Empresarios: Ana María Esteybar

“He sido valorada en mi trabajo”

Es la primera mujer empresaria galardonada por la Federación Económica de San Juan. La crisis del 2001 la movió a incursionar en un rubro diferente al que ella conocía y hoy dirige una empresa exitosa de tomate desecado que se vende en el país y en Brasil. Por Viviana Pastor.
miércoles, 07 de marzo de 2012 · 12:16

Por Viviana Pastor
vivipastor@tiempodesanjuan.com

Se recibió de contadora mientras hacía crecer su familia y trabajaba en la empresa de su padre. Ana María Esteybar tiene hoy 58 años y dirige una próspera empresa de tomate desecado cuya producción se vende en el país y se exporta a Brasil.

El año pasado fue la primera mujer empresaria que recibió el “Percherón”, la distinción otorgada por la Federación Económica de San Juan que hasta entonces sólo había adornado las oficinas de los empresarios varones de la provincia. “He sido valorada en mi trabajo y esas son recompensas de la vida por haber actuado siempre honestamente”, dijo Esteybar.

Ella es socia de la Cámara de Comercio Exterior; es miembro de la Asociación de Mujeres Empresarias; y directora en la Agencia Calidad San Juan.

Su empresa de desecados, Sol de Los Andes, nació producto de la crisis del 2001. La firma familiar, fundada por su padre, se dedicaba a la construcción, pero para esa época llevaban 2 años sin obra pública, que era el grueso del trabajo. Ana María y su marido, Rodolfo Ojeda, comenzaron a buscar una actividad diferente, orientados al rubro alimentación por dos motivos: su hija se había recibido de Ingeniera en Alimentos y además porque pensaron que aún en las crisis, lo último que deja de hacer la gente es alimentarse.

Luego de varias consultas surgió la posibilidad del tomate desecado que aún no estaba muy extendido en la provincia. Como nueva firma, Ojeda Esteybar e Hijos, en marzo de 2002 empezaron a buscar un  terreno adecuado, debía ser un lugar seco, soleado, de aire puro, y lo encontraron en Pocito. Encargaron los plantines para entregar a los productores y ese año plantaron 4 hectáreas.

El predio no tenía agua potable de red, así que el agua para el lavado del tomate la traía el municipio de Pocito en camiones tanques. Ese año el lavado se hizo en una pileta de lona y el tomate se cortó uno por uno con cuchillo. El segundo año ya habían adquirido una máquina lavadora y una cortadora, “así fuimos creciendo e invirtiendo, ahora tenemos un galpón de elaboración, otro galpón de estiva y otro de almacenaje”, dice la empresaria.

“Con el asesoramiento de un ingeniero amigo comenzamos en esta actividad y la primera exportación la hicimos a Brasil gracias a la firma Moya que tenían un faltante en su volumen”, cuenta Ana María.

La materia prima la compra a 5 productores, de Pocito y San Martín, con los que se acuerda cada temporada, se les entregan los plantines y se los asiste con pesticidas, fertilizantes, asesoramiento técnico y cosecha.

Pero una vez iniciado el proceso de elaboración también había que aprender a venderlo. “El problema era vender porque no teníamos mercado. Empezamos a participar de cuanto evento había, nos comunicamos con la gente del Ministerio de Producción y fuimos a La Rural, a las ferias en Córdoba, en Mendoza, incluso fuimos a México con el CFI a una feria para restaurantes y hotelería. Nos fuimos vinculando de a poco y en eso internet nos abrió muchas puertas”, destaca.

Pero además fueron los primeros que incursionaron en la producción de tomate seco molido y en polvo. Con este producto, en Tucumán elaboran fideos de tomate que se exportan a Italia. Muchos compradores llegaron a la firma a través del INTA, porque con ellos trabajaron con el programa Tomate 2000.

