Caso Rodríguez

Prueba, error y asesinato - Por Omar Garade

El asesinato del famoso jugador de hockey sobre patines todavía no tiene culpables detenidos o juzgados. A casi seis años de este hecho, la sensación de inseguridad que genera esta historia es concreta. Muchos se preguntan qué tipo de protección existe en San Juan, si un hombre que sufrió un atentado y tenía protección policial ordenada por un juez, lo mismo fue asesinado a sangre fría.
viernes, 27 de enero de 2012 · 20:16

Sería muy duro decir que “da miedo vivir en San Juan”. Sería muy duro decirlo públicamente. Pero más allá de cómo suene, a veces, repasando los últimos casos policiales ocurridos en la provincia, realmente uno siente temor, porque existe la posibilidad de ser asesinado y de que nunca encuentren al responsable. Por lo tanto, sí existe esa posibilidad y los asesinos lo saben. ¿Qué les impide que lo hagan? Aparentemente nada.

El asesinato del famoso hockista Alejandro “Cabezón” Rodríguez (38 años), así lo demuestra. No sólo que lo mataron a sangre fría frente a su hijo de 6 años y todavía no hay ningún detenido, sino que dos meses antes de este hecho, intentaron asesinarlo disparándole cinco tiros a quemarropa y nadie investigó o se preocupó por saber quién fue. Tanto es así, que el sicario continuó con su tarea hasta que tuvo éxito.

Es decir -y el sólo hecho de escribir estas palabras hace correr un escalofrío por la espalda- que en San Juan un asesino tiene tiempo e impunidad no tan sólo para matar, sino para ensayar el crimen, perfeccionarlo y luego tener éxito. Increíble, pero real. Eso pasó y todos se quedaron mirando como el cuerpo del Cabezón se desangraba en la puerta de la casa de su madre, especialmente el juez y la policía que no hicieron nada por detener al criminal.

Pocos días después del crimen, el que era secretario de Seguridad de la Provincia en esos momentos, Dante Marinero, dijo públicamente que el crimen de Rodríguez “era un hecho inusual” y por lo tanto “era difícil de investigar”. El que escuche esto seguramente pensará que este hombre vivía en otro lugar y que recién llegaba a San Juan y se estaba enterando lo que había pasado en los últimos 20 años.

Lo cierto es que los hechos inusuales como éste se le estaban apilando en el escritorio. Repasemos: caso María Rosa, caso Hensel, caso Verdú, y caso Tellechea, todos ellos parecidos y sin ningún culpable detenido, (esperemos no tener que sumar el nombre del policía gay Mario Alberto Vega, asesinado brutalmente en diciembre pasado). Peor aún, Marinero fue hasta jefe de Policía en algunos de estos hechos y por supuesto no logró ningún resultado. Es increíble que haya seguido en la función pública hasta hace poco y además haber sido, en algún momento, ascendido a un puesto superior.

Esta inoperancia de la Policía y de los funcionarios de seguridad da qué pensar. A veces parece que solamente son ineficaces o que les falta profesionalismo. Otras, parece que fueran simplemente cómplices de los malhechores por no hacer nada para detenerlos. La muestra acabada de esto, son los familiares de las víctimas que al principio manifiestan su esperanza de que se encuentre a los culpables, y finalmente terminan acusando a los policías y a los jueces porque pasan los años y no hay resultados.

El 17 de febrero del 2007, Alejandro Rodríguez volvía a la casa en la que convivía junto a su pareja en el barrio Bardiani, Trinidad. Eran las 00:15 cuando el ex jugador de hockey se disponía a subir la escalera hasta el primer piso para llegar a su departamento junto a su hijo de seis años. De la oscuridad apareció un hombre con un casco que le cubría la cabeza, quien sin decir nada descerrajó cinco tiros en el cuerpo del cabezón.

El deportista protegió al niño con su cuerpo y como pudo subió la escalera hasta llegar a la puerta de su casa, adonde lo esperaba desesperada su mujer, quien rápidamente lo hizo entrar al lugar. El asesino, al darse cuenta que ya no vería a su víctima, se subió a su moto y escapó del lugar.

Al tenderse en el piso de su departamento, el Cabezón se dio cuenta de que había recibido dos disparos de los cinco que le tiraron. Uno le dio en el muslo de la pierna izquierda y otro en el brazo izquierdo. Estaba herido pero de milagro había salvado a la vida. Todos creyeron que el sicario no “hizo bien su trabajo” porque la presencia del niño lo perturbó de alguna manera.

