CHOQUE EN LA RUTA 40

Siete muertos sin explicación - Por Omar Garade

En junio de 1994 un auto del gobierno chocó violentamente el costado izquierdo de un remis en el que viajaban amas de casa. Sucedió a la luz del día, en una recta y todavía hoy no se sabe porqué el Falcón que conducía Juan Domingo Montaño intentó dar una vuelta en U a toda velocidad produciendo una tragedia.
viernes, 04 de noviembre de 2011 · 19:31

El robusto hombre bajó desesperado de su auto. Miró la escena y entre gritos y sollozos, sólo se escuchó la palabra “¡No!”. Caminó con los ojos fuera de órbita, miró para todos lados. Su respiración era tan agitada que tuvo que tomarse el pecho con una mano para poder seguir. En un instante se detuvo y pegando un alarido de dolor se abalanzó sobre uno de los cuerpos sangrientos  que estaba tirado en la ruta.

El desconsolado hombre quedó de rodillas sobre el cuerpo. Lloraba sin palabras sobre la sangre que había en el pecho del muerto. Levantó su cabeza y mirando al cielo volvíó a desarrajar un interminable bramido de pena que congeló a los presentes por unos segundos. Ese último sonido desgarrador fue una excusa para que sus acompañantes trataran de separarlo del cuerpo sin vida.

Pero no fue posible. Toda la fuerza de ese enorme cuerpo  se puso en marcha y a puros manotazos se sacó todas las manos de encima que lo quería consolar. Se arrodilló, tomó el cadáver por la espalda y como si fuera un niño al que estaba durmiendo, lo atrajo hacia su pecho. Con una mano acarició el destrozado cráneo y con la cabeza levantada hacia la noche repitió: “mi hijo, no, Dios, por favor, mi hijo no”.

Pasaron unos segundos más. Sus fuerzas decayeron al ritmo de la devastadora tristeza que lo invadió. Alguien se acercó y lo calmó con alguna frase al oído. Otro le retiró el cadáver de sus manos. El hombre fornido fue arrastrado para sentarlo en un auto. Sólo lloraba en silencio. José Ubaldo Montaño sólo se secaba las lágrimas para volver a pedirle a Dios por su hijo menor, Juan Domingo.

Esta escena  ocurrió a las 18,15 del 16 de junio de 1994 en la ruta 40, entre las calle 9 y 10 de Pocito,  y fue el epílogo de uno de los accidentes de tránsito más brutales y más confusos de la historia de San Juan.  Será recordado por la gran cantidad de víctimas que fallecieron ese día, siete en total, cuatros hombres y tres mujeres.

Tampoco se olvidará por lo inusual de un accidente ocurrido a luz del día, en una recta y por dos autos que venían en dirección contraria, pero no chocaron de frente. Pero a muchos no se les borrará de la memoria por el simple hecho que las autoridades judiciales y policiales sanjuaninas no hicieron nada para investigar qué  sucedió realmente.

Lo que se reconstruyó a través de testigos presenciales que estuvieron esa tarde-noche en el lugar del hecho, fue que un automóvil Ford Falcón que conducía Juan Domingo Montaño,  director de Deportes del  Gobierno de Juan Carlos Rojas,  e hijo del legendario dirigente peronista, José Ubaldo Montaño y en ese momento Ministro de Gobierno de la provincia,  realizó una extraña maniobra que impactó de lleno en el costado izquierdo de un remís Volskwagen Senda en el que viajaban seis personas.

Hasta el día de hoy no se conoce a ciencia cierta porqué el conductor del Falcón realizó tamaña maniobra que le costó la vida a siete personas.  Tres personas fallecieron en el Ford: Juan Domingo Montaño,  Carlos Eduardo Avila y José Román Díaz. Daniel Rochetti que también iba en el auto del gobierno, salió ileso del choque.

En el remís de la empresa Salta murieron Lidia Leiva, Gabriela Molla de Sánchez, Julia Mabel Guallama y el chofer del Senda, Ricardo Mercado. Una niña y una joven salieron heridas y sobrevivieron al choque, Cecilia del Valle Leiva y Marcela del Valle Lara.

El auto oficial conducido por Montaño  venía desde Mendoza y tenía como destino final la capital sanjuanina. Según se supo, el funcionario y sus tres acompañantes venían de algún tipo de evento en representación de la provincia. Distinta era la realidad de los pasajeros del remis. Se trataba de un grupo de amas de casa de Media Agua, que habían contratado ese servicio para que las llevara de nuevos a sus hogares después de haber pasado la tarde en un supermercado capitalino.

