Opinión

La oportunidad del coronavirus

Una pequeña ventanita en medio de la devastación: barajar y dar de nuevo, volver a la humanidad. Reflexiones al pie del mundo, del país y de San Juan.
sábado, 21 de marzo de 2020 · 10:08

No hay nada de bueno en una catástrofe sanitaria como la que vive el planeta con el coronavirus. Todos perdemos, no todos por igual: están los que pierden la vida, lo más sagrado, están los pierden la libertad, el patrimonio, el empleo, otras cosas más o menos factibles de ser restauradas con el tiempo.

Se observa un ambiente prebélico, el típico de las grandes conflagraciones de la humanidad, con postales que no se veían desde que terminó la II Guerra Mundial hace 75 años. Y otras, ni siquiera entonces.

Muertos, lógicamente lo peor y en una escala aún no determinada. Desesperación por la parálisis económica, acá y en la China (nunca mejor dicho) pasando por todas las estaciones de la economía de mercado. Ansiedad por los que viven del pulso económico y ven cómo ese pulso está frenado y se busca frenarlo aún más (todos los rubros del comercio). Infinita y incontable riqueza destruida, tanto de la economía real (industria) como de la financiera (crac de las bolsas mundiales de la dimensión de la Gran Depresión del 30). Turismo, hoteles, bares, kioscos paralizados. Locura por el abastecimiento en los supermercados, corridas por un changuito. El emblema de la modernidad y del mundo económicamente conectado, las aerolíneas aéreas, en estado de quebranto generalizado. Parálisis del deporte como no se veía desde que Hitler asoló Europa y el mundo entero. Como buena película de distopía –se aconseja el libro de Margaret Atwood El cuento de la criada-, patrullas armadas controlando el tránsito, preguntando destinos, en medio de ciudades asoladas.

Y un par de preguntas flotando para alimentar la ansiedad general: ¿cuánto tiempo más se puede aguantar sin que entre gente a un café, un obrero a una fábrica?, ¿cuántos serán los muertos por virus y cuántos los decesos por sus consecuencias económicas? Nada para hacer por ahora, sólo esperar para ver qué es lo que queda pie. Desde qué sótano habrá que intentar la remontada, nada más parecido al mundo recogiendo los escombros de la post guerra e imaginando un nuevo acuerdo planetario.

Pero hay algo que enciende una luz de esperanza en medio de tanto dolor. Semejante destrucción es igualadora, afecta potencialmente tanto al último habitante del paraje más remoto como a la cabeza del poder más contundente del planeta, el presidente de los EEUU. Es decir, reduce a todos a la condición humana sin más. No hay jinetas, ni privilegios. Alcanza con ser un ser humano para quedar en igualdad de condiciones con todos sus semejantes.

No es una moraleja menor para un sistema global que ha decidido privilegiar descaradamente las diferencias, diseñar franjas: unas destinadas a los placeres de la realización y otras a las cunetas. Sin solución aparente sino por el contrario, envueltas en un mecanismo perverso que las acentúa. Bueno para apuntarlo cuando haya que reorganizar las fuerzas globales, hacerlo echando el ojo a las vísceras humanas.

Ese vestigio de humanidad que de repente nos sorprendemos por tener adentro, en tanto que todos somos pasibles de ser infectados por un virus sin remedio, remonta a aquellos tiempos de las guerras: estamos todos en riesgo en igual medida, como cuando los nazis apuntaban a Londres o cuando los misiles de Fidel enfocaban a la Florida. Una guerra peor ésta de hoy, como definió el presidente Alberto Férnandez: no sabemos dónde está el enemigo.

Claro que al final de la guerra surgió la ONU y las entidades de Bretton Woods (FMI, BM) para establecer nuevas reglas por las que se regiría el mundo. Ninguna solución contundente, sí un intento de civilizar tanta barbarie suelta. Hoy, el fin de una pandemia que ha paralizado al planeta como nada consiguió hacer en los tiempos modernos, demandará que alguien agarre el naipe y se vuelvan a dar las cartas.

