opinión

Declaración de guerra con el fútbol como excusa

Lo único que falta es que Mendoza prohíba el ingreso de productos de San Juan, como alguna vez sugirió la CGT. El mal clima crece por el fútbol, pero las razones son otras. Por Sebastián Saharrea
sábado, 05 de mayo de 2012 · 09:15
Lo mal que andará el fútbol argentino, que le anda haciendo falta inventar clásicos. Uno de ellos es este San Martín-Godoy Cruz, llamado clásico por la casual coincidencia de ambos en primera, uno sanjuanino y otro mendocino. Pero que podría haber sido cualquier otro cruce de la rivalidad provincial y no éste que lleva apenas 25 partidos oficiales y al que la voracidad nacional por encontrar enfrentamientos apasionantes ha llamado clásico.
En realidad, el clásico es San Juan-Mendoza. Cualquiera de este lado contra cualquiera del otro, es un clásico. Tanto en el fútbol como en las artes, la política, la obra pública o la destreza en el trenzado del cuero. Con una relación de fuerzas despareja: uno históricamente dominante e interesado en conservar esa ventaja, y otro históricamente dominado e interesado en descontar esa diferencia. Cualquier movimiento que altere esa relación será motivo de conflicto, y en los últimos años hubo infinitos episodios en ese sentido, que mostraron cómo el más chiquito fue haciendo sombra cada vez más gruesa al más grandote. Hasta llegar a ahora, en un peligroso estado de guerra no declarada en el que sólo falta que la potencia considerada agredida por el crecimiento del vecino despliegue sus cañones.
Lo del fútbol fue la crónica de la violencia anuncia. Hace rato que vienen sonando las luces de alarma en los cruces cuyanos por el fútbol, aún en el Godoy Cruz-San Martín. Unión, Alianza, Trinidad, Del Bono, San Martín de Mendoza, Guaymallén, Maipú, Desamparados, Independiente Rivadavia, se han cansado de protagonizar episodios de palazos en todas sus modalidades. Los hubo con la policía repartiendo a mansalva, la mendocina y la sanjuanina. Los hubo sin necesidad de protagónico para la fuerza policial y con los hinchas cara a cara para ajustar cuentas. Los hubo con emboscadas y persecuciones.  Los hubo en operativos policiales a ambos lados del límite provincial, en San Carlos o en Jocolí. Los hubo en el Gran Mendoza y en el Gran San Juan. Los hubo de todos los colores.
Pero ahora resulta que el episodio de Concepción sorprendió a todos. Más aún, después de la demolición al que fueron sometidos los sanjuaninos que viajaron aquel miércoles 26 de octubre del año pasado a Mendoza al primer partido en Primera contra el rival mendocino. Ese día, los amasijaron a la entrada y a la salida, y de postre les destrozaron los autos en la puerta del Parque, que hay que pasar para llegar al Malvinas, mientras la policía mendocina frenaba a los sanjuaninos en retirada para que los hinchas bodegueros hicieran cómodamente su trabajo. A diferencia de esta vez en San Juan, aquella vez en Mendoza los golpes llegaron por los barras tutelados por la fuerza de seguridad, y no por la policía.
Nada justifica la violencia, ni las represalias. Pero a las películas hay que contarlas completas para comprender la impostura de todas las caras de sorpresa del sábado a la tarde, cuando la policía sanjuanina y los hinchas mendocinos protagonizaron un nuevo capítulo -el más mediático- de este choque.
Pero ahora resulta que en Mendoza se vistieron de Heidi. Que nadie sabía de los palazos repartidos en los estadios mendocinos, soportados sin escándalos mediáticos ni montajes políticos. Que no hubo infinitas señales que marcaron el alerta, a uno y otro lado de la frontera, como para ponerle freno a la locura. Y que lo mejor ahora es operar la manera de sacarle mejor tajada política al asunto: el gobernador Paco Pérez recibió a joven agredido en el ojo y allí mismo sugirió que los hinchas sanjuaninos quedarían “prohibidos” en las canchas de Mendoza, como los hooligans profesionales que llegan a contagiar al rebaño de espectadores de la Lepra, el Tomba o Guaymayén.