Los primeros en tratar de socorrer a las víctimas fueron miembros de la Banda de Música de la Policía, que venían viajando en un colectivo detrás del remís rumbo a Media Agua. Según lo que dijeron en requerimientos posteriores, los oficiales no pudieron ver nada debido a la polvareda que levantaron los autos al colisionar.

Pero gente que estaba cercana a la ruta, aseguró que la responsabilidad la tuvo el Ford Falcon, que sorpresivamente dobló en U a toda velocidad, impactando de lleno el costado izquierdo del remís. Todo pasó rápida y violentamente y en solos unos segundos,  la carpeta asfáltica de la ruta nacional 40 se vio cubierta de sangre y cadáveres.
La situación en la escena del choque tuvo dos momentos. La primera en que se buscaba socorrer a las víctimas y tratar de averiguar qué había pasado, y la segunda, cuando se dio la orden judicial de levantar los cadáveres de inmediato y no realizar ningún tipo de pericia más.
En el primer momento, los policías habían marcado las huellas que había dejado el Falcón en la ruta. La marca de los neumáticos dejaba  en claro la extraña maniobra. ¿Cómo era posible que un auto que viniera a alta velocidad por esa recta, realizar una maniobra en U como si quisiera retomar el carril contrario de manera automática?

Todos se hacían esa pregunta y acordaban que ninguna persona en su sano juicio lo haría. Que solo alguien que esté fuera de sus cabales lo haría. Las conversaciones entre policías, médicos, enfermeros y vecinos del lugar, se encaminaba hacia la idea de que la investigación debería definir en qué estado venía Juan Domingo Montaño, la persona que habría dado semejante volantazo que terminó en tragedia.

Ya había llegado el ministro Montaño y se estaba produciendo toda la escena al principio descrita. Mientras tanto, un hombre de traje, quien se identificó como parte del Tercer Juzgado de Instrucción a cargo del doctor Ricardo Conte Grand, le decía al comisario de la Seccional Séptima, que “levantara rápido los cuerpos, que el juez se los quería entregar  a los familiares, especialmente el del hijo del ministro”.

Y así fue. Periodistas que estuvieron en el lugar fueron testigos cómo de un momento a otro se apuró el levantamiento de la escena del choque. Ni siquiera llegaron al lugar los peritos que normalmente se encargan de determinar lo sucedido. Los cuerpos fueron puestos en movilidades y trasladados a la morgue del Hospital Marcial Quiroga. Los autos fueron corridos de sobre la carpeta asfáltica y en menos de una hora,  el tránsito estaba de nuevo libre por ese camino.

En un momento pareció que no había pasado nada. Todos se esmeraban para que no quedara mucho rastro de lo sucedido. Un periodista se le acercó al oficial a cargo y lo interrogó sobre los pasos que se iban a seguir para determinar el estado de Montaño. “Supongo que harán un dosaje de sangre a él y a los otros que venían en el Falcón”. El uniformado lo miró y solo atinó a decir: “eso lo determina el juez”.

Las horas siguientes sólo se habló del accidente y en ningún momento se mencionó la posible responsabilidad del fallecido director de Deportes a causa de una supuesta intoxicación con alcohol o drogas, como se había creído en un primer momento. Incluso los medios no pusieron en duda esta versión oficial, ni siquiera aquellos que tuvieron periodistas presentes se animaron a romper ese cerco de silencio.

Hasta la actualidad está en dudas si a esos siete cadáveres se les hizo la autopsia.  Es más, nunca hubo prueba alguna de que a Montaño se le hubiera hecho algún tipo de examen toxicológico. Tan es así, que a pocas horas del choque los cuerpos de todas las víctimas fueron entregados a sus familiares, que rápidamente fueron velados e inhumados. Casi como si no hubiera pasado nada.

En la actualidad es casi inimaginable que una colisión de estas características podría ser tapada como aquella de 1994. Hoy los medios, la opinión pública y hasta las mismas autoridades sabrían que es imposible ocultar semejante tragedia bajo el  único título de “accidente”.  Cierto es que en San Juan como en el resto de la Argentina, tuvieron que pasar estos graves casos de encubrimiento y falta de investigación, para que hoy casi no vuelvan a pasar.

