tinta rosa

¿Qué tiene ella que no tenga yooo?

Transcurría el día con normalidad, es decir aburridito, con hombres hablando de sus cosas y yo con el mate y en mi mundo…así comienza la nueva columna de Gema Gamboa, leela.
lunes, 27 de febrero de 2012 · 09:42
Por Gema Gamboa
tintarosa1@gmail.com

Transcurría el día con normalidad, es decir aburridito, con hombres hablando de sus cosas y yo con el mate y en mi mundo… bueno trabajando. Alrededor de las 13 llega él, el señor Jefe y dijo: “muchachos (yo pintada al óleo, claro) la Reina del Carnaval está aquí a última hora del día. “!¿eh?! ¿Perdón? ¿De qué me perdí?”, pensaba yo, porque la reacción de estos (mis compañeros) fue escandalosa, con gestos y exclamaciones de tipo “¡noooo!” o “¡me muero!” o “¿de verdad?” o “uhhh, ¡yo me quedo!” Esta última expresión vino de Andrés, quien es conocido  aquí por ser un tipo de pocas palabras y que se caracteriza por quedarse hasta las 20:59 y a las 21:00 en punto ya está abriendo la puerta para irse.

Todo esto me puso en alerta y me llamó la atención, pues hasta aquí ustedes deben entender tan poco como entendía yo, pero cuando dijo él, el  señor Jefe, “chicos, Evangelina llega a las 21:00”, de repente todos como locos, como con ataques de histeria, con risas nerviosas, con caras que mutaban cada vez que se escuchaba “Evangelina”. Y yo mirando sin entender todavía nada.  Pensaba: “Evangelina Salazar debe estar muy vieja ya, como para que estos (mis compañeros) se pongan tan pavos…”.

Tímidamente pregunté: “¿Che, y quién es esta tal Evangelina?” Y en menos de medio segundo tenía a tres mermos buscando fotos por internet de dicha señorita. Bastó un abrir y cerrar de ojos como para que yo entendiera que no era Evangelina Salazar, no señor… ese “ir” (o sea parte trasera inferior o conocida también como posaderas) era imposible que perteneciera a la esposa de Palito Ortega. Mis queridos compañeros me presentaron  “de espalda” a Evangelina Carrozo. Y ahí empecé a entender las cosas como son.

Evangelina es realmente bella (de espalda todavía). Siguieron los comentarios, pueden imaginarlos ¿no? Sin embargo hubo uno que me taladró el cráneo: ¡Qué morochaaa! ¡Qué morochaaa! ¡Qué morochaaa!... Y dentro de mi cabeza (se acuerdan que les conté en mi historia anterior que había ido a la peluquería, bueno, ¡me hice mechas rubias!) sentí una voz que gritó: “¡La rep… madre que los reparió! manga de idiotas!!! Yo era morochaaa!!! ¿Qué quieren, arruinar mi vida? ¿Por qué? ¿Por qué ese comentario, eh? ¡¡¡Yo era morocha!!! Idiotas, babosos…”.

Ahhh (momento en el que hubiera revoleado tres docenas de platos contra la pared). Pero bueno, asumí que el resto que me quedaba  de tarde sería demoledora para mi ego. De repente escuché: “¡Ya está en la puerta!” (como dato,  estaban todos de punta en blanco, hasta hubo uno que llegó duchadito y perfumado y el estudio de grabación impecable, cosa que no pasa cuando la que graba soy yo).

Y finalmente llegó. A  ella no la vi de inmediato, lo que vi fue a un hombre bajito y gordito que dijo, como si llegara la Reina de España: “La pueden saludar, ¿eh?”.

 “¿Qué?” (pensé) “¿cómo?”, “¿perdón?” En ese momento miré alrededor, buscando complicidad, pero esta manga de pavos estaban levitando con cara de energúmenos y mirando hacia una sola dirección: por encima del pequeño hombre, miraban a Evangelina Carrozo. En ese mismo instante yo cobré la misma importancia que cualquier artículo mobiliario de la agencia. ¡Dios… tendría que haber sacado fotos para inmortalizar esas caras! Pero no podía: ¿a que no saben qué pasaba con la cámara? Sí, solo apuntaba a “ella”, “Evangelina”,”La Morocha”.

Pasó, pero muy poco, la euforia del primer impacto; todos, menos yo, parecían estar en una nube, borrachos y un poco drogados, le festejaban todo. Y cuando digo todo es tooodo: si movía el pelo, “¡hay que divina cómo mueve el pelo!”; si bailaba,“¡ay, qué impresionante cómo baila!”; y así con todo. Escuché que uno de ellos le dijo: “¡qué originales tus zapatos!”. Zapatos que parecían dos ladrillos atados a un pie y para colmo de color azul, uy, seeee, lindísimos. Claro, en vez de quedarse callado y no decir nada sabiendo que eran feos, le mandó “originales”… A ver si se avivan que son zapatos ¡de canjeee! ¡Ya  he visto tres famosas con los mismos!

Ella respondió: “Ah,  shoooo antes muerta que sencishaaaa” (recordé que yo dije lo mismo pocos días después de llegar a trabajar aquí y nadie entendió esa expresión. Es más: recuerdo que mi jefe me miró con cara de póker) ¿Y cuál fue la reacción de ellos, sobre todo la de mi jefe? De manera escandalosa sólo escuché carcajadas y a mi jefe diciendo: “Ah, me muero, sos genial… esa me la apunto, jaja, ¡buenísimo!”. Yo sólo traté de fulminarlo con la mirada, pero ni se enteró, estaba terminando de apuntar, seguro,  la súper frase  ¡Caradura!  Me asomé por uno de los pocos espacios que quedaba dentro del estudio de grabación, pues todos estaban dentro, risueños, llenándola de piropos por lo bien que hacía su trabajo.

Imaginé por un segundo a Evangelina en cámara lenta, en una playa, con el viento dándole de frente, su pelo moviéndose como seda, música romántica de fondo y aparecen estos sonriendo casi con la boca acalambrada y dije: “¡Nooo, es perfecto, nooo… Así que volví a imaginarla, recién levantada, despeinada, con mal aliento, sin maquillaje, hinchada y tirándose un pedo (me sonreí un poquito) pero aparecieron ellos en la escena y seguían con la misma cara de estúpidos como si olieran a lavanda o jazmín.

En fin… señores, voy a redondearles el tema. Ella se fue entre sonrisas y elogios como cuando llegó y del hombre bajito y gordito no supe más…

En cuanto se cerró la puerta y Evangelina Carrozo se fue, exploté y dejé claro a todos estos que una mujer tiene más para valorar que un par de muy grandes razones  y un tremendo  “ir” (parte trasera inferior o posaderas) como el de  ella.

¿Saben qué? Creo que les resultó divertida y hasta tierna mi reacción…y ¿qué hizo mi jefe? Salió  y volvió con un chocolate que después me regalo a mí. Ustedes pensarán “Ahhh, qué dulce…”, pero yo pensé “ahhh, cabrón, quién te lo habrá regalado, ¿me lo das para que engorde, no? ¡¿A ella no se lo diste, ¿eh?”.

Si saben de un buen peluquero y un buen cirujano, avísenme… y, ya que están, un dietólogo  porque el chocolate que me regaló mi jefe no fue lo único que comí: siguieron tres alfajores y medio kilo de helado que calmaron mi depresión…

¿Qué tiene ella que no tenga yo? Ni se les ocurra responder… ¿está claro?

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