caso baquedano

Las dos muertes de Elda - Por Omar Garade

La violencia de género está enquistada en San Juan desde siempre. Elda Manrique fue víctima de ella. Fue asesinada a puñaladas por su esposo en 1994. Desde entonces, su marido, Pablo Baquedano, no ha querido reconocer públicamente lo que hizo. El mantenerse en esta postura sigue “asesinando” la memoria de su esposa y a otras mujeres que todavía sufren por este tipo de violencia.
viernes, 17 de febrero de 2012 · 22:34

Pablo Baquedano nunca admitió públicamente que asesinó a puñaladas a su esposa. Ni siquiera la decisión legal de no apelar la sentencia de 18 años de prisión que dispuso un Tribunal Oral en su contra, significó, ni por cerca, que este verdulero de Rawson mostrara algo de arrepentimiento por matar a la madre de sus dos hijos.

A casi 18 años de ese sangriento crimen, el asesino y esposo de Elda Manrique se encuentra libre. Cuando se le preguntó si quería hablar de lo sucedido en 1994, este hombre que ahora trabaja para la municipalidad de Rawson, se negó terminantemente. Quizás todavía mantenga lo que dijo en el juicio, es decir que era inocente y que Elda y su cuñada lo quisieron matar a él.

Si es así, si aún luego de años en la cárcel se mantiene en esta posición y no reconoce lo que hizo, es como si volviera a matar a Elda. Es como si volviera a apuñalarla. Esta vez no con un cuchillo, sino con la idea de que lo que hizo “estuvo bien” y que “ella se lo merecía”. Este crimen solo parará cuando este hombre lave sus manos de la sangre de su esposa, con el agua del arrepentimiento.

La violencia de género se basa en este tipo de ideas. En la suposición de que las mujeres se merecen estos “castigos” por ser seres “inferiores”. Que el hombre tiene la impunidad de hacerse valer a la fuerza ante sus novias, esposas o parejas, tan solo por el hecho de ser hombre. Que hay que demostrar “quién manda” a los “sopapos” si es necesario.

Si esta idea no cambia, la violencia sigue. Se transmite. Infecta todo. No tan solo a esa pareja, sino a sus hijos, a los hijos de sus hijos. En algún momento a toda la sociedad. Y no para. Ni siquiera la cárcel para estos asesinos hace que la idea se desvanezca.

Entonces,  y ante este epidemia violenta, es necesario atacar la idea desde sus raíces. Es decir que, definitivamente, el hombre que se aprovechó de una mujer hasta quitarle la vida, tenga la obligación de mostrar su sincero arrepentimiento para volver a la vida en sociedad. Si no fuera así, la enfermedad seguiría y tarde o temprano se cobrará más víctimas.

Elda Manrique (tenía 30 años cuando murió) y Pablo Baquedano (35 en ese momento), llevaban diez años de casados. Tenían dos hijos, Yamila y Pablo, y vivían en una casa que se encontraba en la esquina de República del Líbano y Franklin Rawson,  en el barrio Victoria. Tenían una verdulería que el matrimonio atendía y de sus ingresos vivía la familia.

Cuatro años antes del crimen, el matrimonio ya empezó a pelear por cuestiones de pareja. Los dos se acusaban de ser infieles. Baquedano ya había empezado a mostrarse violento con su esposa en varias oportunidades. La relación se terminó y ambos ya habían decidido separarse. Lo único que no habían resuelto era la tenencia de los dos niños.

Pablo insistía en que él se quedaría con la custodia de los hijos y Elda se negaba constantemente. La violencia iba creciendo. Quizás el punto más alto de intolerancia de Baquedano con su esposa  fue cuando ella invitó a vivir en su casa a la ex pareja de su hermano, Esther Santana (28 años en esa época).

En esa mujer, Elda encontró una amiga a la que decidió compartirle las circunstancias de su vida. Luego del homicidio, fuerte fue el rumor que Elda y Esther eran pareja. “Lesbianas”, como decían los vecinos minutos después de producirse el asesinato. Esto nunca se comprobó y los jueces que instruyeron el caso y juzgaron a Baquedano, tuvieron el buen tino de no tener en cuenta estos pareceres barriales sin ningún sustento.

Tanto insistieron en esta “acusación” (como si ser lesbiana fuera un crimen) que aseguraban que el verdulero había matado a su esposa porque la había encontrado haciendo el amor con Esther, en la propia cama matrimonial, en momentos en que los niños dormían la siesta y él había salido de la casa.
Esto no fue así y fue comprobado tanto por las pericias como por los testimonios que se conocieron en el proceso.  Esta habladuría de vecinas fue alimentada por el mismo Baquedano, el verdulero del barrio, quien al ser contrariado en sus decisiones por la que ya en los hechos no era su mujer, solo se dedicaba a descalificarla ante sus clientes.