Por supuesto, con otro sentido que no sea una estricta interpretación del mercado, el consumo, la xenofobia y los intereses, que integran o expulsan. Que comprenda que hay una dimensión que iguala a todos: la condición humana. Y que vuelva implacable aquella reflexión de Bill Gates, nada menos que uno de los íconos del mundo nuevo en su diseño, reflexionando sobre sus falencias: pensábamos que la próxima guerra sería con misiles y diseñamos escudos con mucho dinero, pero fue con un virus para el que no hubo quien se pusiera a preverlo e invertir para evitar sus consecuencias. Y así estamos, muchos recursos para una cosa, poco y nada para la otra.

Importa también revisar cómo fue posible llegar hasta acá, y cómo gestiona cada uno su propia desesperación. Un camino de política, intereses, mezquindades. De grieta, en fin, tan de moda como acepción acá pero vigente por todos lados. Allí están las renovadas tensiones entre los dos polos mundiales de la última década, EEUU y China, pulseando no sólo por cómo quedarán paradas sino hasta por visiones paranoicas de conspiración cruzadas.

Tirándose desde funcionarios de alto nivel si fue o no fue el ejército de EEUU el que implantó el virus en un mercado populoso de Wuhan, como resabio de la guerra comercial en la que no se ahorran belicismo. O el aparatoso derrumbe de las acciones de las petroleras que enfrenta al reino de Arabia (aliado de EEUU) con Rusia, en el cual Putin considera que tiene más espalda que las compañías americanas para soportar los bajos precios y genera un descalabro global de dimensión inédita.

Hay grieta y hay visiones ideológicas que juegan su partido, aunque todos saben quién paga la cuenta cuando las papas queman (en el viejo y rejuvenecido duelo de los estados contra los mercados). Y es en ese delicado equilibrio que impone la pandemia entre frenar al virus frenando también la economía, donde pueden denotarse los lugares de pertenencia. No se trata de decisiones fáciles, es cómo ir midiendo el pulso para no matar la actividad hasta destrozarla.

Se verá así como los gobiernos más conservadores intentaron siempre despreciar al virus, bajarle el precio, con tal de no tener que tomar medidas que enfríen la actividad comercial. Así empezó Trump, aunque luego debió reflexionar y cancelar de un plumazo todos los vuelos a Europa. Y hasta ahora bordea el “populismo” enviando un cheque de U$S 1.500 a cada ciudadano durante dos meses para enfrentar el parate. También Bolsonaro, pese a padecer el virus en varios de sus colaboradores cercanos, desempañando un papel de activista en tapar el sol con un dedo que puede hasta ponerlo de patitas en la calle.

O el británico y tory Boris Johnson, quien sigue ninguneando al virus con el insólito argumento médico de generar anticuerpos “en manada”, y la motivación inconfesa de no congelar la economía. A los pocos días, debió admitir en público que “morirán miles de seres queridos”, recalcular y tomar el caso más seriamente. ¿Tarde?

¿Habría estado igual Argentina si a las elecciones presidenciales de fin del año pasado las hubiera ganado Macri, quien sostuvo la semana pasada que peor que el coronavirus es el populismo?

El corte “populista” de las acciones de los gobiernos más conservadores del mundo (luego de las citadas parábolas) no parece darle la razón: Trump mismo anunció que su gobierno ayudará a las empresas a pagar los sueldos, y el Capitolio está por aprobar la primera regulación de licencia por enfermedad pagas (que no existe en EEUU). La alemana Angela Merkel declamó en público que la pandemia se comió al equilibrio fiscal, también lo convalidó el FMI. Con ustedes, el mundo nuevo.

