El dolor de la viuda, 24 años después

“Estos hijos de puta me destrozaron la vida”

Isabel Gómez recuerda que nunca olvidó a su marido: “Los primeros días fueron tremendo. Le guardábamos su lugar en la mesa. Y todos los días a las dos y cuarto de la tarde yo escuchaba los mismos ruidos que él hacía cuando llegaba en la camioneta y caminaba hasta la puerta de entrada. Dejaba a los niños comiendo y me encerraba a llorar”.
sábado, 21 de enero de 2012 · 11:21
Isabel Gómez recuerda que nunca olvidó a su marido: “Los primeros días fueron tremendo. Le guardábamos su lugar en la mesa. Y todos los días a las dos y cuarto de la tarde yo escuchaba los mismos ruidos que él hacía cuando llegaba en la camioneta y caminaba hasta la puerta de entrada. Dejaba a los niños comiendo y me encerraba a llorar”.
Ella nunca volvió a tener una pareja. Con su oficio de maestra de grado crió a los tres hijos que había tenido con Soria. Ahora ya tiene cinco nietas. Incluso, debió reponerse a un incendio que le arrasó la casa que había adquirido con el oficial de Policía. Esta es la historia de la viuda del policía asesinado, una mujer tenaz que le mutilaron la vida y lo llevó con entereza.
“Estos hijos de p... me destrozaron la vida. Me quitaron a mi marido, al padre de mis hijos y al abuelo de mis nietas. No me dejaron disfrutar de la vida”, dice. Y, a pesar de que no olvida la cicatriz que le dejó la “Banda del Alvarito”, Isabel se enfrentó a la vida sin resentimiento. Incluso, esa es una meta diaria: “Como pude la luche, pero no todo fue color de rosas en mi vida. Igual, yo tengo a mis hijos, a mis nietas y nunca les inculque el sentimiento de la bronca ni del resentimiento”.
Desde los primeros días de enero Isabel vive una nueva etapa: se jubiló como maestra, cargo que ocupó toda su vida en la escuela Policía Federal. Ahora tiene más tiempo para disfrutar a sus cinco nietas: tres de su hijo mayor, José (37) –quien trabaja en Zucamor, una fábrica de cartón ubicada frente a Industrias Chirino, donde mataron a su padre-, y dos de su hija Gisela (33), quien es contadora. Aún vive con ella en su casa del Barrio Independencia, en Chimbas, su tercer hijo, Gustavo (34).
“A pesar de que nunca apareció el cuerpo, yo siempre supe que mi marido está muerto. Dios me lo hizo saber en esos días de desesperación que lo buscaban de todas las formas posibles en el río San Juan”, cuenta Isabel, quien recuerda con precisión cada minuto de la terrible tragedia y de ese preciso momento en que el actual secretario de Seguridad, Miguel González, quien por esos días de enero del ´88 era compañero del oficial Soria, fue el que le informó que una banda de delincuentes habían confesado en San Luis que habían asesinado a su marido.
En un principio, Isabel sacó adelante a su familia haciendo un trabajo administrativo en la Policía y como docente suplente en la escuela Policía Federal, ubicada en Chimbas. Luego la titularizaron en ese cargo y dejó el trabajo en la Policía.
En su casa hay un cenicero de madera con el nombre del oficial inspector José Soria. Y dos fotos familiares en el living que lo recuerdan en familia.
“No tengo muchas fotos de él por dos motivos: primero, porque a él le encantaba sacar muchas fotos y por eso nunca salía. Y, segundo, porque esta casa se me quemó entera por un cortocircuito en un dormitorio y perdí todo, desde los muebles hasta las fotos. Tuve que empezar de nuevo”.
Esa casa de la calle Neuquén en el Barrio Independencia la habían comprado con Soria en sus primeros años de casados. Al igual que con la F-100 por el que lo mataron, habían pedido un préstamo para adquirir ambas cosas.
Isabel siguió adelante con los sueños que compartía con Soria, ese riojano oriundo de Mananzán, donde habían contraído matrimonio. Y, si bien nunca tuvo el cuerpo de su marido para darle sepultura, ella le hizo un lugar en una placa en el mismo nicho en el que tiene a su padre en el cementerio de Rawson. “La policía hizo todo lo que en ese momento pudo para encontrarlo. Yo tengo el expediente en mi casa y no tengo dudas de que actuaron lo mejor que pudieron”, dice.

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