A 38 años del conflicto que marcó a los argentinos

Malvinas y sanjuaninos: dos impresionantes historias de contactos cercanos con ingleses

Imperdibles y crudos relatos de ex combatientes locales sobre cómo compartieron momentos con el adversario durante la guerra y cómo se dieron relaciones después de terminada.
jueves, 2 de abril de 2020 · 06:58

En los libros de historia se leerá que en la Guerra de Malvinas, en 74 días, murieron 649 argentinos, 255 ingleses y 3 isleños. Pero también es una verdad la reflexión del veterano sanjuanino José Ramírez; “lo más duro fue afrontar dos guerras, fuimos 12 mil efectivos y volvimos 12 mil guerras distintas. Cada uno volvió de manera diferente, lo que guarda en el corazón cada veterano solo uno lo sabe”.

Cuánta cosa terrible se vivió en esos remotos pedazos de tierra y mar por los que se enfrentaron cuerpo a cuerpo, misil a misil, avión a avión, barco a barco, las tropas argentinas frente a las inglesas en 1982. Muchos veteranos guardan recuerdos de encuentros cercanos con británicos entre bomba y bomba. Y más: algunos han tenido contacto de posguerra, por diferentes razones, pensando en que más allá de las banderas todos fueros soldados, que cumplían órdenes, mandatos patrióticos. ¿Se puede ser amigo del enemigo? ¿Pueden curarse las heridas?

Sí. Dentro de la guerra se vivieron historias mínimas, charlas, gestos, respetos mutuos que tuvieron argentinos con ingleses, personas que por momentos olvidaron que eran adversarias, que se mataban entre sí, para dialogar y hasta reírse juntos en medio de la comunión de la misma pesadilla. Y tras la guerra también: se dieron impensados acercamientos, reconocimientos y amistades entre soldados de allá y de acá, que se entendieron desde la humanidad y no desde la geopolítica.

Estas son dos de esas historias, contadas por ex combatientes de San Juan.   

El café, los pies descalzos y los libros

Andrés Gazzo es entrerriano pero sanjuanino por adopción y tiene alto perfil entre los veteranos de guerra, y su experiencia fue volcada en un libro que escribió. Participó en el conflicto en la Base Aérea Militar (BAM) Cóndor, con asiento en Pradera del Ganso, Darwin, Isla Soledad. Fue parte de la Red de Observadores de Aire (ROA) integrando el Centro de Filtraje y los puestos de Observación Aérea, que se ubicaban hasta a 17 kilómetros de distancia de la base.


El ahora capitán retirado tenía apenas 21 años cuando se convirtió en el oficial de toda la Fuerza Aérea argentina más joven en edad y grado enviado a combatir.

Sus recuerdos de contacto cercano con los ingleses lo llevan a los primeros días de junio de 1982, cuando cayó prisionero en Fitzroy junto a tres compañeros. “Nos traían una lata de esas de dulce de batata con orina, entonces se las tirábamos. Estuvimos un día y medio sin nada y por eso nos pareció raro cuando aparecieron dos carceleros y nos ofrecieron un cigarrillo y café. Sabíamos hablar inglés. Empezó un cañoneo que duró toda la noche, conté más de 83 cañonazos, y ellos, cuando cayó una bomba cerca del cobertizo donde estábamos se tiraron al suelo y se arrastraron con cascos y armas, mientras nosotros seguíamos parados, fumando, sin inmutarnos. En eso nos preguntaron qué hacíamos. Nosotros les dijimos que estábamos acostumbrados, que ya sabíamos por el silbido dónde iba a caer la bomba. Y les recordamos que minutos antes ellos hablaban de que eran el ejército más temible. Se entraron a matar de risa con nosotros”, narra Gazzo. Incluso, recuerda, los dos ingleses los pusieron a resguardo en otro lugar.