A su manera, en su cabeza, el asesinó fue buscándose una razón para asesinar a su mujer. Creyó que diciendo que ella era lesbiana era suficiente para que el barrio lo entendiera. El barrió compró “sus razones”, pero la justicia no. La justicia, en este caso, no se dedicó a desprestigiar a la víctima y qué hacía en su vida privada, sino que se abocó a atrapar y juzgar al culpable.

El 24 de noviembre de 1994 empezó mal. Ya temprano a la mañana, cuando Baquedano fue a abrir la verdulería, se trenzó en una fuerte discusión con su esposa  por la tenencia de los hijos. Esther se tuvo que interponer entre Juan Antonio y Elda, para que la situación no se volviera más violenta aún.

Quizás para eso Elda había invitado a vivir a Esther a su casa, para que le sirviera de escudo humano cada vez que su marido intentara golpearla. Para que hubiera un testigo de la violencia de la que era víctima. Quizás Elda pensó que solo otra mujer la podría ayudar, que solo otra mujer podía entender. Pero ni siquiera eso sirvió para salvarle la vida.

Ese mismo día, en horas de la siesta, la dos mujeres se encontraban en el patio interior tirando agua en el piso “para que refrescara un poquito” así podían “tirarse a dormir un ratito” antes de que los chicos se despertaran.   Baquedano no estaba.  A esa hora había salido para terminar con cuestiones pendientes de su verdulería.

Elda decidió entrar de nuevo a la cocina, mientras que Esther sacaba el agua con el secador de piso. Cuando la víctima traspasó el umbral de la puerta de la cocina, Baquedano (que se encontraba escondido detrás de la puerta) se abalanzó sobre ella y tomándola por los cabellos, la inmovilizó unos segundos, suficientes para descargarle dos puñaladas. Una en la zona del abdomen y otra en la axila.

Esther entra a la habitación alarmada por los gritos y ve la escena. Su amiga en el piso todavía viva y a su marido cuchillo en mano mirándola con furia. Dio la vuelta y salió corriendo hacia el exterior para buscar ayuda. Se había detenido un instante en la vereda para buscar a alguien cuando sintió que la mano de Baquedano la quería tomar por el brazo. Se zafó y empezó a correr hacia la esquina. De nuevo miró para atrás y el verdulero estaba más cerca blandiendo su cuchillo ensangrentado.

Cruzó la República del Líbano y sin pensarlo se metió en una gomería y le pidió a los hombres que allí trabajaban que por favor la defendieran. Cuando llegó  el desencajado homicida, dos personas le salieron al cruce y le pidieron que se calmara y que se fuera. Ante  dos hombres, Baquedano no lo pensó y se fue, dejando a  Esther con vida.

Se dirigió hacia su camioneta que estaba estacionada frente a la verdulería y  fue a entregarse a la seccional 24 de Rawson. Allí llegó ensangrentado,  con heridas en sus brazos y piernas, asegurando que lo habían querido matar su esposa y su “amiga”. Los policías no lo dudaron y lo detuvieron en el acto.

Mientras Baquedano partía hacia la comisaría, Elda se levantó del piso de la cocina y con sus últimas fuerzas salió al patio. Desde allí prácticamente se arrastró, así lo demuestra el reguero de sangre que dejó.  Sacó más fuerzas aún de lo que le quedaba de vida y traspasó el portón de lata que daba a calle Franklin Rawson. Se arrastró por la vereda de tierra, para finalmente terminar desmayada,  abrazada a un árbol que había en la entrada.

Allí la encontró Esther, en un charco de sangre. La joven de 28 años había superado el pánico que segundos antes le había provocado el intento de asesinato de Baquedano contra ella, y había salido de la gomería para ir a buscar a su amiga. Cuando ella legó, otros vecinos ya habían llamado a la policía y pedido una ambulancia.

Los paramédicos levantaron a la agonizante Elda y la trasladaron de urgencias al Hospital Rawson. Allí rápidamente fue intervenida por los médicos que hicieron todo lo posible para salvarle la vida. Fue imposible. La primera puñalada le había perforado el hígado, y a las 19,30 de ese día Elda Manrique, madre de Yamila y Pablo, fallecía por un daño hepático irreversible ocasionado por una herida de cuchillo,  por el que hasta ese momento era su marido.

En la sala de espera solo había tres personas. Su amiga, la madre de Elda y el hermano, ex pareja de Esther. Sus hijos no estaban. Los niños estaban durmiendo la siesta cuando todo ocurrió. Luego de haber escuchado todo ese horror y ver los rastros de sangre de su madre por toda la cocina, los pequeños quedaron en custodia de la policía, que luego los dejó a cargo de la familia materna.

