Penal de Chimbas

Una fuga tipo Hollywood

Dentro de uno pocos días se cumplirán 12 años de la espectacular fuga que tuvo como rehenes a un juez, tres guardiacárceles y cinco periodistas. Era la época del “Festival de la Evasión” y San Juan encabezaba el ranking. Los principales responsables se escudaron en el error de un mediocre magistrado que finalmente terminó como prenda de las negociaciones.
viernes, 28 de octubre de 2011 · 20:05
Si a alguien odian más los criminales que a la misma policía, es a los guardiacárceles. Ven en ellos a personajes que no solo se ocupan de su encierro, sino que se aprovechan al máximo de la miseria que ellos viven en la prisión.  Los acusan de contrabandistas, usureros y de falta de códigos con sus familiares. Fue esta enemistad declarada la que produjo la fuga más espectacular del Penal de Chimbas el 3 de noviembre de 1999, cuando 26 reos escaparon llevándose como rehenes a un juez, el vicedirector del Penal y un camarógrafo.

Mientras la policía se quejaba diciendo que “nosotros los agarramos y estos boludos los dejan escapar”, el gobernador de la Provincia,  Jorge Escobar, y el ministro de Gobierno, Tulio del Bono, apuntaban sus cañones al juez Agustín Lanciani, que “con muy poco criterio” había entrado al pabellón Ocho junto a cinco periodistas  y terminaron todos como rehenes, junto a los tres guardiacárceles que ya estaban atrapados.

El motín había comenzado temprano a la tarde, luego de un incidente entre uno de los presos considerado peligroso y un guardia. La discusión termino mal: con el guardia herido  y otros dos “hombres de gris” (color del uniforme) capturados por los compañeros del ofendido.  Todo pasó en segundos. Los reos de menos jerarquía se ocuparon de cerrar la reja y con los cabecillas ya entronados, la revuelta tomó forma.

Mucho se dijo que el motín y la fuga habían sido preparados detalladamente por los criminales. Pero como se fueron dando las cosas es muy poco probable que así haya sido. El descontrol y lo dinámico de los hechos muestran, que esa cárcel era un polvorín armado entre los reclamos de todo tipo de los convictos, la inoperancia de las autoridades y la corrupción de los guardias.

El primero que se encargó de algún tipo de negociación fue Rafael Rojo, vicedirector del Penal. Los presos no le dieron autoridad y pidieron por un juez para negociar. Luego llegó el procurador del Servicio Penitenciario,  Luis Salcedo Garay, que corrió la misma suerte.

Finalmente se hizo presente el juez Agustín Lanciani, que desde la plaza dentro del lugar pudo escuchar las primeras demandas. Pedían que entrara él y que trajera a periodistas para que fueran testigos de la negociación.

En las puertas del Penal ya había una gran cantidad personas. Periodista de todos los medios, familiares de los presos, familiares de los guardiacárceles, policías de todo tipo y público en general. Había un gran desorden y las autoridades del lugar poco hacían por controlarlo, solo se limitaban a mantener una fuerte guardia sobre el portón de entrada.

Los periodistas que aceptaron la “invitación” del juez fueron Eduardo Manrique y Orlando Arias de Diario de Cuyo, María Silvia Martín y Carlos Taillant de Canal 8 (este último camarógrafo, que por primera vez salía a hacer exteriores en su carrera) y Patricia Moreno de LV5 Radio Sarmiento. Adentro no pudieron sacar fotografías ni hacer tomas, porque los presos encapuchados no se los permitieron en ningún momento.

Apenas entraron, los reos cerraron el portón detrás de ellos y automáticamente el negociador y sus testigos pasaron a ser nuevos rehenes. Aunque los presos aseguraban que solo querían negociar los problemas del penal, como la requisación de sus familiares, el hacinamiento (había lugar para 150 internos, y en realidad eran más de 450), el trato de los guardiacárceles, entre  otras demandas. Pero en realidad lo único que querían era fugarse y ya tenían los “rehenes importantes” que les servirían para tal propósito.

Nombres como el de “El Taza” Albornoz, Oscar Naveda, Ernesto Galleguillo o José Luis Pastón, eran lo que dirigían el motín y los que más amenazaban al juez y a los periodistas. Estos malvivientes de gran prontuario y reconocidos por su peligrosidad, no dudaron un minuto y pidieron negociar directamente con el gobernador de la provincia.

