Los ángeles que pintan

Las conmovedoras historias de vida de los niños de 2 a 18 años que se realizan quimioterapia en el Hospital Rawson. Encontraron en el dibujo un cable a tierra mientras esperan su turno para recibir el tratamiento médico al que se someten y poder seguir peleando el día a día.
viernes, 04 de noviembre de 2011 · 19:01
Cuando Ricardo apareció transportado en una camilla y vestido de punta en blanco en el primer piso del nuevo Hospital Rawson, todos dejaron de ver el show de danzas árabes que improvisaba una nena y le dieron una calurosa bienvenida. Es que él era uno de los motivos por el que se había organizado la primera exposición de dibujos de los niños oncológicos, debido a la fragilidad de su salud: un tumor en la cadera se le ramificó a los órganos vitales y cada instante de su vida es un milagro. Incluso, cumplió los 18 años hace poco en su Barreal natal y lo primero que hizo al alcanzar la mayoría de edad fue estampar su firma para no continuar el engorroso tratamiento químico ante el avance del cáncer, porque la enfermedad ya superó a las posibilidades humanamente posibles. Pero también hubo otro motivo por el que se realizó esta primera exposición de dibujos llamada Arte Terapia: este fue un año duro para estos pequeños pacientes y sus asistentes, ya que fallecieron 14 chicos, cuando años atrás se quedaban en el camino tres o cuatro.

Los dibujos con lápices de colores en hojas número 5 fueron exhibidos como trofeos y eran el orgullo de 60 de los 100 niños oncológicos de 2 a 18 años que son tratados en el Hospital Rawson. Y los realizaron en las últimas dos semanas, cuando fueron a internarse para la quimioterapia o a la consulta médica para ver la evolución de su salud.

Juego sobre el dolor

Esa espera es muy dura porque muchos de los tratamientos son dolorosos, por lo que muchos niños se resisten a ir al hospital: “Este tipo de entretenimiento mientras esperan es muy valioso. Muchas veces mi hijo no quiere venir porque le hacen punciones, lo pinchan, pero con el juego se entusiasma y hay veces que no se quiere ir”, comentó Claudia Montivero. Ella es la mamá de Maximiliano Marino, un hincha verdinegro de 4 añitos que todos los días se traslada desde Marquesado, en Rivadavia, hasta el hospital Rawson para enfrentar la leucemia que le descubrieron en agosto del año pasado. Mientras Maxi tomaba un vasito de jugo y jugaba en una mesita con uno de los regalos que le habían dado por participar de la exhibición de dibujos, su mamá explicó que “le están haciendo uno de los bloques de quimioterapia mientras esperamos que nos den un turno en el hospital Austral de Buenos Aires para hacerle un transplante de médula”.

 A un costado de Maxi, compartiendo la mesita y algunos sanguchitos de miga, estaba Rodrigo Guerrero, un ullunero de 10 años que no podía ocultar la alegría que le despertó la exposición: “Lo que más me gusta son los juegos en la tele, los Sega”, dice, señalando un viejo televisor de 14 pulgadas que usa de pantalla en la sala de espera del Rawson. A Rodrigo también le descubrieron leucemia hace un año, por lo que debe ir al hospital dos veces al mes. Pero la enfermedad no fue lo más difícil que le tocó afrontar: “Lo sacaron de la casa de mi mamá porque no ella no quería hacerle el tratamiento, se resistía. Y me lo lleve a vivir conmigo”, contó Rosalía Guerrero, hermana de Rodrigo, quien se hizo cargo del niño a pesar de tener dos hijas chicas.

Un poco más retraído, a un costado, Oscar Mercado y su esposa Vanesa sostenían en sus brazos a Ismael, un morocho de 5 años que esconde una mirada tierna atrás de sus anteojitos. “A él le ayuda mucho este tipo de iniciativa. Hace un año le descubrieron un tumor cerebral de Ependimonia. Ya tenía tratamiento pero le salieron tres más”, cuenta su padre, mientras acompaña a Ismael a que muestre el dibujo que hizo para que todos conozcan sus habilidades de artista.

Nora Marino coincide con el incentivo que significa para los chicos el entretenimiento previo a la consulta médica. Ella es mamá de Josué, un nene Down de 8 años que se está haciendo un control preventivo de anual de leucemia. “El tuvo problema en la sangre porque durante mucho tiempo tomó antibióticos. Entonces ahora necesita hacerle un seguimiento”.

Color esperanza

Nora debió elevar el tono de voz para contar la historia de Josué. Es que dos chicas largaron un karaoke que hizo llorar hasta los más duros. La primera canción fue Color Esperanza, y las frases “saber que se puede” y “mirar al futuro con el corazón” no dejaron corazón sin ablandar. Para colmo, el siguiente tema, en ese contexto, fue aún más conmovedor al escuchar la letra de Celebra la Vida, de Axel. Las dos chicas se dieron un fuerte abrazo al terminar. Ellas son Gema y Nadia Castello, esta última tiene 18 años y conoce la realidad de los pacientes oncológicos porque ella pasó por el tratamiento hasta los 12 años. Incluso esa experiencia hizo que su familia siga vinculada a ese mundo: su padre es el contador de Fundame, una ONG dedicada a dar asistencia a los niños oncológicos.

Pero las lágrimas fueron tapadas cuando el ritmo de los Wachiturro invadió la sala. Y un semicírculo encerró al alma más festiva con la exposición de dibujos como decorado de fondo: se trata de Denís Mocunin, una fornida niña rawsina de 7 años que le arrancó los aplausos a médicos, voluntarios de Fundame, periodistas, padres y a los pequeños pacientes. Entre sus admirados estaba su mamá, Roxana Prado: “Ella fue una paciente oncológica. Desde los 11 meses tuvo leucemia. Y hace dos años le dieron el alta. Pero igual le siguen haciendo un control cada seis meses”. Denís es una “vieja conocida” en el Rawson: “Es una personita muy alegre. Siempre que hay baile, se mete. Y habla por dos”, cuenta su mamá.

Uno de sus fervientes aplaudidores es Gabriel Alaniz, de 11 años, quien viaja desde Jáchal una vez al mes para tratarse la leucemia. “Ahora tuvo una recaída. Pero a él le incentiva mucho venir a los juegos. Como nosotros dos vivimos encerrados para evitar algún contagio, es muy valioso para él este tipo de eventos”, contó su mamá, Liliana Fuentes.

Desde el fondo del salón, a un costado de la escalera, Ricardo Segura evidenciaba dar fe de ese incentivo: desde su camilla, tomaba un poco de jugo y seguía el ritmo de los Wachiturro con sus palmas. Y con una sonrisa llena de vida evidenciaba la alegría que siente al disfrutar cada momento.

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