Esa fue la primera muerte de Elda. La muerte física,  que la hizo desaparecer corporalmente de su familia, de sus hijos y de todas aquellas personas que la querían y la conocían. La justicia determinó que fue  su esposo quien la mató. Lo encontró culpable y lo mandó a la cárcel a que pagara por esta tragedia.

La segunda muerte de Elda todavía está en marcha. Las puñaladas contra la memoria de esta mujer seguirán clavándose mientras su asesino no reconozca lo que hizo y dé muestra de su arrepentimiento. Y tiene que hacerlo públicamente, porque si quiere volver a vivir en sociedad, la sociedad debe saber que es consciente de lo que hizo y que lo que hizo está mal.

Debe hacerlo públicamente no tan solo por Elda, sino por todas las mujeres sanjuaninas que son maltratadas a diario por hombres que tienen la misma idea que Baquedano. Todos deben saber que se arrepiente de lo que hizo para que sirva de ejemplo y que muchos “machos” que le quieren mostrar “quien manda” a sus mujeres, sepan que no se pueden seguir comportando de forma tan violenta.

Debe hacerlo, finalmente, para que  Elda deje de recibir puñaladas, para que Elda al fin descanse en paz.

Mentir, mentir y mentir

La estrategia de Baquedano desde el mismo segundo que salió de su casa para entregarse a la seccional 24, era echarle la culpa a su esposa de lo ocurrido. El tenía heridas en los brazos y en las piernas. Ese día cuando se entregó, dijo que esos cortes se los había producido Elda quien lo había querido matar a cuchillazos. Es decir, que él la mató tan solo en su propia defensa.

Este testimonio fue rápidamente discutido, por la que la propia Esther, cuando fue a la seccional, aseguró que las heridas se las había hecho el mismo Baquedano para así apoyar su versión de los hechos. Luego los peritos comprobaron que lo que decía la mujer era cierto, lo cual dejó la acusación de Baquedano contra su esposa sin bases.

Luego en el juicio, Baquedano cambió la estrategia y dijo que la que había matado a su mujer era Esther, que trenzada en lucha con él y Elda, había terminado asestándole las dos puñaladas que terminaron con la vida de su cónyuge. Luego los peritos demostraron que el único que pudo hacer las heridas mortales fue Baquedano.

Esto fue lo que tomó en cuenta el tribunal, que dejó en claro que todo lo dicho por Baquedano en el proceso fue tan solo una estrategia que siempre estuvo lejos de la verdad. En definitiva, hizo lo que hizo desde el primer segundo después de asesinar a Elda: mentir.

Los hijos

Yamila y Pablo ya deben ser mayores de edad en la actualidad. En un primer momento luego de la muerte de su madre, la justicia entregó la custodia a la familia Manrique. Luego un juez de Menores, le quitó esa tenencia y se le pasó a un hermano de Baquedano, que estaba en el extranjero y vino especialmente a San Juan hacerse cargo de la crianza de sus sobrinos hasta que su padre quedara en libertad.

Cuando le quitaron la custodia a los Manrique de los niños, el juez aseguró que los menores no estaban en un ambiente que les convenía para crecer. Al parecer,  la presencia de gente con antecedentes,  amigos de los hermanos de Elda, le hizo pensar al magistrado que era mejor sacar a los hermanitos de ese lugar.

La madre de Elda declaró en esa oportunidad que eso no era verdad, que el juez había cambiado la tenencia de los pequeños porque ella no se podía hacer cargo de su crianza. Debido a su avanzada edad y a que tenía un hijo discapacitado, esto era imposible.

Héroe de barrio

El día que se realizó la reconstrucción del hecho por parte del tribunal que juzgaba el caso, un gentío de vecinos y curiosos se juntó  en la esquina de República del Líbano y Franklin Rawson. Cuando llegó Baquedano acompañado por la policía, fue recibido con voces de aliento por sus vecinos. Diferente fue cuando llegó Esther Santana, ya que la gente empezó a insultarla de todas maneras, a tal punto que uno de los jueces amenazó con detener a una mujer que no paraba de agredir a la testigo.

La participación de Esther en la reconstrucción fue rápida. Ella contó su versión y terminó en tan solo unos minutos. Distinto fue el testimonio de Baquedano, que fue objeto de un detallado interrogatorio por parte de los magistrados, que le preguntaron cada uno de los pasos que hizo en todas las habitaciones de la casa según su versión de los hechos.

Como ambos se mantenían en sus dichos, ya en sede judicial se los sometió un carreo, en donde ninguno de los cambión sus dichos sobre lo acontecido. Finalmente, testificaron los médicos y los peritos, quienes definitivamente volcaron la balanza en contra del verdulero.

Comentarios