Sanjuaninos en un shop "picante"

Mucha gente manda a sus empleados porque no se animan a entrar al local. Aún hay mucho tabú pero cada vez más se animan a probar “algo diferente”. Por Viviana Pastor.
sábado, 24 de marzo de 2012 · 13:18

Por Viviana Pastor
vivipastor@tiempodesanjuan.com

Una mujer mayor, pero aún vital y hermosa, entra con confianza al sex shop y consulta sobre consoladores. Nadie le pregunta nada, pero ella cuenta que estuvo casada 30 años y quedó viuda hace varios meses, sus hijos están grandes y no tiene intenciones de formar una nueva pareja, pero no quiere tener que enterrar su sexualidad.
La señora en cuestión hace un paneo rápido por los escaparates, la mayoría de los productos no los había visto en su vida: vibradores de todo tamaño, color y material, estimuladores femeninos, minivibros de cartera, disfraces, lencería comestible, vibrador con cargadores para el auto. Y escucha algunos nombres por primera vez: mariposas con arnés, toritos triple estimulación, Aladino triple estimulación, tornados, mini macizos anales, ruby sex femenino, balitas de la pasión,... la lista sigue, hay más de 100 productos en el catálogo, por eso es fácil perderse.
Laura y Oscar, propietarios de Dzoom Shop, el primer sex shop que abrió en San Juan hace 16 años, están ahí para asesorar. “Nuestros objetivo es incluir, informar, incentivar una sexualidad más sana y somos muy responsables en esto. Contamos con el asesoramiento de dos sexólogos y un ginecólogo y cuando hay un problema que no podemos resolver, le sugerimos al cliente que consulte con el médico”, dice Laura.
Cada persona que entra tiene una historia, necesidades y gustos diferentes y allí encuentran discreción y seriedad. Los dueños hacen hincapié en que todos los clientes tienen la misma atención, sin ningún tipo de discriminación hacia los gustos sexuales de cada uno o a la condición de gay o travesti.
¿Cómo son los sanjuaninos al momento del sex shop?, ¿se animan?, ¿hay un perfil o clase social?, ¿qué compran?
“El sexo en todos lados funciona, con más o menos tabú, aunque en las provincias está más escondido pero se consume igual. En Buenos Aires es como un supermercado, la gente entra y sale, el mismo sanjuanino me cuenta que allá entra sin problema y acá les da vergüenza venir”, cuenta Laura.
Con tantos años de experiencia en este mercado, la empresaria dice que tiene tantas anécdotas como para escribir un libro. “Hay muchas mujeres mayores que quieren consumir pero se resisten a venir. Hay gente que manda a la empleada doméstica a comprar, yo lo sé porque me dicen: ‘mi patrona me manda a llevar tal cosa’. Y muchos hombres que son muy conocidos compran, pero tampoco vienen, mandan a un empleado o hacen el pedido y se lo mandamos a domicilio”, cuenta la propietaria.
No hay un perfil de consumidor porque al lugar entra gente de todas las clases sociales, “viene desde el obrero que levanta ajo, hasta profesionales, políticos y personalidades conocidas. Todo el mundo consume o quiere consumir algo del sex shop”. Además hay precios  para todos los bolsillos: un gel que dura tres meses cuesta 50 pesos, pero también hay muñecas inflables de 5.000 pesos, con ojos de vidrio, boca vibratoria y hasta vello púbico, que sólo se consiguen por encargo. Hay consoladores de 100, 200 o 300 pesos. El local recibe tarjetas de crédito y todo puede pagarse en cuotas.
Los productos que más se venden en San Juan son los consoladores y la lencería erótica, “es muy lindo ver cuando viene un hombre y elige lencería para su pareja y pregunta si le gustará; pero también hay otros que han comprado y después han venido de vuelta con todo y con una desilusión tremenda porque a la mujer no le cayó bien la sorpresa”, revela.
También salen mucho los cosméticos eróticos, perfumes a base de feromonas (sustancias químicas que genera el organismo que atraen al sexo opuesto), cremas con sabor a frutos rojos a champagne o a malbec, geles saborizados y toda una línea de cremas con feromonas, pétalos de rosas para el jacuzzi, velas de aceite, disfraces eróticos, ropa sadomasoquista de vinilo, de cuero, látigos, inmovilizadores y esposas.
Laura también realiza despedidas de solteras –con mujeres solas, aclara- y “taper sex”, una versión de las reuniones de Tupperware (los productos de plástico para la cocina), que se hacían en los ’80.   “Voy con varios productos, las asesoro y consumen. Algunas empiezan a venir al local y otras llaman y les llevamos a domicilio. Las mujeres se prenden muchísimo en ese ámbito de mujeres solas. Por ejemplo si el sábado hago una despedida, esas mujeres vienen el lunes al local a comprar lo que presenté”, dice.

