DIARIO DE CUARENTENA

Mendoza confederada, apuntes de una secesión

Cambio en el pedestal de los próceres de la nueva nación: sale San Martín, entra Cornejo. Se definen las nuevas normas migratorias para los vecinos. Por Sebastián Saharrea
sábado, 4 de julio de 2020 · 10:22

Hasta selección nacional armaron. Y no una cualquiera, parece que el equipo mendocino podría competir mano a mano con los más pintados, de acuerdo con la distribución en cancha de sus primeras figuras: están el Pity Martínez, Enzo Pérez, los mellizos Funes Mori o el arquero Esteban Andrada.

Todos con algún paso por la celeste y blanca, deberían pedir una dispensa especial a la FIFA para representar a su nueva nación, como lo hicieron aquellos que jugaron con la Yugoeslavia y ahora se golpean el pecho por la de Serbia o la de Croacia.

Lo que no se les podrá cuestionar es la calidad, muchas figuras indiscutibles, como los talentos mendocinos que brillan en cualquier disciplina, deportiva o no. En el caso de la redonda, podría alcanzarles para salir a la cancha con chances ante el más pintado, incluida la selección nacional de Rosario, si es que la Chicago criolla decide seguir los pasos independentistas y se lleva para su equipo a un petisito que dicen que la rompe y juega en el Barca.

Justo con los catalanes, máxima expresión del separatismo a nivel global junto a los vascos y los británicos de Escocia, que cada dos por tres encienden una mecha, que luego enciende un fuego y así hasta llegar a consultas electorales, expresiones populares, algún que otro atentado para llamar la atención. Y que también llegaron a ilusionarse con el equipo de futbol que podrían contar, jugando de prestado en la Liga española y terciando en los mundiales.

No nacen de un repollo estas ideas de cortarse sólo, tampoco son un chiste. Nacen con un largo hilo en el carretel y dejan una mecha que alguien se encarga de encender algún día: lo hizo justo ahora el ex gobernador Alfredo Cornejo, con una reflexión en voz alta que no fue un descuido ni una improvisación.

Pronunció todas las letras Cornejo del manifiesto independentista, las mismas teclas que pulsan los fogoneros de estas separaciones: las de la economía. Con un disparador ocasional con el dique Portezuelo del Viento, una obra sobre el río Atuel que involucra a otras provincias por el curso de agua y que el gobierno de Alberto Fernández prefirió dilatar por esos motivos.

Y que encendió el nacionalismo menduco a niveles hasta ahora inéditos. Ambiguo, el funcionariado que por ahora reporta a la Argentina (Cornejo no sólo es diputado nacional sino que también preside el partido con mayor historia del país, la UCR) y coquetea con el cambio de bando. Como una broma simpática, sólo algunos pocos.

“Nos están obligando a separarnos de la Nación”. Sentencia contundente, salpimentada por otras reflexiones del tipo “Mendoza puede financiarse con sus propios recursos”, la larga letanía de una supuesta desproporción económica en su contra, en favor de los desposeídos de la Nación. A la cual, restó agregar, Mendoza y el resto de las zonas ricas del país sostienen.

Cruzada contra las provincias planeras, el combustible de cualquier intento secesionista en todos los tiempos. Desde el estallido de la guerra civil en EEUU en el siglo XIX hasta los lamentos de vascos y catalanes que se consideran el motor económico de España y no dan un paso sin proclamar su derecho a la autodeterminación.

Una vez disipado el asombro por el nivel de escalada, las huestes de Cornejo podrán elegir la vía preferida para instrumentar su destino forzado de “separarse de la Nación”, entre las convencionales y violentas de otros tiempos hasta las más educadas de este siglo con consultas de referéndum.

La modalidad de aquella Confederación de los estados sureños de los EEUU alzada contra la Unión en 1862 fue sangrienta, pero argumentaba los mismos motivos económicos: una medida federal, como la abolición de la esclavitud, afectaba sin remedio a la línea de flotación de la economía sureña, basada en la explotación racial en los campos de cosecha.

Hubo de rebelarse entonces por las armas de la mano del estratega general Robert Lee, cuya estatua en Richmond -la capital del estado Virginia y ex capital sublevada- aún sigue generando controversias a 160 años de distancia: los motivos de aquella confrontación aún se mantienen latentes y reaparecen en casos como, ahora, las revueltas raciales. Y la bandera roja y azul confederada suele hacerse flamear como reclamo frecuente a Washington.

