucionar las sociedades conservadoras de principios del siglo XX. En San Juan, el cantonismo produjo un programa partidario con suficientes medidas de cambio como para considerarlo precursor de las políticas sociales que el peronismo realizaría luego a nivel nacional. La aplicación efectiva de esas ideas implicó que los resortes del estado comenzaran a trabajar activamente en la redistribución de los ingresos a favor del chiniterío, chocando de inmediato con la Liga de Defensa de la Propiedad, la Industria y el Comercio de San Juan, a la que se sumarían bodegueros y viñateros. Desde el otro extremo del arco político, los socialistas también atacaban las medidas que favorecían a la masa trabajadora, curiosidad que Cantoni explicaba del siguiente modo: "Nosotros somos un peligro para ellos, porque estamos interpretando en parte el programa del Partido Socialista”.

La oposición al cantonismo llegaba a extremos inusitados de violencia simbólica a través de la prensa escrita. Los diarios conservadores de Buenos Aires, Mendoza y San Juan denostaban constantemente al líder bloquista y a su movimiento. El investigador Celso Rodríguez recopiló los siguientes agravios: "desborde de barbarie, iracundia salvaje, personaje de toldería, sátrapa, gobierno bárbaro y barbarizante, comunismo semigaucho, oficialismo mazorquero”. Bajo este hostigamiento permanente, pero también en medio de la más absoluta libertad de prensa, Eusebio Dojorti comenzó a trabajar como redactor de los diarios oficialistas La Reforma y Debates, desde donde se contestaban aquellas críticas. Esta puja entre discursos supuso una discusión sustantiva sobre el rol profundo del periodismo, su papel como ocultador o como formador, y Dojorti se forjó como militante y periodista en ese clima de fuerte disputa política en torno a los usos de la palabra pública. Es decir que siempre fue un periodista de opinión, y jamás la ocultó detrás de la habitual mascarada de imparcialidad y objetividad.

Pero además, Eusebio se destacaba como un fogoso orador y, según el sociólogo José Casas, comenzó a desempeñarse como "secretario de la gobernación durante el primer gobierno de Cantoni”. Fueron años duros y violentos, en los que, como un anticipo de la Unión Democrática, los conservadores y los socialistas se coaligaron contra los gobiernos bloquistas. Con un agravante: a éstos se le sumaban los sectores yrigoyenistas que combatían a lencinistas y cantonistas. El personalismo de los líderes pesaba más que la historia y el hecho de provenir de un mismo tronco ideológico. Esta inmensa falta de perspectiva política iba a llegar hasta la incongruencia de que los tres movimientos populares se aliaran a sectores conservadores para combatirse mutuamente (lencinistas y bloquistas -más sus ocasionales aliados- contra yrigoyenistas, y viceversa), cuando en realidad, si tan sólo se hubieran guiado por su defensa del interés popular, los tres debieron haberse apoyado para neutralizar a los opositores que minaban su poder tanto por derecha como por izquierda. Esta oposición variopinta lograría que una intervención federal terminase con la primera experiencia bloquista por pretender cambiar los ejes del debate cultural en la provincia.

En lo sucesivo, estas contradicciones no hicieron más que agravarse. El bloquismo volvió al gobierno de la mano de Aldo Cantoni y sancionó una Constitución absolutamente de avanzada a nivel nacional. Paradojalmente, mientras el establishment sanjuanino se esperanzaba con el retorno de Yrigoyen al gobierno, los bloquistas apoyaban al radicalismo anti-yrigoyenista pues creían que esa alianza evitaría una nueva intervención. Durante la campaña a favor de la fórmula antipersonalista, Dojorti acompañó a Federico Cantoni a Buenos Aires y salvó la vida del líder bloquista en pleno centro porteño. Pero el alvearismo fue aplastado de tal manera que las elecciones de 1928 pasaron a la historia como un verdadero plebiscito en favor del yrigoyenismo. 

