editorial

San Juan entró al mundo: ¿cómo nos encontrará la vacuna?

Hasta el 24 de agosto vivimos en una burbuja gaseosa, desde entonces padecemos los males generales de la pandemia. Con piruetas y acción política incluida. Por Sebastián Saharrea
sábado, 17 de octubre de 2020 · 11:27

Algunos, los más optimistas, la esperan para dentro de dos semanas. Otro, acaso más realistas, hablan con forzosa imprecisión del año que viene, y hasta ensayan bosquejos científicos de avanzado el 2021 tirando al final.

Con lo cual, estaría perdido no sólo este ejercicio sino también el siguiente, si nos orientáramos por estas profecías menos alentadoras sobre la disponibilidad de la vacuna. En un tablero en el que lo más evidente es que nadie tiene la posta, aunque se encaprichen los vendedores de supuestas certezas sobre el futuro (de los que ya existen generosas subespecies como economistas adelantando el precio del dólar, asesores políticos vendiendo la paila sobre venideros presidentes, hasta bocetos de religiones hay en el rubro) en actuar la presentación del dato valioso que salvará al mundo.

Líneas borrosas que estimulan la especulación y la búsqueda de plusvalía política. Se lo ve a Trump entre los más optimistas vendiendo el slogan de que el mundo libre será el que aparezca con la capa de Superman, si es posible antes del primer martes de noviembre, cuando se juega la reelección. Y si no, al menos algún científico de renombre que se juegue la reputación profesional sentenciando que ya está en el horno la vacuna esperando la última mano de pintura.

También anda Putin directamente aplicándola a su hija, en prueba de confianza suprema. Y ofreciendo la solución a amigos y no tanto (como el brasileño Bolsonaro) bajo la promesa de un mejor trato en ese cielo, abierto a supuesta consecuencia de la inversión pública de su país. Cuba, China, Reino Unido, y siguen las firmas, otros invitados a la conquista del liderazgo global si es que pudieran imponer el criterio de que fue suya la contribución central para liberar al mundo de su peor pesadilla en un siglo.

Materia de ser y de parecer, también de lo que digan los libros de historia y de quiénes los escriban. Por ahora, una lejana pulseada que algún día habrá de librarse en serio, pero primero habrá que contabilizar las urgencias.

Una esfera a la que entró de cabeza San Juan aquel 24 de agosto cuando se confirmó la aparición de un caso colgado en Caucete, que fue tomando forma, expandiéndose y zambullendo finalmente a la provincia entera a los padecimientos que antes veíamos por televisión.

Casos, muchos. Muertos, también. Preguntar de vez en cuando cómo están las terapias intensivas, mirando de reojo que los vecinos llegan al 95% y piden auxilio federal. Hospitales abarrotados de gente haciendo la cola para hisoparse, personal de salud trabajando a full. Un paisaje al que aterrizamos con delay, pero al que indefectiblemente aterrizamos. Ahora nos toca darnos cuenta.

Lento y persistente deterioro, que no se detiene. Todas las semanas un poquito peor que la anterior. Aparecieron los casos del contagio masivo en el geriátrico, luego los del penal, ambos afortunadamente sofocados y controlados, desafortunadamente con víctimas mortales en cada uno de ellos. El número diario de contagios que se estaciona con comodidad muchas más veces de lo que se hubiese preferido por encima de los 100 en San Juan. Que luego serán 200 y así en escalada hasta quien sabe cuándo si es que el virus consigue relajarse cómodo entre las costumbres despreocupadas de los sanjuaninos.

Lejos de las cifras asombrosas del vecindario aún. Mendoza clavó récord también ésta semana superando los 1.000 casos diarios y las 15 muertes, Santa Fé, Córdoba o Tucumán se afianzan contando hacia arriba y ya lo hacen con naturalidad y perdiendo la capacidad de asombro. Copiando de algún modo la curva de los datos nacionales, cuando solíamos restregarnos los ojos de preocupación cuando los casos en todo el país comenzaron a superar los 1.000, y ahora que suelen superar los 17.000 ya no hay gesto que valga.