Finalmente, el periodista que presenció el calvario que vivió el ministro José Ubaldo Montaño al encontrarse con el cuerpo sin vida de su hijo de 31 años, también fue testigo de otra escena que también pintó por completo lo que sucedió en la ruta 40 después de las 18,15 de ese día cuando murieron siete personas.

Los policías ya había liberado el tránsito y por unos momentos uno de ellos parado en el medio de la calzada dirigía a los automóviles y les pedía que bajaran la velocidad por ese sector del camino. Un auto particular proveniente de Media Agua se detuvo torpemente sobre la banquina. Un hombre desencajado se bajó y fue directamente a hablar con uno de los oficiales.

“Creo que mi señora iba en uno de los autos, ¿usted me puede decir algo?”. El policía le negaba con la cabeza. El hombre dijo un nombre de una mujer,  el uniformado asintió, y el esposo se largó a llorar. Se secó las lágrimas, miró hacia adentro de su auto y vio cómo dos pequeñas cabezas lo miraban también llorando. Se volvió hacia el policía y casi implorándole le pidió: “dígame por favor dónde puedo ver a mi esposa, por favor”. El oficial dio un paso atrás sorprendido por la desesperación de su interlocutor, sólo dijo: “tiene que hablar con el juez, nosotros no sabemos nada”.

Marcados por la desgracia

Por su carácter de hombre público vinculado a la política, sobre todo a los sectores más populares, la figura de José Ubaldo Montaño y todo hecho que se relacionara con él o algún miembro de su familia siempre atraía la atención de la gente. Al velorio y sepelio de Juan Domingo, el menor de sus hijos, asistieron cientos de personas, que acompañaron no sólo al líder sindical sino también a la joven viuda, embarazada de 7 meses.
Pero esa no fue la única mala noticia que la familia  Montaño tuvo que enfrentar, en el corto lapso de 1 año y medio. Apenas unos meses antes de la muerte de Juan Domingo, la única hermana mujer de  José Ubaldo Montaño, Carmen, terminó con su vida luego de disparar contra su hija adolescente, que se salvó de milagro. Todo hacía suponer que el desencadenante de la decisión de la mujer fue la actitud de su único hijo varón, quien se había descerrajado un tiro en la cabeza en su propia casa, seis meses antes. Poco después de la muerte de Juan Domingo, otro hermano del ex secretario de la CGT y funcionario de gobierno provincial decidió poner fin a sus días, ahorcándose en el patio de su casa.

Una cuadra, tres velorios

Aquel 17 de junio de 1994, los habitantes de la villa cabecera de Media Agua tuvieron que asistir a 3 velorios, todos en la misma cuadra. El luto por la muerte de Lidia Leiva, Gabriela Mollá de Sanchez y Julia Mabel Guallama de Videla entristeció a todo el pueblo y todavía hoy, sus familias recuerdan con tristeza aquel hecho que terminó con la vida de las tres mujeres y sobre el que nunca recibieron demasiadas explicaciones.
Aquiles Mollá es el padre de una de las fallecidas, Gabriela Mollá de Sánchez. Con la voz quebrada aún después de 17 años, reconstruye lo que pasó ese día, con el testimonio de uno de los sobrevivientes. “El Ford Falcon venía por la ruta y tenía que doblar para La Rinconada, porque tenían que llegar a tiempo a una inauguración. La manera de llegar a La Rinconada es entrar por calle 11, cuando uno viene por la ruta, pero parece que el conductor se pasó de esa entrada. Alguien que venía en el auto le habría avisado y entonces él quiso doblar en la misma ruta, para volverse hasta la calle 11. Por eso le pega en el medio al remís y no de frente”, relata emocionado Mollá.
“Yo no alcancé a ver a mi hija, pero me dijeron que el choque fue tan fuerte que murieron todos desnucados, los de los dos autos. Mi hija tenía un hijito pequeño, que hoy es la luz de mis ojos y que ya está en segundo año de medicina. Pero fue una verdadera desgracia haberla perdido así, por una imprudencia”, resume el hombre.
Aunque las crónicas de la época no reflejan que haya existido una pericia técnica sobre el accidente para determinar las responsabilidades, la compañía de seguros que cubría al Ford Falcon oficial se hizo cargo de todas las muertes: es decir, puso las culpas sobre quien manejaba el auto del gobierno y no del remís de la empresa Salta. Mollá también refiere lo que pasó después. “Cada familia empezó un juicio, pero por lo que sé, ninguno llegó a concretarse. Dicen que había muchas presiones y que los abogados no pudieron hacer nada…”

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