Rápidamente las autoridades de la provincia se pusieron a trabajar en ello. Nadie quería repetir lo sucedido en Ramallo durante pocas semanas antes, en septiembre de ese mismo año,  y que la toma de rehenes terminara con una lista de muertos y duras críticas contra el accionar de las fuerzas del orden.

Tulio del Bono habló en nombre del gobernador Escobar. También participaron el jefe de Policía Dante Marinero, el arzobispo de San Juan Italo Di Stefano y el ministro de la Corte Suprema provincial, Carlos Balaguer. Los presos se comunicaban a través de los celulares de los periodistas, ya que habían quedado incomunicados por cualquier otra vía desde el principio del motín.

Los amotinados iban ocupando cada vez  más pabellones y también habían tomado la Enfermería. Alguna autoridad diría luego que por esa razón  los fugados estaban tan intoxicados, por las drogas que se habían robado en ese lugar. Muchos los rebatieron, especialmente los presos que no se fugaron, quienes aseguraron que el estado de los “pirados” se debía más que nada a la droga que metían los guardiacárceles al lugar.

Los convictos más jóvenes estaban descontrolados y varias veces se enfrentaron contra los cabecillas y otro presos que no se querían fugar porque querían quemar todo el lugar. Maltrataban a los guardiacárceles, amenazaban a los periodistas y se habían obsesionado con Lanciani, al que terminaron golpeando  en la cara. Uno de ellos tenía una granada y  a cada rato amenazaba con que la iba a detonar. Luego se supo que el explosivo estaba inutilizado.

Las horas transcurrían y cuando comenzaba a caer la noche, se llegó un acuerdo. Los presos recibirían transporte y armas para fugarse, pero a cambio deberían dejan en libertad a los rehenes. Las primeras en salir fueron María Silvia Martín y Patricia Moreno. Luego el fotógrafo Orlando Arias. Ahí la liberación se detuvo. Adentro quedaban Eduardo Manrique y el camarógrafo Carlos Taillant.

El jardín de afuera del Penal  ya había una muchedumbre que vivía cada una de las alternativas con mucho dramatismo. La cantidad iba en aumento minuto. Gran cantidad de familiares de ambos bandos. Periodistas de todos los medios y la policía que segundo a segundo incrementaba su número en toda la zona.

Sorpresivamente un grito se escuchó: “Todos abajo que están por salir”. Todos los presentes se tiraron cuerpo a tierra, excepto camarógrafos y fotógrafos. Muchos esperaban una balacera, pero no sucedió. La misma voz, volvió a gritar “Ni un solo tiro, ni un solo tiro”.  Y de repente se abrieron las enormes hojas del portón del Penal de Chimbas y a toda velocidad salió una Traffic repleta de gente y con caños de armas largas que salían de las ventanillas del vehículo. Detrás de ellos, un Ford Falcón gris con más evadidos.

La escena fue digna de una película de acción de  Hollywood. El momento en que el utilitario salía, se podía ver en la parte delantera a un amenazado Lanciani con un arma sobre su cabeza y los gritos de los evadidos que aseguraban que si tiraban iban a “matar a todos”.  Los dos autos doblaron hacia la izquierda y allí un nuevo infierno se desató.

Lejos de haber terminado, la desesperación de la gente que estaba afuera comenzó a aumentar. Los familiares de los internos,  que pedían que no se tomara “venganza” con los presos que quedaban adentro. Los familiares de los guardias,  que querían saber cómo estaban aquellos que fueron heridos y parte de los rehenes.

La policía amplió la seguridad del portón de entrada y envió  adentro del Penal a varios efectivos para tratar de volver a la normalidad el lugar. Entretanto, los colegas del periodista Eduardo Manrique pedían por él, temiendo que algo le hubiera sucedido, ya que habían visto como el camarógrafo Taillant iba en la Traffic junto a los evadidos, pero de Manrique no se sabía nada.

Unos minutos después de discusiones entre las autoridades y los periodistas, Manrique apareció caminando sano y salvo. Según él mismo contó, salió más tarde por propia decisión y a pesar de los duros momentos, logró bajarse de la Traffic al convencer a uno de los cabecillas que su presencia no era necesaria ahí y que además iba a ocupar lugar.

De esa manera fue amainando la tensión afuera del Penal.  Tensión que, en cambio, se trasladó al resto de la provincia, porque había 26 reos sueltos en las calles. Los rehenes que salieron con ellos desde prisión, fueron puestos en libertad en los primeros momentos de la fuga: el juez Lanciani, el camarógrafo Taillant y finalmente,  Rojo.

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