En el mismo Hospital Español en donde Rodríguez se encontraba internado después del atentado, el herido le aseguró a su padre, Juan Mariano Rodríguez, que lo sucedido fue una venganza. Según las publicaciones periodísticas del momento, y aún hoy la familia lo afirma, el hockista señaló a un abogado de nombre Raúl Morán, hijo de un ex comisario. Supuestamente, fue porque habría habido un romance con la esposa del letrado.

El padre y Rodríguez fueron juntos a la Jefatura de Policía y ante el subjefe Roberto Castro realizaron esa declaración por escrito. Por lo tanto, la Policía sabía lo que pensaba la que luego sería la víctima fatal. Y si lo sabía la Policía también lo sabía el juez, ya que el subjefe Castro tenía la obligación de informar a Zavalla Pringles de esta declaración. Lo única medida que tomó el juez en este caso fue ponerle una custodia al Cabezón, que como luego veremos no sirvió de nada.

Casi dos meses después, el 10 de abril de ese mismo año, Rodríguez fue finalmente asesinado, pero esta vez en la puerta de la casa de su madre, a donde se había ido a vivir porque tras el atentado se separó de su última pareja, madre del niño que lo acompañó en los últimos pasos. Un tiro entró limpio por su pecho y le quitó la vida inmediatamente. Su hijo, el mismo que estuvo presente cuando intentaron matarlo en febrero en Trinidad, de nuevo estaba presente viendo cómo disparaban a su padre. Esta vez, el pequeño no pudo salir de la pesadilla, porque esta vez su padre no volvió a despertar.

Todo sucedió a unos 100 metros de la comisaría 27ma. de Rivadavia. El Cabezón iba caminando hacia a una casa de la planta baja del monoblock 9 del área II del barrio Aramburu. Fue en un pasillo, en medio de la oscuridad, cuando un hombre salió y a cara descubierta disparó tres tiros a corta distancia de Alejandro. Todo sucedió a las 00:15, la misma hora que en febrero, pero con distinto resultado.

Es decir que el asesino que dos meses antes no obtuvo lo que quería, ahora si lo conseguía. Él tuvo todo ese tiempo para volverlo a planear, para ubicarlo nuevamente, hasta para repetir cada movimiento de lo que iba a hacer para matar al Cabezón. En esos días se dio cuenta de algo que era vital para su cometido: Nadie hizo nada para detenerlo.

Quizás lo más vergonzoso de toda esta ineficacia policial y judicial, es que el juez Leopoldo Zavalla Pringles le puso una custodia para que cuidara la vida de Rodríguez. Una medida que a todas luces fracasó de manera contundente, ya que el deportista terminó con un balazo en el pecho.

Hay dos versiones de por qué el custodio no estuvo presente en el momento que Rodríguez fue ultimado en el barrio Aramburu. La oficial que dio a conocer la Policía en aquellos tiempos, y la que el padre de la víctima relató a Tiempo de San Juan en las últimas horas.

La versión oficial aseguraba que en la noche del crimen el custodio lo acompañó a retirar a Rodríguez a su hijo de la casa de su ex pareja y luego lo acompañó hasta el club Bancaria ubicado en Desamparados, en donde el equipo que dirigía Rodríguez, Aberastain de Pocito, jugaba como visitante.

Luego de ganar 7 a 3 el encuentro, el Cabezón tomó el camino hacia la casa de su madre junto a su hijo. Según el agente, el Técnico no querían que lo acompañaran asegurando que tenía una reunión familiar. La policía dijo que tanto insistió Rodríguez que finalmente el custodio, solo lo acompañó hasta cerca de su propio domicilio, en la intersección de Comandante Cabot y Paula Alabarracín de Sarmiento, en Rawson. Desde allí el hockista internacional siguió desprotegido su camino, de tal manera, que terminó con un tiro en el pecho.

Para las autoridades, que el custodio no estuviera era normal, porque aseguraban que la víctima se quejaba mucho de tener que ser escoltado, a tal punto que les había puesto horarios a sus guardianes. Según la Policía era el siguiente: lunes, martes y jueves de 17:30 a 23:30 y miércoles y viernes de 20:30 a 00:00.

Es decir que como Rodríguez murió a las 0,15 del 10 de abril del 2007, el turno del custodio se habría terminado unos 45 minutos antes, por lo tanto estaba “fuera de servicio” cuando asesinaban a su protegido. Peor hubiera sido un sábado o un domingo, que directamente no entraba en los horarios de vigilancia. Casi se podría decir que fue una muerte “gracias” al cumplimiento del horario de un empleado público.

