análisis

La transición dolorosa, el capítulo de San Juan

Sin los bombos del escándalo CFK-Macri, la provincia vivió en los departamentos cuatro episodios al tono. Escribanos al medio, nombramientos de última hora y castigo al ciudadano, el menú de una moda peligrosa. Por Sebastián Saharrea
sábado, 12 de diciembre de 2015 · 10:30

Debería haber sido otra cosa, qué duda cabe. Pero no, pudo más la cicatriz de un tiempo político violento y cruel para que el principal traspaso de atributos del país, el de presidente, quedara envuelto por una estela bochornosa. Y hubo más aguas abajo, claramente menos visibles y resonantes, igualmente impropias de un paso democrático que debiera ser natural: unos llegan, otros se van.

Se dieron en el tablero departamental, también generoso en diseños políticos diferentes como lo es el tapiz de las provincias para la Nación. Donde conviven ejemplares procesos políticos y transiciones ordenadas que no son noticias porque esa es su obligación. Resuenan sí los pasos en falso, producto de un amplio menú de acciones despreciables: están los que dejaron la posta, volvieron y se encontraron con tierra arrasada, están los que tendrán sorpresa los primeros días de asunción por papeles que seguramente faltarán, están los que antes de irse decidieron dejar acomodada a su tropa a como diera lugar, o están los que no pudieron contener la furia por lo que consideraron un desprecio por los votos.

Están todos ellos por aquí nomás, en transiciones departamentales dolorosas y con alcances difíciles de poner en números. Y están también los que, como a nivel nacional entre la presidenta saliente y el presidente entrante, discuten poder hasta en la manera en que se coloca un jarrón decorativo. Además, claro, de la cuestión de fondo subyacente que no será un asunto menor: cuál es el punto de partida de las nuevas gestiones, equivalente a decir en qué condiciones dejan el poder los que se van, dato útil para evaluar cuánto hilo en el carretel tendrán los que llegan para echar culpas de hipotéticos naufragios a la herencia recibida.

Cristian Andino y Pablo Santibáñez son colegas y fueron mucho tiempo amigos. Contadores ambos, el primero lo convocó para que se hiciera cargo de un área sensible del municipio de San Martín que había conquistado en las urnas hace hoy 2 años. Eran jóvenes y trataban de abrirse camino. Llegaron al municipio y tuvieron 8 años de convivencia de extrema confianza, uno como intendente y líder político y el otro como administrador de las cuentas.

La cosa se estropeó cuando Andino debió dejar el mando por transitar los dos mandatos que permite la constitución. Fue hace 4 años, y aquella necesidad le produjo una herida que aún hoy no cicatrizó, al punto que la transición de esos días en San Martín es capaz de empardar la naturaleza escandalosa de la transición nacional, lógicamente en menor escala.

Aquella vez de 2011, Andino se decidió por su amigo Santibáñez para pasarle la posta y apenas unos meses después, sin siquiera haber definido ni por asomo la posibilidad de volver alguna vez, como terminó ocurriendo este año, se encontró que las cosas habían cambiado. El nuevo intendente no demoró en distanciarse, en torcer voluntades internas a fuerza de la prepotencia del cargo, cosechando lealtades pasajeras.

Así se estropeó no sólo el vínculo personal sino la línea política fundacional de Andino. Que atravesó varios años en el desierto de su departamento, pero que ahora volvió incluso enfrentando y derrotando (en realidad, aplastando) al propio Santibáñez.

La cosa no estaba bien, lógico con semejante historia. Pero entre la gama de posibilidades que entregaba esta relación tensa, el destino parece haber seleccionado la peor. Porque durante todo el tiempo que duró la convivencia de un intendente saliente y uno electo, entre el  25 de octubre y el 10 de diciembre, nunca Santibáñez se hizo un minuto para hablar cara a cara con su sucesor. Es decir, peor que CFK y Macri.

Luego ocurrió un episodio de alcances aún desconocidos y claramente sin antecedentes. Un secretario denunció que fue forzada la cerradura de una oficina llena de papeles. Que no son ningunos papelitos insignificantes: debería haber habido allí constancias de pago, contratos, movimiento de fondos. Nadie pudo denunciar nada porque las autoridades electas no tuvieron ni siquiera la chance de ingresar a las oficinas que serán sus despachos por designio del voto de la ciudadanía. Ni siquiera el traspaso se hizo en persona: fue algo así como dejarle las llaves en la maceta, y ni siquiera una notita manuscrita sobre alguna gotera que haya que arreglar. Nada, nada que me diga si vives aún, como dice el tango.

