La muerte de los invisibles - Omar Garade

Ocurrió en 1997. Un hombre violó y asesinó a una niña de dos años y luego mató a su madre. Todo ocurrió en una pequeña casa de adobe de un asentamiento de Santa Lucía. Los vecinos tardaron una semana en dar con los cuerpos mal enterrados de las víctimas. La trabajadora rural boliviana y su hija no sólo recibieron la agresión de aquel que les quitó la vida, sino que también recibieron el duro ataque de la indiferencia de los que vivían al lado de ellas.
viernes, 23 de marzo de 2012 · 22:58


Nadie supo que Myrian fue asesinada y Magalí  violada y asesinada hasta que el nauseabundo olor de sus cuerpos en descomposición empezó a inundar toda el asentamiento Pedro Echagüe. Quizás sus vecinos se enteraron lo que les había pasado porque las víctimas y la naturaleza apuntaron a otro sentido (el olfato) para llamar su atención.

Nunca se habían dado cuenta de su existencia mientras estaban vivas, menos lo iban a hacer ahora que habían muerto. Nunca las habían visto ni escuchado, pasaban por su lado y nadie se mosqueaba con su presencia. Eran invisibles. Tan invisibles que ni los pobres más pobres de San Juan las podían ver.

Así y todo, y luego de ser asesinadas y mal enterradas en la pequeña habitación de adobe en que vivían, decidieron “hacerse ver” y a través de un fuerte olor, uno tan fuerte que nadie se podía hacer el distraído,salieron a pedir justicia a través de las narices de aquellos ciegos que habían decidido no verlas.

El crimen de esta mujer y su hija es una muestra de la historia reciente de este país y de nuestra provincia en particular. No ocupaban ni siquiera el lugar más bajo en la sociedad, porque para ocuparlo por lo menos tenían que existir, y durante mucho tiempo en este país y en esta provincia, hubo gente que ni siquiera existió.

Este terrible hecho de sangre ocurrió en 1997, mientras el país y San Juan se debatían entre la posible re-reelección de Menem y un desempleo record. En ese escenario de desolación y circo, fue asesinada Myrian Roxana Adrián (24 años en ese momento), una boliviana que trabajaba en cuadrillas de cosechas y había llegado a la provincia tres años antes, y su hijita de dos años Magalí, quién fue violada salvajemente antes de ser asesinada.

En esa época ser pobre ya era no ser muy visible en la sociedad. Es más, el cuerpo social se ocupaba de esconderlos lo más posible en villas miserias cada vez más “miserables” en todos los departamentos del Gran San Juan. En ese panorama los “trabajadores golondrina” sólo eran visibles para época de la cosecha y luego “desaparecían” hasta que se los volviera a necesitar.

Si históricamente esta “mano de obra barata” había sido maltratada, en épocas del menemismo y el escobarismo, eran prácticamente humilladas. Myriam pertenecía a estas personas que dejaban su sudor por monedas en el suelo sanjuanino, pero además era extranjera, boliviana, “una coya sucia” como más de una vez le dijeron. Es decir que hasta los que ya estaban “borrosos”, no la veían.

Así y todo, y a pesar de su invisibilidad impuesta, Myrian se enamoró y decidió quedarse en San Juan. Había llegado a la provincia a finales de 1994 y mientras trabajaba en la cosecha del tomate, conoció a un hombre que la llevó a vivir junto a él en el asentamiento Pedro Echagüe, al fondo de la calle Balcarce en el departamento Santa Lucía.

Se trataba de Esteban Celán, un trabajador de cuadrilla como ella, que tenía cierto liderazgo en el lugar en  que vivían. Los mismos vecinos contaron que la joven boliviana, que en esa época contaba con 21 años, no vivía lo que se podría calificar como una dulce historia de amor. Hablaban de constantes peleas y que el rostro de la joven presentaba más de una vez marcas de golpes.

Cuando se abrió la investigación por el doble asesinato, se supo que Celán tenía entre sus antecedentes acusaciones por estupro, corrupción de menores e intentos de violación. Es decir que el tiempo que Myrian vivió junto a él no debe haber sido bueno. Pero todo empeoró cuando nació Magalí. Aparentemente esto fastidiaba a Celán, que a pesar de darle su apellido, no soportaba la presencia de la nena en su casa.

Lo que siguió no se pudo establecer definitivamente. No se sabe si Myrian, harta de los maltratos para ella y su hija, levantó sus cosas y se fue de la casa de Celán, o si su pareja las echó a las dos cansado de su compañía. Lo cierto es que la joven se fue de una de las viviendas principales de la villa y pasó a ocupar un piecita de adobe que se encontraba en el lote 32, casi al final de esa barriada.

