Ni siquiera puede recriminarle sus palabras, porque lo hizo para tirarle una soga a él mismo, con las consecuencias lamentables de un típico caso de fuego amigo.
Un mudo y un conversador, el mismo problema
Eso es lo que sufre en silencio Juan Carlos Caballero Vidal respecto de su colega Adolfo Caballero, ambos envueltos en un escándalo creciente que nació como una ¿inocente? frase lanzada al pasar por un abogado en un juicio de lesa humanidad y derivó en el mayor cisma institucional que se recuerde en varias décadas.
La historia es archiconocida y para no soslayarla habría que redondearla explicando que un letrado acusó a Caballero Vidal de haber apoyado un bufoso sobre el escritorio cuando fueron en la dictadura a pedirle que instruya como juez un ilícito. Grave, pero solamente una acusación verbal sin más respaldo.
Salió a su rescate su amigo-colega Caballero pronunciando las palabras más asombrosas que se hayan escuchado en mucho tiempo: que el fiscal federal debería ser más cuidadoso en la acusación "porque se le puede dar vuelta” si no prueba sus acusaciones cuando lo imputó. Chocolate por la noticia, si la función de un fiscal es precisamente esa, acusar. Como para tomar conciencia del tamaño de la intimidación con el pedido de moderación a un funcionario encargado justamente de acusar.
De comprensión al alcance para cualquier estudiante de curso de ingreso de abogacía, ni qué hablar de nada menos que el presidente de la Corte. Que luego intentó minimizar el incendio pateando la pelota a la tribuna en un comunicado con el que trató de cambiar el rumbo de sus palabras.
Caballero Vidal, se ha escrito en estas páginas, es el cortista de mayor ascendiente juzgados abajo y consecuentemente el de mayor influencia. Lo es por un factor evidente, más allá de su eterno mutismo que hará imposible encontrar declaración pública suya en las últimas dos décadas, ni siquiera sobre caballos. Ocurre que Caballero Vidal fue el integrante del Consejo de la Magistratura durante los dos años en que se produjo el recambio más importante de los tribunales provinciales, hace 3 o 4 años, ocasionado por la estampida que produjo la moratoria jubilatoria para magistrados con la zanahoria de alcanzar el privilegio del 82%.
No hubo juez, fiscal, o camarista que no ha pasado entonces bajo su aprobación. Fue él quien negociaba cada nombre, quien levantaba o bajaba la barrera. Así, mudo en público como se ve, resultó el más activo tanto en las designaciones como en el manejo de los tiempos de las causas más complicadas. Por eso se le acostumbra a dispensar excesivo respeto, salpimentado con algo de temor.
Nadie intente conocerlo por intermedio de sus presentaciones públicas, porque no existen. Un verdadero operador de las oscuridades que no ha dejado registro de su paso por la Corte a lo largo de 20 años: ni conferencias públicas, ni entrevistas, ni siquiera a los fotógrafos les hizo las cosas fáciles junto a la mayor parte de colegas.
Mucho menos, por su obra: se trata del penalista de la Corte, el especialista en esa área del derecho, que a la vez se trata también del fuero que mayores escándalos ha acumulado por las deficiencias groseras de funcionamiento que ha demostrado, tanto en casos de alto impacto como en los más bajo perfil.
Caballero Vidal no habla en ninguno de los formatos de utilidad para los periodistas, es decir para la sociedad. No da declaraciones sobre el trámite de causas, algo lógico por motivos de no ser impugnado luego por prejuzgar. Pero tampoco habla sobre el estado general del servicio (que es un servicio público, en tanto debe rendir cuentas a la ciudadanía, parece el detalle habérseles pasado por alto), como lo hace habitualmente en pose ilustre su colega nacional Ricardo Lorenzetti cuando reúne a sus pares, a los magistrados, a funcionarios y representantes de la sociedad para hablarles de objetivos y visiones. Aunque resulte una visión sesgada muchas veces.
Tampoco lo hace en off de record, como metódicamente hace también Lorenzetti cuando convoca a periodistas para "conversar” y lo hace por agenda pública. Mucho menos desliza documentación útil para que resulte conocida por la opinión pública, como también ejercita el máximo supremo nacional. La nada misma, al amparo de vaya a saber qué percepción del servicio de justicia, o qué carácter personal.
Que nunca habló en público, que no es su estilo, que cómo lo vamos a convencer ahora. Esa es la línea argumental de sus allegados para explicar por qué misteriosa razón no ha roto el cascarón de su aislamiento a nivel social para confrontar con una versión testimonial que lo involucra.
No haberlo hecho, no hablar de cara al sol, se ha convertido claramente en un agravante de su situación, no sólo procesal sino sobre cómo lo percibe la sociedad. Si es que eso le interesa. En especial en una acusación como la que ha recibido, que se trata de una declaración de un testigo sin otro elemento probatorio, cuyos efectos pueden ser confrontados por otra declaración en el sentido inverso.