Una jugada para la popu de Paco Pérez destinada a calmar la sed mendocina de disciplinar a los sanjuaninos díscolos. Y que Paco tuvo que responder con sobreactuaciones surtidas, como esa foto o la sugerencia del status de tensión política titulada por un diario mendocino para rotular a un off de record de un funcionario menor que se disponía a pedir informes a San Juan.
Pero no hizo falta que lo disponga Paco a eso de frenar a los hinchas sanjuaninos. Al día siguiente de los episodios de Concepción, la hinchada de Desamparados se vio impedida de apoyar a su equipo en el trascendental duelo por evitar el descenso contra la Lepra –otro “clásico”- que perdió 1 a 0. No son santos, pero esta vez tuvieron que pagar las consecuencias por los destrozos de los mendocinos en San Juan, en la primera vuelta, cuando destrozaron el Bicentenario y en la retirada se enfrentaron a la policía.
Fue derrota sanjuanina pero no hubo violencia que lamentar en Mendoza por el resultado, sencillamente porque no había nadie a quien desalojar. Y justamente el desalojo fue la chispa que desató la batahola en San Juan, cuando los hinchas del Tomba demoraron su salida, y con ella la del resto del estadio. En los días previos, la dirigencia del Tomba había intentado sacar al Verdinegro de su estadio con el argumento de la seguridad, claramente dudoso teniendo en cuenta el antecedente de la Lepra.
San Martín se negó, ganó el partido y llegó lo que llegó. Un cóctel de condimentos explosivos que dejaron a ambas provincias vecinas a un paso de la ruptura: represión policial en San Juan, destrozos graves de los mendocinos y un rosario de inexactitudes informativas siempre del lado del engorde como los 150 heridos que nunca se conocieron, los dos muertos hipotéticos twiteados por algún hincha y levantados por los portales, o la información de un hospital de campaña en Jocolí dispuesto por el gobierno mendocino con ambulancias y helicópteros para atender a los heridos que no atendían en San Juan. Postales de Serbia-Bosnia en pleno Cuyo.
En realidad, lo que hizo el futbol en realidad es poner en escena un estofado que se cuece bastante lejos de las canchas y que es la alteración de aquel clásico esquema regional con Mendoza claramente dominante. Desde que comenzó la oleada sanjuanina de ir limando las diferencias en el plano especialmente político y económico, cualquier paso en esa dirección fue considerado en Mendoza como motivo para alguna ofensiva. Que la promoción, que la Fiesta del Sol, que Agua Negra con el Trasandino, que los vinos.
Queda claro que las dimensiones del vecino le ofrecen un rol protagónico sin discusión, lo que no lo está es que eso no debe impedir desplegarse a San Juan. Pero a Paco -como a Jaque o a Cobos- lo corren con la vaina sus mismos ciudadanos, que le reclaman sangre ante el sanjuanino invasor: lo tildan de blando o de miedoso en defender esa diferencia de status que no debería estar en discusión, pero que los mendocinos consideran amenazada ante el crecimiento de San Juan.
 Entonces pasa lo que pasó ahora: la oposición, al tanto de ese razonamiento de la gente en Mendoza, le pegó duro a Paco tratando de sacar tajada política: “me sorprende lo blando que reaccionó”, le dispararon desde el radicalismo. Y Paco no tiene otra que sobreactuar: recibir a los agredidos, decir que pedirá informes o acompañar a Godoy Cruz a la AFA a pedir una sanción ejemplificadora contra los salvajes de San Juan.
Llegamos así a este virtual estado de embajadores retirados y el peligro latente de nuevos episodios de violencia cada vez más graves. ¿Cuánto falta para que alguien plantee seriamente lo que alguna vez surgió de la CGT mendocina para defender a su provincia por la pulseada de la promoción industrial, frenar el consumo de productos sanjuaninos? ¿Y para que de este lado se deje de comprar a proveedores mendocinos, especialmente en el área minera que desprecian?
 Lo que pasa en la política termina resonando en las canchas. El clima de revancha alentada desde los escritorios es  un espiral que nunca termina. Desde esos lugares hay que poner freno a la escalada.
Y para los sanjuaninos, en lo deportivo, habrá evitar los ascensos para evitar reacciones de los vecinos.

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