El epicentro de los linyeras

El hotel de los sin techo

El único refugio para indigentes en San Juan Madre Teresa de Calcuta alberga aproximadamente quince personas por día. Allí conviven historias de todo tipo, hombres que hicieron de la calle su hábitat natural y que en el hogar encontraron amparo, atención y afecto.
martes, 31 de enero de 2012 · 08:37

Por Luz Ochoa
Tiempo de San Juan

Su mirada los desnuda. A unos, la desconfianza los dirige, a otros, la timidez los domina. La calle es donde permanecen durante el día y cuando el sol llega a su ocaso, el refugio los espera. Las situaciones de la vida los llevaron a quedar sin trabajo, sin casa y, en muchos casos, sin familias.

A pesar de que son varios, la cena es silenciosa. Cada uno mira su plato y sólo se dedican a comer el estofado que, antes de servirse, desde la calle se hace desear. Es posible que esa sea su única comida del día. Cabizbajos, parecieran concentrados en terminar. ¿Qué pasará por sus mentes? 

Tal vez callejeros por derecho propio, tal vez por obligación, buscan resguardo en el sitio puesto a su servicio. Madre Teresa de Calcuta es el único hogar para indigentes y donde convergen sólo hombres de edades avanzadas. Su supervisora es Estela Cejas, ella es quien vela para que todo se mantenga en el correcto orden.

Muchos fueron trabajadores, con esposa y con hijos. Sin embargo, sus acciones desencadenaron en el fin que hoy viven. La bebida, la droga, las malas compañías y las peleas descarrilaron sus vagones, llevándolos a tierras que jamás hubiesen querido tocar.  

La residencia con más de cinco años en ejercicio recibe alrededor de quince personas por día en verano, mientras que en épocas invernales, la cantidad incrementa a treinta y a más, todavía. Es por ello, que en algunas ocasiones se ve colapsado por numerosas visitas. Por este motivo, Cejas realizó un pedido al gobernador José Luis Gioja: "Una casa bien grande, con mucho verde para que ellos puedan tener su propia chacrita, para que trabajen la tierra. Ese es mi sueño”.

A las 20, usualmente, abren sus puertas y, de a poco, comienza el desfile de los sin techo. Con una mochila, un balde, un detergente y un secador -elementos de trabajo- asoma el primer huésped. Detrás, aparecen otros dos acogidos, desfachatados y con una franela en sus manos. Entran, saludan y pasan derechito para el baño. El aseo es el requisito fundamental para sentarse a la mesa para cenar.

Dependiente del Ministerio de Desarrollo Humano, el hotel para indigentes cuenta con veinte camas dispuestas en cuatro dormitorios. Además, tiene las instalaciones sanitarias necesarias para los cuantiosos visitantes.

Muchos de los linyeras, según cuenta la directora de Madre Teresa de Calcuta, van por la fuerza: “Hay gente que le gusta la calle, que la acuestan en las camas y se tira al piso a dormir porque está acostumbrada a eso. Apenas se despiertan, huyen como si fueran a ser aprisionados. Es muy difícil educar a personas grandes”.

Ya sumidos en la resignación, para unos, la superación es un sueño que ven lejano. Sus expectativas son de poco alcance. A pesar de que la característica pertenezca al común de la gente y no asombre con su encanto, sus fantasías se acercan al ser hombres de familia, con una casa y un trabajo digno. Deseos que rondan los campos de la ternura, pero que muchos se quedan en el camino sin lograr aquel cometido. 

No son de aquí, ni son de allá -citaría Facundo Cabral- para describirlos con sutileza. Su identidad se divide en el ayer que fueron y en el hoy que son y esa pelea constante para determinar cómo y por qué llegaron a la calle. Son parte del paisaje, están dentro de una sociedad que poco los incluye. No los ven, no los quieren ver, pero existen.