Mientras seguía trabajando en las cuadrillas de cosecha, Myrian, conoció otro hombre con el que trabó relación. Se trataba de Ceferino Amaya, un joven trabajador rural como ella, con el que tuvo su segundo hijo, y que en momentos de los violentos asesinatos se encontraba en la casa de su abuela paterna.

Su relación con Amaya no fue mejor. Su nueva pareja era alcohólico y también la trató violentamente. Sobre todo por los celos que tenía por su antigua pareja, Celán, y lo demostraba siendo intolerante con la pequeña de dos años.

En este clima se produjeron los hechos ocurridos el domingo 20 de abril de 1997. Todo se había desencadenado el día anterior, sábado, cuando Amaya había empezado a beber desde temprano. Algunas cervezas cerca de la casa de sus padres, otras en el kiosco en la entrada del asentamiento, otras en un bar más cercano al centro, y finalmente las últimas en una casa vecina a la que ocupaba Myrian, propiedad de su amigo Nelson Fernández.

De ese lugar salió aproximadamente a la una de la madrugada del domingo. Borracho como estaba se dirigió a la que era la casa de su pareja. Allí se encontró con Myrian que lo esperaba con un reclamo. Ella quería ver a su hijo y no entendía por qué él se lo había llevado a lo de la abuela. Él la acusaba de “puta” y que el niño no debía vivir con ella. Que su hijo no tenía que compartir nada con la hija de Celán.

Fue en ese momento en que Amaya encendió el radiograbador y lo puso a todo volumen. Acto seguido empezó a golpear a Myrian. La mujer se defendió lo más que pudo hasta que quedó totalmente inmovilizada ante el ataque. En el juicio no se pudo especificar si la mujer se desmayó o si el hombre la detuvo de alguna manera para seguir con su horrible ataque. Durante el proceso sólo dijo que se acordaba de haber discutido con su mujer, pero nada más.
Una vez que detuvo a Myrian, Amaya tomó a la pequeña de dos años que lloraba desconsoladamente por el castigo que había recibido su madre, y violentamente le tapó la boca con la mano. Inmediatamente desgarró la ropita de la beba y sobre una rústica mesa de madera la violó. La niña soportó poco y lo último que se escuchó de ella fue un grito desesperado. Ese mismo grito fue el que le provocó la muerte, ya que Amaya furioso porque la niña había interrumpido su salvaje accionar, le puso las manos en la garganta y apretó tan fuerte que la mató.

Myrian se recuperó del ataque, y una vez que estuvo de pie trató de escapar ante tan inhumana escena. Él la agarró de los pelos y la detuvo. Se paró frente a la puerta y no le permitió salir.  Un “abrí la puerta” se escuchó entre la música a todo volumen que todavía sonaba en la habitación de adobe.

Fue lo último que salió de la boca de la boliviana, porque segundos después Amaya se sacó el cinto de cuero con el que sostenía sus pantalones, se lo pasó por el cuello, y muy fríamente (como dijeron los especialistas policiales que atestiguaron en el juicio) prendió la hebilla del mismo, para ajustar bien el “lazo” sobre la garganta de su desesperada pareja.

Luego, la muerte. Amaya tiró del cinto hasta que rompió los huesos de esa zona y provocó la asfixia total de su concubina. Apretó hasta el cansancio y mientras lo hacía le seguía pegando a la muchacha. Finalmente la soltó y casi como si hubiera terminado una changa, se sentó en una de las dos sillas que había en la casa a descansar.

Estuvo unos minutos allí mirando lo que acababa de hacer. Luego se levantó y se dirigió a la casa de su vecino Fernández para contarle lo ocurrido y pedirle ayuda para hacer desaparecer los cuerpos. Llegó a la puerta, tocó y solo dijo: “Nelson, soy yo, el Ceferino”. Fue Mirtha Morales, pareja de Fernández quien atendió el llamado y la que le dijo a Amaya que su marido no estaba, que había salido con unos amigos.

En ese instante Amaya se puso nervioso. Aunque la mujer lo dejó entrar a su vivienda para que esperara a su amigo, el asesino y violador se dio cuenta en ese momento de que estaba solo y de que nadie iba a poder ayudarlo. Se quedó 30 minutos en el lugar y viendo que Fernández no llegaba volvió a la pieza de adobe en donde se encontraban los cadáveres.

Se dio cuenta que no podía sacarlos de ahí porque alguien lo vería. Por lo que decidió enterrarlas allí mismo. Con la misma pala que usaban él y Myrian para trabajar en la cosecha, comenzó a cavar un pozo al final de ese pequeño lugar. Primero puso el cuerpo de Myrian boca arriba y encima de ella el cuerpito de Magalí boca abajo.

