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jueves 2 de abril de 2026

personajes: nadia sánchez rosales

El arte de crear violines vive en Zonda

Nadia Sánchez Rosales es una ‘luthier’ mexicana que hace tres años, invitada por su amor a un sanjuanino, se instaló en la provincia. Repara, restaura y construye violines bajo la atenta mirada de las Sierras Azules.
Por Redacción Tiempo de San Juan

 


Nadia abre la ventana de su cálido taller y se encuentra con la vida natural que le regala Zonda. Esta ‘luthier’ o laudera mexicana, como ella misma se define, se casó con un sanjuanino –Sergio, un empresario  que prefirió no dar su apellido- y, después de sopesar que era lo mejor para el futuro de sus hijas, dejó atrás el smog, la inseguridad y el vértigo del Distrito Federal azteca para instalarse en una reconfortante casa a escasos kilómetros de las Sierras Azules.
Tal permuta en su vida le permitió volcarse de lleno con una pasión que mamó desde la cuna: crear instrumentos de cuerda. Principalmente, construir violines. Aunque su primer contacto laboral en la provincia está vinculado a la reparación y restauración. Después de presentar en diferentes instituciones musicales su currículum, que entre otros ítems refleja un máster en  el Istituto Professionale Internazionale Per L´artigianato Liutario e Legno (Cremona-Italia), la mismísima escuela de Antonius Stradivarius, Nadia se convirtió en una referente a la hora de ‘sanar’ estos instrumentos.

Nace una estrella
Pero sin duda el momento de mayor goce creativo para la madre de Sofía y Francesca reside en su primer violín construido íntegramente en San Juan que está a punto de terminar. Aproximadamente son cuatro meses los que esta ex-asesora de Protocolo del Senado de México emplea para reparar un Amati, un Stradivarius o un Guarneri, pero cuando toca alternar su arte con las tareas maternales y del hogar el tiempo se dilata un poco más.
A modo de receta para los curiosos, Nadia comenta que un violín de su autoría esta hecho principalmente de pino abeto (tapa), arce (fondo y puente) y ébano (cordal, diapasón y clavijas). Todo esto se pega con una resina natural, generalmente compuesta por cartílago o hueso triturado de oso, pez o conejo mezclado con agua. El material de las cuerdas presenta un amplio abanico de posibilidades, que van desde envoltura en hilo de oro hasta la tripa de un animal. Aunque el secreto mejor guardado de una violín se encuentra en la composición del barniz, el vestido del instrumento. Tal es el misterio que despierta este elemento en el mundo de la laudería, que en su caso particular, ni siquiera su madre, también una afamada luthier de la que heredó su amor por este arte, conoce el toque distinto que le da al barniz. A lo largo de la historia, según comenta Nadia, hay gente que ha mezclado sangre o lágrimas para darle más originalidad a su pintura.

Precios
Sánchez Rosales, que a modo de orientación comentó que los precios de cada instrumento de estas características oscilan entre los 2000 y 3000 dólares, aseguró que “construir un violín es como tener un hijo. Cada violín es único. Las sensaciones y el temperamento que transmite cada madera son incomparables con las de otra. Es un placer que muchas veces no se puede expresar”.
En Argentina, incluida nuestra provincia, hay instrumentos de cuerda que son auténticas joyas, según afirmó Nadia. La inmigración europea del siglo pasado provocó el desembarco de violines, violonchelos, violas y contrabajos de una riqueza histórica y cultural incalculable en algunos casos. “Yo he visto en San Juan y en este país auténticas reliquias que muchas veces ni el mismo dueño es consciente. Instrumentos que no vi en mi vida en México”, añadió la laudera mexicana de las sierras zondinas.


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