Pero más allá de esta cuestión de los horarios, que parece una broma de mal gusto. ¿Habrá autorizado el juez Zavalla Pringles que a Rodríguez se lo custodiara cuando él quería? Si consideraba que la vida del hockista corría peligro, ¿no era su deber custodiarlo las 24 horas más allá de lo que quería o no quería el custodiado? ¿Si dio una orden fue para cumplirla a medias? ¿Quién fue el responsable de que esto pasara así, el juez o el jefe de Policía?

Y estas dudas se plantean en la versión oficial. La versión que plantea el padre de la víctima, es definitivamente incriminatoria contra el accionar de la Policía. Según el progenitor, a las 20 del día 9 de abril al custodio de su hijo se le rompió el auto en la intersección de Comandante Cabot y Paula Albarracín de Sarmiento. El agente se comunicó con el Cabezón y le aseguró que lo iba encontrar en la cancha del club Bancaria, en Desamparados.

El “guardaespaldas” se presentó en el lugar y le dijo a Rodríguez que por los mismos inconvenientes en su vehículo no iba a poder acompañarlo por la noche al domicilio de su madre en Rivadavia. Es decir, que en la jornada en la que el deportista es asesinado, el escolta estuvo sólo unos minutos con él en la cancha de Bancaria. No lo acompañó a retirar al niño, casi no estuvo con él en el partido y nunca tuvo la intención de ir con su vigilado hasta Rivadavia.

Las versiones son muy disímiles, aunque Juan Rodríguez aseguró que pudo confirmar que esto era así, porque el mismo custodio habló con uno de sus hijos y le aseguró que se encontraba “muy mal” por no haber estado para haber evitado el crimen. Rodríguez llevó su versión hasta la Policía y la Justicia para que la investigaran, pero según él mismo aseguró, todavía no obtuvo respuesta alguna.

Esta versión abre dos posibilidades, una más preocupante que la otra. La primera es que si el custodio no cumplió su trabajo por problemas personales, dejó solo a Rodríguez y le dejó libre el camino al asesino para que se llevara la vida de Rodríguez. Es de esperar que por lo menos este hombre no trabaje más en la policía de la provincia, al igual que los superiores que debían supervisar su trabajo.

La segunda posibilidad, es que el guardia haya sido cómplice del asesino y que participara de alguna forma del crimen. Es decir, un caso más de “zona liberada” como hemos visto en otros casos policiales en San Juan. Si esto fuera así, la investigación tendría que dirigirse de inmediato hacía esta pista, ya que de esa manera sería más fácil identificar al asesino.

Indudablemente el juez que lleva la causa, Guillermo Adárvez, tendría que despejar cuanto antes estas dudas a la opinión pública sobre si esta versión de la familia se investigó y a qué conclusiones se llegó. Porque sea lo que sea que haya pasado con el custodio, tanto la Policía como el Poder Judicial de la provincia se juegan su prestigio y confiabilidad por este tema.
En lo que respecta a la investigación del caso, las líneas investigativas se dirigieron hacia el abogado Morán, tanto que el juez ordenó allanamientos en su domicilio y en la agencia de seguridad de su padre, en la que él trabajaba. No encontraron nada. Cuando Morán prestó declaración aseguró no conocer a Rodríguez, mientras que su mujer dijo conocerlo pero no tener ningún tipo de relación con él.

Hubo en un momento un testigo, un amigo de Rodríguez que dijo tener forma de confirmar la relación de esa mujer con el Cabezón a través de unos mensajes de texto que tenía en su poder. Pero cuando este amigo se presentó en sede judicial no pudo sostener los dichos que antes les había asegurado a los familiares del muerto.

¿Qué pasaría si un familiar de alguna de estas víctimas tomara un arma y se vengara por mano propia de alguien que “cree” culpable? ¿Haría alguna autocrítica por parte de la Policía y la Justicia de que por no cumplir su labor, la sangre se siga regando en la provincia? ¿Quién se encargará de juzgarlos a ellos? ¿El poder político se decidirá alguna vez a tomar cartas de asuntos, o seguirá mirando al costado y lo único que hará es seguir comprando patrulleros?
Las preguntas están, las respuestas escasean. Mientras tanto, da miedo vivir en San Juan, porque lo que le pasó a Alejandro “Cabezón” Rodríguez, le puede pasar a cualquiera.

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