Lo han dicho sus colegas en la Corte, a nosotros nos dijo que es inocente. ¿Y por qué no se lo dice a la gente? ¿Realmente le importa lo que opine la gente sobre él y su conducta pública, como lo es su foja de servicio como juez? ¿Se entiende eso, que no es una acusación sobre su vida privada sino una sobre su perfomance pública? ¿Se distingue una cosa de la otra?
En algún sentido opuesto funcionó siempre su colega Adolfo Caballero, quien ahora se comió la curva al defender a Juan Carlos con un exceso de vehemencia. A Adolfo lo llaman el gaucho por sus incontables apariciones públicas, todas ellas con bombacha campera y sombrero pampa. Habla hasta por los codos, casi siempre de anécdotas transcurridas en el plano telúrico pero casi nunca de asuntos que involucran al tribunal que integra. Y mucho menos sobre casos puntuales.
En su verborragia social se agotan sus apariciones públicas. De allí a referirse a causas en trámite –se insiste, asunto delicado- o a hablar en off con periodistas sobre temas de interés del servicio de justicia como ha adoptado como deporte Lorenzetti y ejercitan con fenomenal destreza todos los habitantes de Comodoro Py, un campo de distancia. Por el contrario, se habla a raudales sobre asuntos que sólo interesan a los amantes de los caballos.
Esta vez asumió una defensa corporativa de su colega y la embarró del todo. Pronunció frases de un contenido intimidatorio pocas veces visto, en especial habiéndolas dirigido a otro fuero de la justicia como el federal. Le aconsejó que debe tener cuidado, que deberá probar sus palabras y que se le puede volver en contra. Excepto esto último, obviedades de la función de un fiscal, federal o no: que hay que tener cuidado y luego debe probar las acusaciones. Ahora bien, ¿cómo se le puede volver en contra una acusación, aún pongamos que la imputación es por hechos que luego no son probados?
Infinitamente extrañas las palabras del cortista, impropias de ser pronunciadas ni siquiera contra un testigo o un denunciante. Como luego intentó atenuar un comunicado de la Corte señalando que las palabras no estaban dirigidas al fiscal Maldonado sino al testigo Bayúgar: ¿Qué hubiera cambiado eso en el caso en que fuera así? A un denunciante tampoco se lo trata de esa manera. Aunque el audio de las palabras publicado por Diario de Cuyo dejó en claro que se trató una maniobra para desviar los efectos porque Caballero se estaba refiriendo claramente al fiscal federal.
Ambos, Caballero y Caballero Vidal, introdujeron a la Corte en un entuerto mayúsculo, del que será complicado salir conservando el prestigio, si es que eso interesa. Con una onda expansiva que llegó a escenarios nacionales y a la Cámara de Diputados: en sus manos estará el delicado asunto de dar envión o no, tema espinoso porque el contenido intimidatorio es evidente y dificulta el trabajo a quien pretenda sacar la pelota de la cancha.
Se abre un terreno jurídico, en el que el juez acusado presentó un escrito argumentando que juez y fiscal ya se pronunciaron en el expediente Cevinelli, de donde derivó la denuncia de Bayúgar. Una denuncia, convengamos, extraña hasta lo que se conoce: si el propio Bayúgar le dijo a Tiempo de San Juan que ya había dicho lo mismo varias veces en audiencias como esa. ¿Esta vez lo quisieron escuchar y antes no?
Caballero Vidal recusó al juez Rago Gallo y al fiscal Maldonado por esa razón. Y explicó que no se escudará en fueros, que de cualquier manera no tiene. Es decir, una fallida concesión. Aún si tuviera razón y resultara inocente –hasta acá posible porque el testimonio de Bayúgar deberá ser respaldado por otras medidas de prueba-, ¿no hubiera sido más efectivo que intentara defenderse también en público, tratándose como se trata de un funcionario público como él?
Excepto que la opinión pública no le interese nada, claro. Pero tanto silencio suyo –y tanta verborragia de su colega- ya comenzó a generar incomodidad entre los propios pares de la Corte, quienes le han implorado sin suerte que hable como cualquier hijo de vecino.
Salga el sol por donde salga, sobreviene un período de desgaste. Audiencias, escritos que van y que vienen, informaciones cruzadas, varias capas institucionales interviniendo. Nuevas denuncias, como la del abogado de Alberto Carvajal, un detenido en la dictadura que apareció ahorcado en su celda y cuya autopsia fue ordenada por el propio Caballero Vidal como juez.
Y una pregunta que ya comienza a sobrevolar: ¿forzará este escándalo las renuncias de dos cortistas que ya tienen la jubilación otorgada y parecen estar hechos en el plano personal?
Nadie lo cree, más bien todo lo contrario.