Por esa línea avanzó el argentino Alberto Fernández, aunque en su caso sin suponer que haría otra cosa. Y sin declarar caída la renegociación con bonistas y el FMI –el collar de garrafas que dejó la gestión Macri para esta emergencia-, aunque se deduce de la potencia de sus anuncios (en especial os destinados a líneas de créditos para el sector público) que esos pagos por la deuda tienen poca vida por delante, sólo falta conocer hasta cuándo.

Operó sí Alberto sobre esa cicatriz nacional que aún supura y es la grieta. Sin perjuicio de algunas –muchas- patrullas que siguen jugando el juego que mejor les sale (y más les conviene), el presidente argentino mostró en los hechos operar en otra dimensión. También lo hizo Horacio Rodríguez Larreta, por lejos el mayor portador de materia gris en el espacio opositor. Se mostraron juntos el domingo pasado en la conferencia inicial del combate a esta pandemia, y lo que debería haber sido una postal de absoluta racionalidad se volvió una auténtica sorpresa: ¿cómo es que aparecen juntos dos expresiones de los lados opuestos de la grieta?

Todo lo que se vio después operó en la misma sintonía. Los líderes parlamentarios opositores  en la Rosada respaldando al “comandante” de “esta guerra”, los gobernadores de todos los colores políticos reunidos y respaldando las medidas. Que no fueron medidas leves, sino endureciéndose con los días: primero el cierre de fronteras anunciado el domingo, luego el paquete económico millonario para que las empresas puedan soportar el latigazo, finalmente la cuarentena total.

Los sanjuaninos respaldaron en un 90% las decisiones de Fernández, según la encuesta cerrada por Tiempo de San Juan con cantidad de votos récord (una muestra del interés que le dan al tema). Reacción propia de un anuncio controlado y con el gesto justo de parte de Alberto, sin ampulosidades ni cortinas de humo (lo que no es poco pedir). Además de la natural inclinación humana de recostarse en los líderes en tiempos de zozobra. Como ocurrió en la guerra con Churchill, cuando Hitler bombardeaba el país y el premier británico prometía sólo resistencia heroica.

En San Juan, la cuestión pasó por la perspectiva. Sin casos locales hasta el viernes, la molesta sensación de que los habrá y que podrían hasta no ser pocos. Nada más que el sentido común de abrir la ventana y sentir el fresco del otoño que llega, y abrir los diarios y notar el ritmo arrasador del resto del mundo.

Ese sólo factor es el que activa la ansiedad sobre el nivel de preparación del que dispone el sistema de salud de la provincia para contener una eventual oleada a la italiana, o a la española. El mejor remedio para esa incertidumbre es prevenir lo máximo posible, desalentar un pico de demanda en el sistema público. Y para eso es que hizo falta cierta mano destemplada en resguardo del principal capital humano, la vida. A pesar de que se lleve también el patrimonio, la economía. Para eso habrá tiempo de reparar.

Sergio Uñac entendió de arranque que es mejor sobreactuar que quedarse corto. Si al final no hizo falta, las consecuencias de ese cierre serán posibles de capear con el tiempo, aunque quedará como es lógico una huella indeleble. Es poco lo que los gobernadores pueden hacer por sí mismo, dentro de ese margen estrecho, lo máximo posible.

Además de las moralejas éticas y morales, globales sobre la manera impiadosa en la que gira el mundo y con poco lugar para todos, quedarán otras moralejas de funcionamiento: así que se podía hacer tal cosa? Nota para las administraciones públicas, nacionales y provinciales, que pueden funcionar sin hacer todo tan burocrático ni obligar a perderse un día en un trámite.

Se cae el mundo y habrá que resetear. El deseo de que cuando esto acabe, eso que pretenciosamente fue denominado civilización pueda reacomodarse ofreciendo su otra cara: una reivindicación con pedidos de disculpas a las palabras solidaridad, sensibilidad, empatía  Aunque a esta altura, parece un acto de optimismo pensar en el día después.

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