Luego, Gazzo se ofreció como voluntario de trabajos forzosos. Su tarea era cavar en la turba –esa tierra negra que domina en Las Islas-, había nevado y lo mantenían descalzo para que no escapara. En eso estaba cuando llegó un comandante inglés: “al verme así sobre la nieve haciendo trabajos forzados como prisionero, se acercó, me saludó militarmente, se arrodilló y pidiéndome disculpas me secó los pies con su toalla, me puso un par de medias y me dio sus galochas de goma para ponerme”, rememora. Mucho después, mirando la revista “Siete días”,  Gazzo supo que el ocasional benefactor no era otro que Jeremy Moore, comandante de las fuerzas terrestres británicas, jefe de jefes de los enemigos.   

El trato luego no fue tan bueno para el prisionero. Por ceer que había robado el calzado inglés que llevaba sufrió una paliza. Lo trasladaron en barco y “allí me reconoció uno que se había hecho pasar por isleño en el Darwin, yo que le mataba las ovejas que él soltaba para detectar las minas y había ordenado que a él le peguen un tiro. Me reconoció y me pegó una patada que fui derecho a la base del barco. Estaba tormentoso,y el oleaje adentro del barco era de un metro, con un frío tremendo”, cuenta sobre el cautiverio en alta mar que compartía en el mismo encierro con otro alférez y dos soldados compatriotas.

Tras el amargo viaje, lo dejaron alojado bajo una bomba argentina que no había explotado y estaba activa. Ya en otro barco, le tocó compartir camarote junto al célebre subteniente Juan José Gómez Centurión y el capitán Eduardo Corsiglia. En la puerta les dibujaron una calavera con la leyenda: “no eat, no drink”, situación que sobrellevaron gracias a un cura que les daba pan con queso que traía escondido bajo las axilas. Luego regresó al país, Cruz Roja mediante, pasando primero por Montevideo y desembarcando en La Plata. Eran los últimos días de guerra.

Cuando volvió a Buenos Aires le dieron una licencia de 30 días. Con los años se enamoró de una sanjuanina, tuvo hijos sanjuaninos y se mudó a San Juan. En el 2005 la guerra volvió a su vida, cuando supo que uno de esos carceleros, un inglés que se llamaba Ken Lukowiak, les había dedicado cuatro páginas en su libro "La Canción del Soldado", donde cuenta con algunas imprecisiones sobre aquellos momentos con los argentinos. A lo largo de 6 meses, Gazzo y el inglés tuvieron comunicación fluida por medio de Facebook.

“Al principio fue agradecerle el trato que nos había dado esas horas que estuvo como nuestro carcelero, le agradecimos un café y que nos llevara a resguardo en medio del cañoneo naval”, cuenta Gazzo. “Hasta que un determinado día se enteró de que fui un observador adelantado de la Fuerza Aérea Argentina y partícipe necesario y directo en detecciones tempranas que llevaron a posteriores derribos de aviones, hundimientos de barcos, lo que implicó la baja de algunos de sus amigos y otros ingleses. Ese día cortó el diálogo”, cuenta.

Y concluye: “El día que le tocó ser carcelero nuestro como prisioneros en Fitzroy, no sabía quiénes éramos en realidad y qué función estábamos cumpliendo desde la retaguardia enemiga. No obstante ello, respeto su decisión y sigo agradecido por el trato que él y su otro compañero nos brindaron como prisioneros de guerra. Ese momento de humanidad y distensión, luego de haber recibido, de otros, maltratos sólo vistos en películas de cine y que, uno piensa, yo pasé por eso”.

Los cadáveres y la medallita del león plateado

José Ramírez tenía 19 años cuando le tocó ir a pelear a Malvinas como conscripto. “Yo no combatí en primera línea, pero sí en primera línea el día después, y me tocó llevar a fosa común a 7 u 8 héroes nacionales con tractor pala en la zona. Uno le esquiva a recordar estas cosas”, dice al presentarse.