Para Andino quedará la obligación de retroceder dos casilleros, como en el juego de la oca, para tomar envión y distraer los primeros días de su gestión poniendo parches a la tierra arrasada que le dejó su ex amigo y antecesor.

Fabián Martín y Ana María López de Herrera se conocen también de muchos años, los que llevan compitiendo por el municipio de Rivadavia. La primera vez, 4 años atrás, fue ella la que asomó como mandataria ante el resultado electoral, el abogado se tomó desquite esta vez y le quitó el mando comunal. Todo bien hasta allí, incluso con algún cruce gratuito con el resultado cantado, que estuvo claramente de más porque la suerte de ambos ya había sido echada.

Pero los roces de la campaña, las denuncias cruzadas y el tono bien arriba pasaron factura en otra transición desafortunada, sólo por usar un término políticamente correcto. Una vez ganador, el nuevo intendente sí pudo entrar al municipio, cosa que no consiguió su colega Andino. Pero su primera medida no fue muy amistosa, aunque a tono con la necesidad de controlar la gestión pareció necesario: ordenar una auditoría para conocer la real situación de la administración municipal de la que se hará cargo.

Invitó a la intendenta saliente a participar de la medida con un veedor propio, justamente abriendo el paraguas de lo que será el paso siguiente: la discusión por la herencia, que surgirá de lo asentado en esos movimientos auditados. Pero siguió adelante con la medida que seguramente le ocupará las primeras horas de su gestión.

Lo que lo desvela, dice Fabián, es la herencia en trabajadores municipales, tanto los de planta como los contratados. Dice el mandatario entrante que eran 300 al inicio de la gestión y serán 800 al finalizar. Y que la respuesta de la intendenta fue que "Rivadavia ha crecido”, de allí el aumento de la planta.

Peor aún, la acusa solapadamente de haber apurado las designaciones ya con el resultado electoral puesto, acusación que Ana María aún no salió a responder pero que seguramente lo hará. Para el caso, los vecinos de Rivadavia deberán saber de qué irán los primeros días de gestión del jefe comunal que ellos mismos decidieron poner en el sillón: de revisión de datos, movimientos de empleados y, por qué no, tono elevado y achique en esas áreas que asegura le hicieron entrar por la ventana. No vienen tiempos especialmente calmos allí.

Párrafo aparte para el parque de la Quebrada de Zonda, un lugar que la intendenta se encargó de mejorar claramente con espacios verdes y asadores no sólo para los rivadavienses sino también para todo sanjuanino en busca de un oasis en feriados y días de calor. Pero desde el resultado electoral, parece ser que nunca más cortaron el pasto.

Otro lío de transición se vivió en Caucete, donde el intendente saliente Juan Elizondo debió salir del municipio escoltado por la Gendarmería el viernes pasado, ante el revuelo de gente que se armó en la puerta. Dicen que el disparador fue algún malentendido en la entrega de viviendas, gente que fue a quejarse por algún olvido de última hora.

Lo de Zonda fue grosero porque supuso un castigo al ciudadano de parte de un funcionario enojado porque no lo votaron. Hubo sorpresa porque nadie esperaba semejante cachetazo al jefe comunal que había atravesado ajustado lo que se consideraba su principal obstáculo, la interna contra Villalobo. Atámpiz nunca fue para él una amenaza, sólo que se terminó creciendo y derrotándolo sin atenuantes.

Difícil de explicar desde la ciencia política, pero real. A la semana siguiente, el Centro Integrado Comunitario (CIC) donde los vecinos acuden no sólo a hacer trámites sino a recibir atención médica antes de salir desesperados al Marcial Quiroga, apareció cerrado. Y los vecinos tuvieron su escarmiento con la falta de médico en el pueblo, cómo es eso de votar a la contra.

Fue así por varios días, y hasta apareció una nota colocada en el reabierto centro (pero sin médico), indicando que los profesionales no acordaron con el intendente entrante (Atámpiz) y por lo tanto no hay médicos. Verdaderamente inaceptable y bochornoso, algo así como que se cerraran los hospitales nacionales porque perdió Scioli. De una gravedad sólo digerible por el hecho de que ocurrió sin que nadie se diera cuenta, a favor de la tranquilidad de los vecinos que entenderán que son cosas que hay que aguantar con la cabeza gacha, como todo latigazo.

Quedan las preguntas lógicas sin responder, por caso que entre el 25 de octubre y el 10 de diciembre los responsables de la salud en la sala son quienes están ese día, así de simple. Sin sacar cuentas, como en el bochorno nacional, hasta qué hora de que día dura el mandato, ni medidas cautelares. Con un poco de sentido común alcanza, si no es mucho pedir.

 

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