Eusebio rescataría cruciales enseñanzas de aquella campaña memorable. Se hacía necesario aglutinar conciencias desde una visión nacional, sin mezquindades, para avanzar desde las conquistas políticas hacia la plenitud de los derechos sociales. Era necesario, pues, acompañar esta política popular y por ello, como explica el historiador Luis Javier Garcés, Dojorti encabezó "un movimiento democratizador al interior del bloquismo”, pues "no había digerido adecuadamente las alianzas con el antipersonalismo nacional alvearista”. Ninguna política de alianzas es inocente, y si hasta el momento podía argumentarse que el cantonismo había actuado en defensa propia y de la autonomía provincial, ahora comenzaba un peligroso viraje que podía alejarlo -y de hecho lo haría- del frente nacional. Dojorti vislumbraba el peligro que estas divisiones estériles le provocaban al movimiento democrático, y que en poco tiempo dejaría inerme al presidente Yrigoyen cuando Uriburu, Justo y el diario Crítica decidiesen dar un golpe con "olor a petróleo”.

En 1930, el sector de la juventud bloquista que encabezaba Dojorti, presentó un documento que planteaba la reorganización del partido. Pese a los cuestionamientos, Eusebio intentaba mantener "los pies dentro del plato”, pero Cantoni no vio con buenos ojos al grupo disidente y los expulsó del bloquismo. Mientras tanto, aceitaba sus contactos con el general Justo, primer presidente "electo” de la Década Infame, y accedía por segunda vez a la gobernación a fines de 1931. Los expulsados se organizaron en el grupo La Montaña, como se los empezó a conocer por su intención de reflotar un semanario de la juventud bloquista de ese mismo nombre que ya había sufrido una clausura. Dice Garcés: "Poco antes de la asunción del nuevo gobierno de Federico, el 12 de mayo de 1932, éste había denostado con fuertes epítetos en un mitin realizado en un cine céntrico, a ‘esos muchachos de La Montaña’, augurándoles un futuro muy negro por haberse atrevido a desafiar al líder”. Las amenazas no tardaron en concretarse: el día de la anunciada "reaparición” de La Montaña, una patota armada se presentó en la imprenta y en principio fueron repelidos a tiros por los periodistas. Pero prevaleció la superioridad numérica de los atacantes que secuestraron la edición, a su director (Dojorti), a los redactores Juan José Montilla y Carlos Miscovich, y más tarde a Enrique Haagendal. Desde ese momento, nada de supo de los jóvenes detenidos-desaparecidos.

Sin embargo, desde el mismísimo sótano de la casa del gobernador, Dojorti logró romper el cerco de silencio mediante un telegrama dirigido a Justo donde denunciaba su situación (amenazado de muerte por el propio Cantoni) y la de sus compañeros, trasladados de comisaría en comisaría para burlar los recursos de hábeas corpus. El asunto repercutió en los diarios nacionales, y comenzó una batalla mediática en torno a la verdad o falsedad de los dichos de Dojorti. Mientras periodistas y medios de todo el país se interesaban por la suerte de sus colegas, el cantonismo sostenía que se habían ido de la provincia por sus propios medios y que, desde la comodidad de su retiro, posaban de mártires. Pero la anunciada visita de una comisión investigadora nacional complicaba las cosas, y el 24 de mayo los desaparecidos de La Montaña fueron reunidos en la jefatura policial de Pocito para ser llevados al departamento de Calingasta. Si hasta aquí la movilización y las denuncias habían logrado hacer "visibles” a los secuestrados, con lo cual probablemente habían salvado sus vidas, el nuevo "traslado” volvía a dejarlos en situación de desamparo.