En la madrugada del 29 de mayo de 1982 recibió una orden de su superior: “Andá a juntar finados”. Era la zona de Darwin, y se alejó unos 2.000 metros de la base cuando vio los primeros cadáveres.  Había argentinos y también dos ingleses. “No era mi intención saquearlos, por curiosidad me acerqué y cargué uno en la carretilla de madera y lo llevé a mi posición. Entonces recibí una reprimenda de mi superior porque no era un muerto nuestro. Me dijo ‘sanjuanino, andá a buscar a mi personal, no me traigas más gringos´. Cuando llego a dejar el cadáver junto al otro, caigo preso de una patrulla inglesa". Nevaba.  

“Nunca recibí ni una cachetada. Me llevaron a unos galpones donde esquilan ovejas y estaban los demás prisioneros de guerra. Al tiempo, me vino a buscar un sargento y me llevó donde estaban haciendo su funeral de los caídos, como a 300 metros del acto. Hasta mí se acercaron un oficial británico y un miembro de la Cruz Roja que hizo de intérprete. El oficial me dio una medallita antigua. Me dijo que me la daba por lo bien que había tratado a su personal, que había estado viendo el cuerpo del soldado inglés y que esa medalla la portaba el muerto entre sus ropas”. El sanjuanino miró la medalla, plateada, con un león de un lado y el retrato del rey Jorge VI en el otro, entregada en la Segunda Guerra Mundial a las Fuerzas Armadas Británicas y aliados, que vaya a saber por qué ritual cargaba en su bolsillo el inglés caído.

“Vuelvo al galpón y cuando me vio entrar mi superior me dijo que lo había metido en problemas por cargar el cuerpo del inglés, y yo le dije que ni lo había nombrado. Volvimos por Madryn el 19 de junio y yo me escondí la medallita en el taco de la bota. Hacían dejar todo. Anotaban todo. Pero no me revisaron exhaustivamente”, recuerda Ramírez.

Al volver, el entonces joven Ramírez vivía encerrado en su San Juan natal. Su mamá le dejaba la comida en la puerta de la pieza. Hasta diciembre de 1982, que se pudo sentar a compartir la mesa con su familia en Navidad. “Pasó el tiempo y tuve la suerte de salir vivo y poder traer vivos a mis hijos. Hace cinco años yo pensaba que eso había quedado en el olvido, y me sorprendió encontrarme a esta medalla en la casa paterna”, relata. La había tenido en un cajón durante 33 años. Un día, desocupando la habitación por pedido de su hermana, encontró la presea entre desodorantes vacíos, naipes y zapatillas. Se la echó al bolsillo.

“Me decían que me la colgara para desfilar.  Pero yo no quiero nada de los ingleses, aunque los respeto como me respetaron ellos a mí”, reflexiona. La medalla está ahora en el Museo de Malvinas que maneja Presidencia de la Nación. El curioso objeto fue declarado patrimonio del Estado Nacional.  En ese predio ex ESMA, tras una vitrina, quedó el símbolo de la pequeña gran historia de este sanjuanino.

El ex soldado inglés Andy Damstag se mostró muy interesado por la historia de Ramírez. Fue el miembro de los royal marines que se había llevado el casco del entrerriano Héctor Pereyra y el año pasado lo devolvió en un acto sencillo, que tuvo alcance internacional por su emotividad. Damstag se comunicó con el sanjuanino por intermedio de una colaboradora de la causa Malvinas que es amiga de Ramírez. Desde hace años, el sanjuanino y el inglés tienen trato permanente y son amigos en Facebook. Tienen mucho que contarse, a pesar de no haber tenido contacto en las trincheras.

Damstag está ayudando a Ramírez a ubicar a los familiares del soldado inglés muerto a quien pertenecía la medallita, o al oficial que se la regaló. “Me gustaría volverlo a ver y hacerle la pregunta de quién era la medalla y, si hay familiares, entregarla nuevamente a ellos”, confiesa el sanjuanino.

Hoy, en sus días como encargado de un estacionamiento en Capital, José sigue malvinizando: “Yo creo que al segundo mandamiento de 'amarás a tu prójimo como a ti mismo'  lo cumplí en Malvinas. Yo a Damstag le agradezco siempre por los servicios que ofreció a mis camaradas. Después de lo vivido, el reconocimiento del enemigo vale para mí más que cualquier medalla”.   

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