Ni siquiera logró enterrarlas bien, porque el pozo no era lo suficientemente hondo como para que entraran los dos cadáveres. Entonces lo único que hizo fue taparlas con tierra lo mejor que pudo. Se sentó nuevamente y volvió a contemplar lo hecho. Se sirvió un vaso de vino de una botella que había comprado el sábado antes de la tragedia y luego salió de la habitación.

Eran las cinco de la mañana del 20 de abril de 1997 y lo último que hizo Amaya fue ponerle un candado a la puerta y llevarse la llave. De ahí se fue directo a un kiosco, se juntó con sus amigos y siguió “chupando” hasta bien entrada la mañana.

Desde el momento que Amaya terminó de dar vuelta la llave del candado, la invisibilidad de Myrian y Magalí se hizo más presente que nunca.  Los vecinos tardaron una semana en alarmarse por la ausencia de la madre y la hija. Toda una semana, en que a todo un asentamiento no le extrañó en lo más mínimo que esas dos personas no dieran señales  de vida.

Aunque hubo personas que escucharon los gritos de la niña, los gritos de la madre, la pelea y mucho de lo que sucedió esa noche en el lote 32 (hasta presentaron testimonio de esto durante el juicio contra Amaya), ninguno tuvo ni siquiera la curiosidad de acercarse a tocarle la puerta a Myrian para saber cómo estaban ella y su hija. Nadie, ni siquiera los que habían escuchado algo extraño esa madrugada de domingo.

Ahora que estaban muertas Magalí y su madre eran más invisibles que nunca. Ni siquiera los compañeros de la cuadrilla preguntaron por ella, o el mismo Celán que era el padre de la niña se había acercado hasta el lugar. Como si nunca hubieran estado ahí. Como si los tres últimos años que la boliviana llegó a ese lugar, nunca hubieran pasado. Increíble.

Mientras tanto, Amaya se agarró la borrachera más grande de su vida. Andaba con la botella de vino en la mano y en cualquier lugar del asentamiento se tiraba a seguir tomando. Tomaba y lloraba. Se agarraba la cabeza, hablaba solo y seguía tomando. Sólo se paraba para seguir comprando alcohol y cambiar de lugar. Ni esa extraña actitud del asesino les llamó la atención a los vecinos del Pedro Echagüe.

Fue exactamente a la semana que los habitantes cercanos a la pieza de adobe se comenzaron agitar. Un terrible olor salía de allí. A medida que más salía el Sol, más fuerte se sentía. Por primera vez uno de ellos se acercó a golpear la puerta. Nadie le contestó. Hasta llegaron a preguntarle a Amaya que andaba por ahí tirado y éste ni siquiera les respondió.

El mal olor ya había inundado todo el asentamiento y un gentío se había agolpado frente a la casa de Myrian. Uno de los vecinos fue a buscar a Celán para ver si él podía entrar. Celán llegó y al ver que no podía hacer nada para abrir el candado, decidió romper la puerta.

El espectáculo era macabro. Lo primero que se veía era una manito y una piernita de la nena que no había sido bien tapada por Amaya. Sobresalían de la tierra como pidiendo ayuda. Luego el mal olor, que una vez abierta la puerta golpeó a todos los vecinos como si fuera una gran cachetada por tanta indiferencia.

Rápidamente Celán llamó a la Seccional Quinta para que vinieran a ver lo sucedido. Los policías llegaron y pronto dieron cuenta del horror. Paso seguido llamaron al personal de Criminalística para levantar los cadáveres. Mientras tanto los oficiales hicieron rápidamente una investigación y en pocas horas ya habían detenido a Amaya que se encontraba borracho por la zona.

También se llevaron a la comisaria a Celán: el advertir la frialdad con que tomó la muerte de su hija y el hecho de que conocían los antecedentes de ese hombre, sirvieron para que los uniformados no tardaran mucho en considerarlo sospechoso del doble crimen.

Los especialistas de Criminalística hicieron su trabajo y levantaron los cadáveres con el mayor cuidado posible. El sólo hecho de ver esos dos cuerpos en avanzado estado de descomposición, despertaba dolor y respeto por los investigadores que trataban de imaginarse lo que habrían sufrido esa madre y su hija antes de encontrar la muerte.

Estaban trasladando los cadáveres envueltos entre grandes lienzos de plásticos negros, mientras se escuchaba hablar a los vecinos, quienes aseguraban que era imposible que tanto Amaya o Celán fueran culpables de los crímenes, ya que “hacía mucho que vivían acá”.

Fueron invisibles hasta el final. Ni el olor que los despertó de su desinterés, ni los cuerpos pasando frente a ellos, hizo posible que estas personas, los pobres entre los pobres, pudieran ver a alguien que ellos consideraban invisibles.