Fogonear diferencias económicas, el viejo cuentito que intenta ahora Cornejo con el gobierno federal, y con un apunte político digno de no ser soslayado. Si existen hoy motivos para declarar la independencia mendocina ante una supuesta opresión económica federal, esos mismos motivos operaron durante toda la gestión presidencial anterior a cargo de Mauricio Macri. Su aliado.

La diferencia es que Cornejo prefirió zapatear recién ahora: a lo largo de la gestión Macri también hubo obras frenadas, Portezuelo no despegó y la aludida inequidad con los fondos coparticipables operó de la misma manera antes que ahora. Falta un chispazo más para desatar el fuego: ¿cuánto falta para convocar a una desobediencia fiscal?

Ahora Cornejo se mira al espejo con las charreteras del general Lee y el sueño de algún día tener su propia estatua arriba de un caballo. Si optara por ese tipo de romanticismo, habría entonces que suponer a Alberto Fernández como si fuera Abraham Lincoln, en su intento de sofocar la rebelión (un rol que no disgustaría al presidente). Y habrá postulantes varios para el rol de Ulyses Grant, el general unionista que sofocó el incendio como militar y luego fue presidente (desde aquí se propone a Sergio Berni, el más indicado por su phisique du rol).

Alguien podrá fantasear con las tropas patriotas que se descuelguen desde Media Agua al Sur, otras avancen por Desaguadero, reinvención de aquel país fragmentado que fue el nuestro en la primera mitad de aquel siglo XIX. O cavilar convocatorias electorales con el Mendoexit, como ocurrió con el Brexit hace dos años para decidir la salida del Reino Unido de la Unión Europea, o el referéndum catalán que llevó al destierro a su líder.

Una vez conquistada la independencia, deberán darse los mendocinos la tarea de seleccionar una modalidad de gobierno, también la de reclasificar a sus héroes. Esa primera labor no será sencilla: se descarta la obvia preferencia en la provincia/nación por la república, término engolado que suelen pronunciar acentuando en todas las sílabas, pero nadie podrá desestimar de cuajo si aparece alguna rama monárquica en la convención constituyente que se convoque al respecto. Otro asunto sería elegir al rey, aparecerán postulantes surtidos por alcurnia o por años de servicio.

En materia de próceres, habrá de producirse un natural recambio desde aquellas figuras de la ocupación argentina a los flamantes del grito de libertad. Probablemente exista un lugar de bronce para el propio Cornejo, el pistón político del ala separatista que insiste con el yo no fui pero baja continuo material para alimentar a las fieras. Hasta Cleto podría recobrar el brillo perdido, bajo el recuerdo de aquella vez que se hizo escuchar cuando éramos colonia.

¿Y qué hacer con San Martín? Ese ícono en el país ocupador del que se acaba de pegar el portazo, pero con larga notoriedad como gobernador de Cuyo en el mendocinísimo campamento de El Plumerillo. Asaltan las contradicciones, alguna solución se encontrará para enseñar a los chicos en clases que aprenderán las nuevas coordenadas del nuevo país. Una vez que se escriba esta nueva historia.

Derivarán nuevas normas también para el trato bilateral con los viejos colegas provincianos (sanjuaninos, puntanos o neuquinos), ahora relacionados con una nueva Nación. Consecuencias de las más variadas, en todos los órdenes. En las relaciones, ahora hacia un país independiente. No habrá cruces deportivos interprovinciales, ni siquiera se podrá referirse como el clásico de Cuyo al Godoy Cruz-San Martín, que ahora podrán encontrarse sólo en amistosos o en la Libertadores. Difícil será establecer normas conjuntas en el mercado vitivinícola, duro de armonizar entre dos provincias a hacerlo ahora entre dos países.

Por supuesto, los controles migratorios habrán de cambiar: para ir a Chile habrá que atravesar otro país en tránsito. El techo de América, el Aconcagua, ya no tendrá la celeste y blanca, aunque aún no se conocen los colores seleccionados por Cornejo y su gente para la nueva bandera (fuentes bien informadas descuentan que tendrá alguna tonalidad Malbec).

Embajadas y aduanas, otro tema a resolver. San Carlos o Jocolí serán retenes para presentar el pasaporte. A no desesperarse con la idea, porque en los hechos, hoy está peor: con barricadas y pistolas que controlan la temperatura a uno y otro lado del límite.

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