HISTORIAS

Miguel Silva “Don Miguel” (62)

En la entrada del refugio, apoyado contra el ventanal que da a la calle, fuma su cigarro y observa el pasar de las personas. Es uno de los huéspedes con más tiempo allí y su seria e intimidante presencia lo hacen notar.

El alcohol y las noches, que empezaron como un juego de la adolescencia, se transformaron en las causas principales para ser despedido de sus trabajos. “Era más borracho que una bodega”, manifiesta entre risas Don Miguel. Pero, inmediatamente explica: “Hace 11 años que no tomo. Lo dejé sin ayuda, me lo propuse y lo logré”.

Se confiesa devoto de la Difunta Correa. Es por ello que ya decidió bautizar con ese nombre a su taller metalúrgico, un sueño próximo a ser realidad si el papeleo de los microemprendimientos del Gobierno da sus frutos. “Hice la promesa de dejar de tomar porque tenía cirrosis y me curé. Ahora quiero una vida mejor”, concluye Silva.      

Pedro Aciar (56)

De aspecto fortachón, pero con la timidez de un pequeño, pide permiso y se sienta en la mesa para esperar la cena. Sus ojos, de un negro incesante, siempre tienden a mirar hacia el suelo. Tal vez la confrontación de miradas no es su juego favorito.

A pesar de tener cinco hijos y de relacionarse con ellos, hace dos años que visita el refugio todos los días. “Mi familia se fue con otro”, expone, sin revelar muchos detalles. La bebida fue su debilidad por mucho tiempo y el motivo por el que fue despedido de varios trabajos.

Hoy a sus 56 años, le es dificultoso encontrar una ocupación, es por eso que se intenta ganar la vida como puede. Su trabajo, dice, es ser cuidacoche de la plaza Aberastain. Confiesa que sus últimos cumpleaños los pasó solo, en la plaza: “Como nadie sabe, ni tengo adónde ir, me quedo tranquilo a cuidar autos. Creo que es triste, pero es así”.

Juan Qalma (52)

De Comodoro Rivadavia llegó por una mujer. Sin embargo, aquella relación no funcionó como lo esperaba y el tiempo que corría y el dinero que se agotaba acabaron dejando al chubutense en la calle. Una parálisis en el lado izquierdo de su cuerpo, además de su edad, fueron suficiente motivo para que el encontrar un trabajo digno sea una misión imposible.

“Tengo familia, pero nadie sabe que estoy acá”, revela el hombre de tez oscura y contextura física pequeña. Expone que no se arrepiente de haber viajado hasta acá por “algo que valía”. Además, manifiesta que San Juan le gusta mucho y que su deseo es tener un trabajo y quedarse.

A los 37 años, sufrió un ataque de nervios, lo que derivó en la parálisis. A partir de ese momento, su vida cambió por completo.

Después de una relación fallida, el chubutense no se resigna ni se niega al amor: “Aunque no haya funcionado con la chica que conocí, aún no pierdo la esperanza de encontrar una mujer que me quiera”.

Lucas Escudero (46)

Personajes pintorescos sí los hay, Escudero es el encargado del entretenimiento y las risas del lugar. Su aspecto y su comportamiento lo dejan al descubierto, está borracho. Con una sonrisa y con frases cómicas, el desfachatado huésped hace su propio show y todos participan con gusto. Luego del regaño de su mandamás, cual niño, se disculpa y se dirige al baño, tal como se lo exigió la directora del hogar.

Aunque el hombre, de tan sólo 46 años, tiene abierta las puertas de la casa de su padre, recurre desde hace cuatro años al refugio porque dice que allí está su familia. “A mí me gusta compartir, por eso vengo”, explica. Con cierta lucidez y sin problema, detalla la dirección de su casa, el teléfono y los nombres de sus padres, sin razón alguna.

Según cuenta Estela Cejas, Escudero sufrió mucho la pérdida de su madre. “Parece que ese fue un momento culminante en su vida, un quiebre que no supo manejar y la bebida le ganó por completo”, explica.