Pasarían los siguientes 70 días en la cárcel de Tamberías, engrillados, mal alimentados y poco abrigados para soportar el crudo invierno cordillerano. Quiso la fortuna que uno de los soldados fuese Rodolfo Flores, antiguo empleado de la finca de los Dojorti: con su ayuda y la de otros milicianos, los periodistas prepararon la fuga que se produjo apenas iniciado el 31 de julio, y derivó en un tiroteo que dejó herido a uno de los policías que se resistieron. Fracasado el intento de huir en el auto policial, Miscovich intentó conseguir un vehículo de repuesto. Rodeados, el grupo de Dojorti debió refugiarse en las montañas perdiendo contacto con Miscovich. La fuga conmocionó al gobierno que inventó una supuesta "Revolución de Calingasta”, un ataque de sediciosos llegados desde Mendoza. Mientras esto se decía en los medios, se mandaban tropas para buscar denodadamente a los evadidos, se blanqueaban las paredes en las que los muchachos habían dejado leyendas durante su cautiverio, y se trasladaba a los soldados que habían participado de la custodia para que no fuesen entrevistados por la prensa.

Pero estos intentos fueron infructuosos. Con la ayuda del maestro y baqueano Juan Astudillo, los periodistas más "el gaucho Rodolfo Flores”, lograrían burlar a quienes los buscaban "vivos o muertos”. Se internaron por caminos de montaña y tras vivir una verdadera odisea, el 8 de agosto arribaron a la estancia Yaguaraz, en territorio mendocino. Allí entregaron las armas que habían tomado en Tamberías, y fueron trasladados a la ciudad de Mendoza donde unas tres mil personas se reunieron a escuchar los discursos que Dojorti y Montilla dieron desde el balcón del diario La Libertad. Se desmoronaba la fábula de "La Revolución de Calingasta”.

Ahí empezaba la búsqueda de Carlos Miscovich. El diario Tribuna decía que "Dojorti ha manifestado a los periodistas que lo entrevistaron, que su compañero Miscovich desapareció en la obscuridad de la noche y que teme que haya sido apresado por la policía y que se lo torture a fin de que declare en contra de sus compañeros”. Miscovich, finalmente, también pudo evitar a sus  perseguidores y ponerse a salvo, pero nos interesa rescatar que Dojorti usa la palabra "compañeros”. Y eso nos lleva a situar las cosas en otro lugar porque hemos hablado de ellos como "los periodistas”, "los jóvenes” o "los muchachos”, sin mencionar su condición de militantes. Los que intentaron editar un diario, los que fueron secuestrados y desaparecidos, los que estuvieron más de 70 días engrillados, los que lograron fugarse, los que la pasaron mal en la cordillera, y los que finalmente se salvaron y quisieron testimoniar para salvar al compañero aún desaparecido, eran militantes políticos.
 
Epílogo. Un año más tarde, Dojorti enfrentaría nuevamente a Cantoni desde la Unión Regional Intransigente, partido para el que escribió un vibrante Manifiesto que va más allá de la coyuntura e implica un verdadero análisis de los dilemas fundamentales de la Argentina. Eusebio no alcanzaría la banca de diputado y abandonaría la política partidaria para trabajar en la radio. Esa fue la siguiente estación de su vida pública, pero la reclamó desde otro nombre: Buenaventura Luna. En 1934, Cantoni sufrió un cruento golpe de estado que lo llevó a reconocer lo erróneo de su alianza con los conservadores. Ya no volvería a equivocarse. Luego de algunos escarceos con el coronel Perón, tuvo un gesto inédito: recomendó disolver el bloquismo pues la existencia del peronismo aseguraba la Justicia Social para "la chusma de alpargata”. Por su parte, Eusebio también había adherido a la causa de los descamisados. Cantoni y Dojorti volverían a cruzarse, años más tarde, en un café de la muy porteña Avenida de Mayo. ¿Se les habrá cruzado que estaban a pocas cuadras de donde fueron atacados en el verano de 1928? Sea como fuere, Eusebio se levantó de su asiento y se sacó el sombrero. Federico se acercó hasta su mesa. Y los dos hombres se brindaron un sentido apretón de manos.


 

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