Finalmente, fue la justicia –ciega y todo- la que pudo ver el sufrimiento y la maldad con la que se trató a Myrian y a Magalí. Por eso, sin temblarle la mano los jueces de la Sala I condenaron a Ceferino Amaya  a pasar el resto de sus días en una celda del Penal de Chimbas pagando por sus horrendos crímenes.

La confesión
Increíblemente, en el mismo momento que Amaya pisó las instalaciones de la Seccional Quinta confesó todo lo que había hecho. Primero contó que había matado a la madre y a la hija, y luego ante las insinuaciones de los policías, también relató que había violado a la niña. No dio detalles, pero sí entre sollozos dijo que había sido el autor de todo ese horror.

Luego, ya en el juicio, perfeccionó su confesión. Ante los jueces aseguró que estaba muy borracho cuando sucedieron las cosas. Que lo único que se acordaba es haber estado discutiendo con Myrian y luego quedarse dormido. Cuando se despertó se encontró con los dos cadáveres y se desesperó ante la situación.

Luego de pensarlo un momento había decidido pedirle ayuda a su amigo para poder entender lo que había pasado. No lo encontró y volvió a la escena del crimen. Dijo que no podía ver los cuerpos de las dos mujeres por eso decidió taparlas con tierra, que no había sido su intención enterrarlas para ocultarlas y escapar de sus crímenes.

Por supuesto, y ayudado por testimonios de los especialistas forenses y de Criminalística, los jueces no creyeron su historia. Tan es así que hasta pudieron reconstruir la total frialdad de como Amaya pasó el cinto por el cuello de Myrian para matarla. Que sin duda una persona que había tenido la sangre fría como para hacer eso, seguramente en ningún momento perdió el sentido de la realidad de lo que estaba haciendo.

Finalmente, la defensa en su alocución final y en el pedido de clemencia para su defendido, reconoció que Amaya había sido el autor de los dos crímenes y de la violación a la niña.

Las dudas
Varias dudas se le presentaron a los médicos forenses que realizaron la autopsia de las víctimas con respecto a cómo habrían sido atacadas. El hecho de que hubieran encontrado a Myrian sin nada puesto en la parte de debajo de su vestimenta, hizo creer a los investigadores que ella también había sido violada.

Esto no pudo ser comprobado debido al estado de descomposición de los cadáveres. No se encontraron lesiones en su vagina, ni tampoco en su ano, aunque los especialistas hicieron la salvedad de que era muy difícil comprobar esto cuando la víctima había muerto por asfixia, dado que la falta de oxígeno relaja todas las zonas del cuerpo, por lo tanto era imposible encontrar una dilatación anormal en el ano.

Lo mismo pasó con Magalí, que aunque sí se constató que fue violada, no se pudo precisar si también fue penetrada analmente, por la relajación del cuerpo que antes mencionamos.

Liberado
Celán pasó varios días en las celdas de Santa Lucía. El que lo involucró directamente fue el  mismo Amaya, que luego de confesar, se arrepintió y aseguró que el que había realizado la violación de la nena, era su propio padre.

Desde un principio los oficiales habían detenido a Celán porque habían notado que tomó con mucha frialdad el asesinato y violación de su hija. Además los agentes de la Quinta comprobaron rápidamente los antecedentes de este hombre que ya había sido acusado de estupro, corrupción de menores e intento de violación.

Hasta se llegó a hacer allanamientos en la casa de Celán en busca de pruebas en su contra. Buscaban alguna prenda manchada de sangre u otro elemento que vinculara al padre de Magalí con los hechos. Pero no fue así y después de dar testimonio ante el magistrado que instruía la causa, Esteban Celán quedó en libertad.

Contraste
Fácil es ver cómo ha cambiado este país, al cambiar el modelo político que nos gobierna. Mientras que aquella era época de un ineficaz neoliberalismo que dejaba cada vez más gente sin trabajo, en la actualidad nos encontramos en un proceso de inclusión de todos los argentinos, que ha convertido en visibles a aquellos que a finales de los noventa eran considerados invisibles.

Fue esta administración la que se encargó de denunciar el trabajo esclavo en todo el país, sobre todo en las zonas rurales en donde se encontraban los “golondrina”, que realizaban pesadas labores en condiciones infrahumanas.

También pusieron en marcha el nuevo Estatuto del Empleado Rural, que mejoró abismalmente las condiciones de trabajo de este sector. Además, entre otras medidas de inclusión, se destaca la asignación universal por hijo, que cambió el mapa social de la República.

Que distinta hubiera sido la vida de Myrian y Magalí si hubiera habido en esos momentos un Estado que las viera y se preocupara por ellas. Hubiera sido tan distinto que pocos se habrían animado a discriminarlas e ignorarlas como lo hicieron en la década de los 90.

 

 

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