Ni siquiera conducta: ante semejante dato que encalla a Argentina entre los peores 10 países del mundo en cantidad de casos, la cultura terraplanista –negacionista de la ciencia y la evidencia empírica- igual prefiere ganar la calle al grito de libertad. En una especie de juguemos en el bosque mientras el lobo no está (correspondiendo el rol de lobo al peronismo, holgadamente más habituado a patear el adoquín pero automarginado por la pandemia, al punto de celebrar su hito fundacional este sábado a los bocinazos desde los autos).

Ante esa disyuntiva de responder a la responsabilidad de funcionario o a su base de sustentación política fue que el gobernador mendocino Rodolfo Suárez decidió priorizar esto último. Todavía se sentían los ecos del bocinazo del lunes cuando el cuyano anunció con voz in péctore que no acudiría al llamado de presidente Fernández de cerrar tres departamentos con el argumento de que no están dadas “las condiciones” para volver a fase 1.

Las condiciones a las que se habrá referido son las políticas porque sí parecen estar dadas en Mendoza las sanitarias: de récord negativo en récord negativo, pedido de auxilio en camas incluidas. Una de las diferencias con San Juan: acá la situación en empeora, en Mendoza casi no lo puede hacer más porque está en el piso de lo admisible.

Ni siquiera se tomó el trabajo Suarez de una salida más elegante, resistir la aplicación del decreto nacional utilizando algún recurso interpretativo. Como en San Juan, donde se adhirió al DNU pero se apeló a las excepciones aceptadas a las provincias para dejar las cosas más o menos como estaban en Capital y Rawson. No, en Mendoza parece que el rechazo a bocajarro, de plano y con todas las letras era un activo político.

Pelota picando que el gobernador decidió empalmar al gol: ningún atenuante, ninguna excepción, rechazo de plano a cualquier intento de limitar la libertad. Bingo! Justo lo que decían las banderas el día anterior mientras lo que ocurre puertas adentro de los hospitales mendocinos pasa a segundo plano.

Disyuntivas que no se consiguen en otros lados del mundo, estas rencillas domésticas entre jerarquías federales y provinciales por las medidas contra el virus, en este caso en sentido en EEUU, donde son los gobernadores los que pugnan por cerrar y el presidente Trump por abrir. En Chile o Ecuador, dos vecinos de gobierno conservador, se resuelve con toque de queda. Es decir, el ejército en la calle. Misma modalidad que empieza a usarse en Europa ante esta nueva escalada: Macron en Francia, hasta lo analiza la alemana Merkel.

Volviendo al pago, San Juan se encuentra con su curva preocupante hacia arriba y la incertidumbre sobre en qué lugar la encontrará la vacuna, independientemente de los pasamanos políticos sobre cuando ésta estará disponible. Cómo se producirá esa confluencia entre la llegada de la vacuna y el crecimiento de los casos y el irremediable empeoramiento de la situación en San Juan. En qué momento, como estarán las camas, cómo la circulación, cómo el comercio, qué medidas públicas vigentes.

En el tablero nacional no está mal, claro que viene de aparecer mucho mejor. Según un análisis realizado por el IOPPS sobre los datos oficiales al 14 de octubre, San Juan aparece en el puesto 20 en cantidad de casos cada 100.000 habitantes, con 189. Claro que en el cierre de la semana anterior tenía 146, es decir más de 40 menos. Lo mismo ocurre con el promedio de muertos cada 100.000 habitantes, hoy de 8 y hace una semana de 7.

Lo que declaran los números también lo denota el paisaje. A este periodista le tocó en la semana pasar por el hisopado ante un contacto con Covid positivo, fue el martes pasado en el centro asistencia Barassi del barrio Del Carmen.

Un día sofocante de calor, con una larga hilera de gente esperando al sol poder entrar a hacerse el test. Llegar por los propios medios, esperar, entrar, un acto de extrema voluntad de los que por sus propios medios deciden ir a sacarse la duda. Un gran esfuerzo de la gente que llega triste, se va triste y espera también triste el resultado. Gran esfuerzo también el de todo el personal médico, enfermeros, todo tipo de asistente que organiza, hace el aguante y que entre todos debemos preservar.

Una buena manera de hacerlo es tomando la mayor distancia posible, para darles menos trabajo.

 

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