Poco a poco fueron ganando mercados y se sumaron compradores de Buenos Aires, Córdoba, Mendoza, entre otros. En Bariloche, con el tomate seco sanjuanino elaboran una pasta ahumada que envasan en latas pequeñas y se vende simple y picante.

El mercado externo se resume a Brasil y si bien se exportó algo a EEUU, la crisis en ese país cortó los vínculos en los últimos años. “Ahora podríamos exportar el 100 % de la producción pero no podemos descuidar el mercado interno porque también crece día a día. No hay techo, pero hay que hacer un buen producto para que llegue con su sabor, color y aroma”, destaca Ana.

Hoy la empresa produce 20 hectáreas y las iniciales exportaciones de 2.000 kilos pasaron a las actuales 15 toneladas todas vendidas al mercado brasilero. “La demanda es muy grande y la ventaja de este producto sanjuanino es que tiene mínima humedad y puede ir en camiones comunes, no necesita estar refrigerado como el tomate turco que es más barato pero tiene más humedad y el costo extra de la refrigeración”, destaca Esteybar.

La firma tiene dos líneas: Gourmet, con tomate desecado en aceite de oliva, tomate desecado molido grano fino, tomate desecado molido grano grueso, y orégano, todo envasado en frascos de vidrio; y la línea Profesional de tomate desecado a granel.

Esteybar dice que habían planificado un crecimiento del 20 % en volumen para este año, pero que el factor climático hizo que las plantas no produjeran lo suficiente. “Queríamos llegar al millón de kilos de tomate fresco pero el clima no lo permitió. No hay que olvidar que necesitamos 20 kilos de tomate fresco para hacer 1 kilo de tomate desecado”, señala.
Ana María cuenta que la actividad del tomate desecado es delicada y requiere de mucho cuidado, si el producto se quema con el sol y se pone amarillo ya no sirve; si durante el secado se llueve es casi imposible de recuperar porque queda marrón. Es que el valor del tomate sanjuanino radica, además de su baja humedad, en su sabor, aroma y color rojo vivo, algo que no tiene el principal competidor, Turquía.

Ana íntima

“Yo trabajo desde los 17 años, estudiaba para contadora y trabajaban en la empresa constructora de mi padre. A los 20 años me quería casar y mi papá me dio permiso con la condición de que me recibiera, y así fue”, cuenta Ana. Las ganas de trabajar no se fueron nunca: “yo de balde no puedo estar”, asegura.

En 1983 la firma familiar se presenta en concurso de acreedores; Ana tomó algunos clientes y empezó a trabajar paralelamente en su profesión de Contador. También se desempeñó durante 12 años como profesora de Contabilidad de la Escuela de Comercio General San Martín. “Me encantaba trabajar en la escuela porque siempre me gustó la docencia”, señala.

 “Antes decía ‘cuando cumpla 50 años voy a cambiar de vida’, y fue cuando empezamos con esta agroindustria. Yo trabajaba en la empresa de mi papá y al mismo tiempo trabajaba medio tiempo en la firma de carteles Carrió,  estuve 18 años ahí y tuve que dejarlo para dedicarme a lo mío; son decisiones muy grandes porque perdés un sueldo seguro y como empresario tenés que hacerte tu propio sueldo”, dice.

Los viajes al exterior son un cable a tierra. “Siempre nos damos un lugarcito para la recreación y hemos viajado mucho, conozco varios países”, confiesa.

Fuera de la empresa, a Ana María le gusta disfrutar de su casa en Pocito, “los fines de semana trabajamos en ella la pintamos y hacemos los arreglos necesarios. Además me gusta tejer, para mis nietos o para mí, pero siempre tengo que estar haciendo algo”, señala.

Ana tiene tres hijos: Paula, de 36 años; Diego, de 33 y Marcos de 14, “el colado”. “Todo lo que he logrado lo hice con mi marido, todo lo comparto con él, llevamos 38 años juntos y a esta altura somos uno”, sentencia.

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