Sierras Azules

La maldición de la Cruz Blanca

Desde hace 5 años que realizo el recorrido por Sierras Azules, una experiencia que lleva a religiosos y aventureros a escalar, de noche, 1.600 metros de altura, sobre terreno empinado y dificultoso. ¿Qué es lo que lleva a un grupo de más de 3.000 personas a realizar la travesía anualmente?
domingo, 01 de abril de 2012 · 10:41

Por Cecilia Díaz

Desde un principio debo aclarar: en mis 26 años el deporte no fue una parte importante de mi vida. Sufro desde pequeña el miedo a las alturas y fumo desde hace 10 años. Además, voy agregar a mi amplia lista de cualidades el hecho que soy una “chica de la city”; en pocas palabras… toda una ignorante en potencia del medio ambiente.

Ante tremendo despliegue de habilidades, uno se pregunta, “¿por qué lo hace?”. La respuesta está al final de este comentario, pero vale la pena pasar por la lectura de la experiencia.
Si una persona no ha sufrido el cansancio, el  calor, el frío y la sed en extremos, es porque no ha vivido nada.

La primera vez que fui fue en el año 2007, movida por la curiosidad, creía que era divertido subir por un cerro de noche, con frío y un montón de personas desconocidas. Además, me gustaba el hecho de subir con oscuridad… para no ver los precipicios y no paralizarme del miedo que le tengo a las alturas.

Era Sábado de Gloria. A las 23.30 llegué al predio y me uní a un grupo de chicos que pertenecían a la Acción Católica. Sí señores… con sus cantitos y todo, cuando levanté la mirada note que el cerro era más alto de lo que pensaba y me dije a mí misma “no hay forma… no hay forma”; pero a esa altura no podía recular, eran las 12 de la noche y estaba con un grupo de desconocidos que se encontraban animados por empezar. Y ahí fui víctima de la maldición de la Cruz Blanca, una humorada que se transmite de boca en boca y que siempre tiene como víctima a los novatos en el ascenso.

Esto es así: los que ya hicieron el ascenso se encargan de ilusionar a los primerizos. En cuanto estos empiezan a preguntar cuánto falta, surge la “maldición”: te dicen “cuando llegues a la Cruz Blanca, te van a faltar 30 minutos para alcanzar la cima”. Esto es un envión tremendo para los que van por primera vez, porque uno se concentra en encontrar esa Cruz Blanca.

En los primeros 30 metros de subida comprendí algo muy importante, “no iba a llegar”. No aguantaba ni la mochila, ni las piernas, me dio muchísimo calor y había comenzado a sudar. Lo único que me alentaba es que me habían designado a uno de los niños para que cuidara en el ascenso, y si renunciaba otro mayor debía encargarse de dos pequeños.

Lo primero que puedo decir sobre la experiencia es que uno nunca sabe qué suelo pisa, pasa de caminar por tierra y piedras compactadas a sus variantes más movedizas; de esas zonas que si uno se queda parado sin moverse puede descender por la fuerza de gravedad.

Llevaba más de 2 horas escalando, por mi cansancio, no me aguantaba ni el DNI, pero seguía firme “quería llegar a la bendita Cruz Blanca” que me había mencionado uno de los jóvenes del grupo, después de todo, desde allí  el ascenso iba a ser más rápido. “Gracias a Dios encontré la cruz”, me dije, aunque la alegría había durado poco cuando llegue al lugar.

¡Sufrí un ataque de pánico! Esa desgraciada Cruz Blanca estaba pintada en la pared de la montaña y señalaba el único camino para continuar el ascenso, lo que era una saliente de 30 centímetros de ancho. A la izquierda se encuentra una pared de roca que exhibe racimos de cactus que hay que tener en cuenta para no pincharse. A la derecha, mi peor pesadilla, un precipicio con una caída de unos 20 metros.

 Mi boca estaba seca, me temblaba todo el cuerpo y, según me contaron, estaba tan blanca que parecía que había visto un fantasma. ¡Miércole, si habré tenido miedos en mi vida… pero como ese, nunca! Varios chicos tuvieron que recibirse de psicólogos esa noche, pero un niño de 9 años fue el único que lo consiguió… en realidad se me entró a burlar hasta que le mostré que cagona y todo podía seguir adelante.

En la última parada antes de la cima vimos, con mi grupo,  a una persona muy particular, que vestía ropa de escalador y con un palo en la mano mantenía un ritmo constante hacia la llegada. Los pequeños bromearon “es un ave, es un avión”… a lo que terminó la idea uno de los mayores, “¡No… es Monseñor Delgado!”. Resulta que estaban hablando del obispo Monseñor Alfonso Delgado, quién por su experiencia en ascensiones anteriores no le resultaba difícil el trayecto, aunque muchos sospechábamos que inyectó la nitro para acelerar, inspirado en la peli “Rápido y Furioso”.

En la cima no se podía hacer mucho, uno busca un lugar para acomodarse, hace un fuego, come y descansa. No es la gran ciencia de la supervivencia, pero aprendí las respuestas de preguntas que nunca había hecho, por ejemplo ¿qué pasa si una persona distraída se sienta en una penca? O ¿qué tan cómodo es ir al baño natural con temperaturas bajo cero? Juro que las respuestas no son agradables, ¡y una me da mucho dolor cada vez que me acuerdo!

Pasé lo que quedaba de la noche durmiendo, me desperté cuando salió el sol e intenté participar de la misa, ¡va! mi cuerpo estaba en la misa… la cabeza estaba cómo en un sueño diciendo “nooo, mirá este amanecer”.

Ahí uno experimenta el cansancio, la vida y el dolor; pone a prueba su lado humanitario si ve que un desconocido necesita ayuda, reta a sus miedos y alimenta los sentidos.

Yo realmente me divertí, baje tan inspirada que el insulto mínimo fue dirigido a la madre que me engendró -porque no podía creer por los lugares que había transitado-. Sin embargo, y pese a todo, faltando dos metros para llegar a pisar la base de la sierra me dije “vuelvo el año que viene”.

El qué es sencillo: cuantas veces en mi vida pude ayudar a varios desconocidos en una sola noche; cuándo volveré a amanecer viendo cómo el sol despierta a mi provincia; en qué momento podré volver a sentir el silencio ensordecedor, oler la jarilla quemada, sentir la briza helada alimentada por el calor del sol,  y finalmente ver el desierto junto a los campos en un mismo paisaje.

Sábado de Gloria. 7 de Abril

23.00 En el pie del cerro, Misa de la Vigilia Pascual, en la cual se realizará la bendición del Fuego del Cirio Pascual y la Bendición del Agua del Bautismo.

Domingo de Pascua.8 de abril

02.00 Ascenso de los peregrinos a la cima de Sierras Azules.
05.00 Fogón para jóvenes en la cima
06.00Espectáculo de Fuegos Artificiales
07.00 Misa por el Obispo Monseñor Alfonso Delgado.
08.30 Descenso.
Desde las 10.00, en la base del Cerro se ofrece un desayuno de sopaipillas y mate cocido para los peregrinos.

Recomendaciones

Para quienes deseen realizar la travesía se recomienda ir con calzado y ropa cómoda, medias de algodón y por lo menos 2 litros de agua por persona.


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