Solas, con más de 40 y en San Juan

Sexo en primera ronda y otras yerbas

Se animan más que a otra edad. Se miran de otra manera. Las sanjuaninas de cuarenta y tantos no creen en perder el tiempo. Qué hacen y cómo viven las mujeres que, por distintas circunstancias, están solas en las cuatro décadas. Por Susana Roldán.
jueves, 01 de marzo de 2012 · 08:52

Por Susana Roldán

Ya sea por elección o por esas cosas de la vida, muchas mujeres sanjuaninas de 40 y más, están solas. Solteras, divorciadas, viudas, algunas quieren salir y otras se quieren quedar en una situación que para muchas es una opción y para otras, una decepción. Como sea, tener 40 y tantos y estar sola en San Juan es casi un estado civil, que en muchos casos se lleva como una pesada carga o un estigma, por causa de los mandatos de una sociedad que todavía sostiene el modelo de “mujer, madre y argentina” como única opción de vida. Entre las que se animaron a salir y amigarse con ese estado, hay dos tendencias en alza: la primera es aceptar que el sexo en la primera cita puede ser una buena opción y la segunda, que los caminos que llevan al encuentro con uno mismo pueden pasar por distintos lugares, desde la metafísica y el reiki hasta la psicogenealogía y las clases de salsa.

“Yo no me había dado cuenta hasta qué punto me sentía una mujer casada, hasta que tuve que cambiar el estado en el facebook. La famosa palabrita “divorciada” en lugar del “casada” que tenía hasta que me separé me pegó como una trompada, tuve la misma sensación que si estuviera poniendo “mutilada” o algo así. Esa sensación duró mucho tiempo, aunque no me animaba a contárselo ni a mis amigas”, dice Estela, docente universitaria con 47 años muy bien llevados. Se separó hace 2 años y aunque su modo de vida no cambió sustancialmente, confiesa que le costó acostumbrarse a algunas rutinas nuevas. “¿Salir? Al principio ni se me ocurrió. Estaba más preocupada en no olvidarme de pagar las boletas que antes pagaba mi ex para que no me suspendieran los servicios. En los dos primeros meses me cortaron la luz y el gas porque me olvidé de pagarlos. Cuando me organicé, recién ahí empecé a salir”, cuenta.

Las salidas con amigas -también solas, por supuesto- son la primera puerta que se abre. “Uno empieza a mirarse, a verse, en muchos casos por primera vez. Mi reacción fue enojarme con mi cuerpo, como si fuera de otra persona y no mío. Una cosa es salir de cacería a los 20, otra a los 30 y otra a los 40, cuando el cuerpo ya cambió. Al principio me dio por taparme, pero después me di cuenta que si es cierto eso de que lo que no se ve no se vende, entonces me iba a quedar sola siempre. Cuando entendí eso, me liberé”, cuenta Adriana, maestra jardinera y soltera.

Tanto Estela como Adriana coinciden en que después de los 40, algunos tiempos se acortan y algunos prólogos sobran. “A esta edad no salís con alguien que no te gusta. Y si te gusta ¿para qué vas a esperar? No tengo cargo de conciencia ni remordimientos por tener sexo en la primera salida porque trato de vivirlo como otro aspecto más del encuentro y del conocimiento del otro, sin moralinas que te atan”, dice Adriana.

Estela completa la idea. “De alguna manera, el hecho de decidirte a aceptar un encuentro íntimo en la primera salida te libera de otro tipo de ceremoniales, que a esta altura están de más. Si no fue satisfactorio, lo cortás por lo claro y se acabó. Nada de andar con medias tintas”, dice.

Lugares y no lugares

Que en San Juan no abundan los lugares donde las mujeres solas puedan conocer a otras personas es un dato cierto. “Hay un par de bares, y no todos los días, sino algunos días de la semana. Mongo Aurelio es uno y Bar 46 el otro. Ahí la onda es buena pero tenés que ir en grupo. Esa imagen que tenemos de las series norteamericanas de mujeres solas en la barra tomando algo acá no va. Sola en un bar es sinónimo de trola, lamentablemente. Si vas con un grupo, la cosa cambia”, cuenta Claudia, empleada administrativa de 50 años y separada. En sintonía con este parecer, Laura (44 años, secretaria y soltera) agrega que “conocí a otras chicas como yo a través de facebook y empezamos a juntarnos en los bares, previa concertación por mensajito de texto. Eso sí, al bar entramos juntas y siempre reservamos una mesa antes, para evitar andar dando vueltas sin tener donde sentarte”. El grupo de Laura es siempre uno de los más ruidosos en las noches de Mongo Aurelio. “Esto del grupo tiene sus pro y sus contras. Está bueno que no estás sola, pero también pasa que por ahí los hombres no se te acercan porque estás en medio de un montón de gente ruidosa, que hablan todos a la vez. Y no jodamos, chicas, al bar vamos a buscar con quien irnos. Eso de hacernos las superadas y que entre minas estamos bien no se lo cree nadie”, dice entre risas.