Sexualidad y salud
Laura y Oscar repiten varias veces que estos accesorios son una inversión a favor de la salud física y mental del individuo, ya que hay muchos productos que son terapéuticos. Hay médicos que mandan allí a pacientes para detectar problemas físicos o tratar otros cuadros específicos.
“Hay problemas físicos, como el vaginismo que es cuando se cierra la vagina por algún trauma y la relación resulta muy dolorosa para la mujer, hay distintos productos que van incentivando y relajando la zona. Hay muchos médicos que buscan productos para rehabilitar a personas con discapacidades sexuales, es decir que no todo pasa sólo por el sexo y la diversión, hay cuestiones terapéuticas que también se pueden ayudar desde acá”, aseguran.
Incluso la frigidez puede ser encarada con geles y aceites especiales. “Si tenés un gel que te ayuda, es una inversión, no estás gastando. Muchas mujeres después de ir a un ‘taper’ y enterarse que existen estos productos vienen a comprar y después vuelven a contarnos que les ayudó a revivir la pareja”, destaca Laura.
También venden vigorizantes naturales para hombres, con el Huang He, unas pastillas que, según cuentan, tienen mucha venta porque “son muy efectivas”.
“Hay un segmento de la sociedad en el que la mujer no conoce su cuerpo, no se conoce sexualmente. Hay mucho tabú, pero estos aparatos hacen que puedan descubrir solas algunas zonas que ni sabían que existían, que eran tan vulnerables. La equivocación es verlo sólo desde el punto de vista fiestero porque hay cosas que son totalmente terapéuticas”, destaca. 
Hay gente que llega al sex shop con trastornos sexuales graves, “nosotros informamos y tratamos de dar una solución y cuando no sabemos lo mandamos a que consulte al médico. Nos apoyamos mucho en la  psicóloga y psiquiatra que nos asesoran. No nos gusta versear a la gente, no vendemos por vender, eso hace que el negocio sea serio”, asegura Laura. Y aclara que incluso si todo está bien en el cuerpo y en la pareja, un gel o un accesorio puede “ser complementario a la relación, para incentivar, revivir la pasión y el juego erótico, y también para divertirte con la pareja”.
Especiales
En Dzoom dicen que en San Juan hay mucha discriminación de género y social, pero que ellos tienen productos para todos. 
Hay artículos específicos para gays y para lesbianas, pero esos productos también los consumen los heterosexuales, porque tiene que ver con la fantasía de cada uno, “hay gente que colecciona productos y son clientes de años”.
En el sex venden calzado especial y pelucas para drag queen pero a pedido, porque hay muchos modelos y números.
Hay productos muy sofisticados como vaginas vibradoras, son muy específicos y caros y esos sí son consumidos sólo por cierta clase social.

“Nos gusta mucho esto”
Laura es Licenciada en Comercio Exterior y es mendocina. Oscar es porteño y trabajaba en una editorial. La idea de abrir un sex shop en San Juan fue de ella y no le fue nada fácil hacerla realidad. Estuvo más de un año buscando un local para alquilar porque cuando decía el rubro al que se iba a dedicar todos se negaban a alquilarle. Hasta que con la ayuda de una inmobiliaria encontró el local donde sigue actualmente, por calle Laprida y Caseros.
“Por mi trabajo anterior yo viajaba mucho a Buenos Aires y cerca de las oficinas había un sex shop, me pareció un rubro muy interesante y poco explotado en San Juan y fui la primera en el ‘96 y fui la primera mujer con sex shop en Argentina cuando era un tabú total”, recuerda.
La empresaria señala que la inversión inicial para este tipo de negocios es grande porque la mayoría son artículos caros y porque hay muchas habilitaciones que pagar, hay que tener todo en regla, permisos de Salud Pública y leyes especiales.
La casa tiene normas muy estrictas, en la puerta hay un cartel que advierte que no se permite la entrada a menores de edad, si alguno pretende hacerse pasar por mayor le piden el documento, si no lo tiene lo invitan a retirarse. Nunca tuvieron problemas con gente que se haya puesto muy pesada o se haya querido hacer “la graciosa”.
“La gente piensa que somos… no sé raros, o los más expertos, sí sabemos un poco más pero somos una pareja normal, tenemos hijos chicos. Mucha gente cree que esto es un antro, un lugar oscuro y no es así. De hecho estamos en plena remodelación del local para hacerlo más cálido”, dice Laura.
Oscar asegura que si tuviera que elegir entre volver a ser empleado y su trabajo actual, no lo duda, elige esto que hace ahora. “Nos gusta mucho esto, nos llena de satisfacción poder ayudar”, agrega Laura. 
Oscar destaca que aunque después de ellos se abrieron en San Juan algunos sex shop, duraron poco tiempo. “No es un rubro fácil, hay mujeres que han venido y nos han contado que en otros lados se les han reído en la cara. Nosotros cuidamos mucho los detalles, buscamos darle comodidad al cliente, privacidad, somos muy discretos y es importante esa seriedad. Nos mantiene en el mercado el hecho de haber cuidado todos esos detalles”, dice Oscar.
Dzoom Shop está creando su página web, pero hace tiempo que promociona sus productos por Facebook, y lo que ofrecen ahí son cosas que siempre están en su stock, “nunca promocionamos algo que no tenemos”, dicen. Además, Laura cuida mucho la imagen en esa red social, nunca publica fotos que puedan chocar a algún lector o que no sea apropiada para que vea algún chico que se acerque a la pantalla. Los amigos que acepta son sólo adultos.
En el local también hay cabinas para ver películas condicionadas, para una sola persona, nunca para parejas. “Hay mucha gente que le gusta ver películas porno pero que en su casa no lo puede hacer y vienen acá”, acota.