Para Sonia (47 años, docente de primaria, viuda) salir fue “todo un tema”. “No estaba acostumbrada a salir sola, mi marido fue mi primer novio y con él me casé muy joven. Siempre le pedía opinión para todo, hasta para la ropa que me iba a comprar. Salir era atreverme a decidir, desde qué me ponía hasta para qué salía. Me llevó dos años, pero cuando al fin lo hice, no me sentí tan rara como creí que me iba a sentir. Hoy voy a distintos lugares con distintas personas, porque a esta edad, no todas las amigas son para lo mismo. Las que están casadas te invitan a su casa o al cine, con las que están solas como vos podés ir de viaje o salir a tomar algo. Si me preguntás a cuál de las dos le cuento mis cosas íntimas, ¡a las solas, por supuesto! Con las casadas hay como una desconfianza, te miran como si fueras a quitarles el marido”, dice Sonia.

¿Sola = disponible?

Mostrarse sola, en una sociedad que todavía privilegia el rol de madre y esposa, es todo un desafío. También dentro de la propia familia, que ve a la soltería como la señal de algo que no se pudo completar. “Todavía me acuerdo –cuenta Ester, contadora y soltera, de 49 años- cuando una de mis sobrinas, de 6 años, me preguntó porqué no tenía novio. Con total desubicación le contesté que era una elección. Y ella, seguramente repitiendo algo que escuchó en su casa, me aseguró con inocencia: “¿Pero tía, entonces es porque los hombres no te eligieron?”. Ahí entendí que, a mis espaldas, en la familia también se hablaba de mi soltería.

Primero me jodió, después me dio risa, pero en todo caso me ayudó a salir del huevo. Me daba un poco de miedo porque yo veía a otras mujeres de mi edad, en mi trabajo, que muchas veces eran maltratadas y malinterpretadas por el hecho de estar solas. Hoy creo que si estás bien parada en tu lugar, nadie tiene porqué venir a basurearte”, asegura.

Patricia es médica, tiene 45 años y se divorció hace un año y medio. Recuerda que “al principio, decir que me había separado era como un exorcismo, fue una relación muy traumática. A medida que pasaban los días, como yo me sentía mejor, empecé a verme mejor: más arreglada, mejor vestida. En mi trabajo no tardaron en notarlo, sobre todo mis compañeros varones. Lo que más me molestó fue que algunos, casados o al menos en pareja, me empezaron a buscar como una “segunda opción”. Para muchos, sola es sinónimo de disponible. Por eso hay que ser inteligente más que nunca”, reflexiona.

Cuerpo y alma

Marisa, Lorena y Mónica, señoras de cuatro décadas y solas, se conocieron haciendo gimnasia. Marisa es la que abre el fuego, contando que “cuando me separé, empecé a ocuparme de mi cuerpo. Quería sentirme bien por dentro y por fuera. Entonces fui al gimnasio, pero como no me llenó, empecé a hacer yoga. Acá encontré gente con la misma frecuencia, que me dio mucha paz. Todavía no me animo a salir. Antes de buscar a otro, quiero terminar de encontrarme a mí misma”. Lorena y Mónica hicieron un camino parecido. “El reiki me ayudó a alinearme, porque la separación me desestabilizó por completo. Con Mónica hicimos un taller de psicogenealogía y vamos a charlas de metafísica, que nos ayudan a encontrar otro camino”, dice Lorena.
Estela también probó, pero con actividades más moviditas. “Yo, que toda la vida tuve dos pies izquierdos, empecé a bailar salsa. Además de divertirme y ayudarme a adelgazar, fue otra forma de conocer gente. Claro que en las clases las mujeres perdemos 10 a 1: por cada diez de nosotras, hay uno de ellos, y si te descuidás, está más interesado por los de su propio bando que por las mujeres”, cuenta con una carcajada.

Por lo que se ve, tener 40 y más y estar sola en San Juan es todo un tema. Excede lo generacional y traspasa lo social. Para algunas es una coyuntura, para otras una permanencia. Y para todas, absolutamente para todas, una posibilidad de descubrir quiénes son en realidad y hacia dónde quieren caminar.

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