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Historias del crimen

La mujer asesinada a garrotazos en Rivadavia y el jubilado alcohólico que no recordaba nada

La mujer padecía una enfermedad mental y fue encontrada asesinada dentro de la pieza de ese jubilado alcohólico una tarde del verano de 1998. Llevaba nueve días desaparecida de su hogar.

Por Walter Vilca 17 de julio de 2022 - 09:06

No era la primera vez que se perdía. Pero los días transcurrían y no tenían la más mínima idea del posible paradero de Mónica. Al padre le preocupaba que ni siquiera llevara su medicamento. Ese temor de que estuviese en peligro o que le hubiese pasado algo malo, obligó a radicar la denuncia en la Policía para que la buscaran.

El miedo existía, pero ni en la peor pesadilla imaginaron lo que sucedió a nueve días de la desaparición de la mujer. La Policía localizó a Mónica, pero muerta. No sólo eso, la hallaron lejos de su casa y asesinada a golpes dentro de la pieza de un jubilado alcohólico que no sabía dónde estaba parado.

Pasaron veinticuatro años de aquel aterrador hallazgo en la vieja casona de adobe de la calle Centenario en Villa Rodríguez Pinto, en Rivadavia. Fue la tarde del jueves 19 de febrero de 1998. Carlos Gerónimo Herrera salió a vereda y empezó a gritar: “¡la mujer!¡la mujer!”, señalando hacia el interior de su vivienda. Pedía también que buscaran a un amigo del barrio Sargento Cabral.

Aterrador hallazgo

Los vecinos no entendían que quería decir. Una joven vecina se animó y entró a la propiedad para saber de qué mujer hablaba don Herrera. Empujó la puerta de la pieza que habitaba el jubilado y el espanto la dejó paralizada. Sobre la cama había una chica, desnuda de la cintura para abajo y con la cabeza ensangrentada. La testigo se dio cuenta de inmediato que estaba muerta, por lo hinchado del cuerpo.

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El lugar. Esta era la vieja casona de Villa Rodríguez Pinto, Rivadavia, donde encontraron asesinada a la mujer de 38 años.

El lugar. Esta era la vieja casona de Villa Rodríguez Pinto, Rivadavia, donde encontraron asesinada a la mujer de 38 años.

Esa vecina alertó sobre lo que acababa descubrir y llamó a la Policía. El jubilado Herrera se hallaba fuera de sí, no podía explicar qué pasaba. Ni recordaba su edad, así de perdido lo dejaba su adicción al alcohol y sus habituales desvaríos. Menos aún iba a decir quién era esa chica asesinada que permanecía tendida sobre su cama.

Sobre la cama había una chica, desnuda de la cintura para abajo y con la cabeza ensangrentada.

El médico legista que examinó el cadáver constató la muerte violenta. La mujer había sido asesinada como consecuencia de los golpes que recibió en la cabeza con un palo. Su cuerpo semidesnudo evidenciaba que posiblemente fue víctima de un abuso sexual. Y llevaba varios días de fallecida. El arma homicida era el mango de un pico que encontraron en la misma casa.

Ya la buscaban

Ningún vecino la conocía. Los policías de la Seccional 13ra y la sección Seguridad Personal de la Brigada de Investigaciones de la Central de Policía sospecharon quién podía ser la chica fallecida. Hacía días que circulaba el pedido de colaboración de la Seccional 4ta de Desamparados para dar con el paradero de Mónica Roldán, una mujer de 38 años que padecía problemas psiquiátricos.

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La víctima. Esta era Mónica, la víctima del crimen.

La víctima. Esta era Mónica, la víctima del crimen.

José Roldán, el padre, tuvo la lastimosa tarea de reconocer su cuerpo en la morgue judicial. Él mismo aseguro que su hija estaba perdida desde el martes de la semana anterior. Contó a un medio periodístico que la mujer era enferma psiquiátrica y necesitaba cuidados especiales. En ocasiones salía de la casa y deambulaba sin rumbo, se dijo en ese momento.

En el último tiempo estuvo internada en una clínica psiquiátrica de Caucete y se medicada, eso la mantenía estable. Pero algo sucedió la mañana del 10 de febrero de 1998. Mónica se levantó de la cama temprano, preparó un bolso con un equipo de mate y unos cosméticos y abandonó en silencio su casa situada cerca de avenida de Circunvalación y calle Matías Zavalla.

“A mí no me van a hacer nada porque soy buena”, repetía ella, según relató don Roldán en una entrevista. “A mí no me van a hacer nada porque soy buena”, repetía ella, según relató don Roldán en una entrevista.

Al rato, su padre encontró abierta la puerta de calle. Mónica ya no estaba. Sus papás, conscientes de su inestabilidad, le vivían reclamando que no saliera y no se alejara de la casa. “A mí no me van a hacer nada porque soy buena”, repetía ella, según relató don Roldán en una entrevista de Diario de Cuyo. La mujer no dimensionaba el peligro, tampoco era consciente de su enfermedad.

Vidas alejadas

Pero cómo fue que llegó o apareció en la casa de Herrera en Rivadavia, se preguntaban todos. No se conocían. El jubilado era un extrabajador de la empresa Cinzano y andaba mal de hace tiempo. Desde que enviudó. Los vecinos contaron que su esposa, Adela, murió trágicamente por una intoxicación con el gas de su cocina. Sus hijos ya eran grandes. Al quedar solo, Carlos Herrera se mudó a la propiedad de sus padres, esa vieja casona de la Villa Rodríguez Pinto, y ocupó una de las piezas que su familia alquilaba.

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El acusado. Carlos Gerónimo Herrera, el jubilado que quedó acusado del crimen y que murió en el Hospital Mental de Zonda.

El acusado. Carlos Gerónimo Herrera, el jubilado que quedó acusado del crimen y que murió en el Hospital Mental de Zonda.

Los vecinos aseguraron que bebía demasiado. Esa adicción lo destruyó. “Estaba medio loco”, describió una persona que lo conoció. Había días que se sentaba en la puerta de su casa y cantaba tangos en voz alta. Los otros inquilinos no lo soportaban, de modo que no duraban mucho allí. Fue así que Herrera, al final, quedó como único habitante de la vivienda. Igual recibía la visita de sus amigos, también afectos a los tragos.

La hipótesis

Uno de esos hombres supuestamente encontró a Mónica en la vía pública. En la plaza de Desamparados, comentaron en ese momento. Mediante engaños y aprovechándose de que no se podía valer por sí misma, la llevó al domicilio de Herrera que funcionaba como el lugar de las juntaderas de amigos. La tuvieron durante días en esa casa. Una vecina contó que una vez vio a la mujer tomando mate junto al jubilado y a otro hombre.

Existe el convencimiento de que la mujer fue retenida y humillada como objeto sexual. Y que no pudo escapar de su cautiverio, que posiblemente en algún momento los enfrentó o peleó y la mataron a garrotazos sobre la cama. Hoy, con seguridad, el caso se hubiese calificado como un femicidio.

Cuando encontraron su cadáver, no había nadie más que Carlos Gerónimo Herrera. Este jubilado era otro enfermo metal. O eso dio a entender, porque no tenía sentido de ubicación en tiempo y espacio y no supo responder cómo fue que la mujer llegó a su casa y quién la asesinó.

El principal sospechoso siempre fue Herrera. Lo detuvieron el mismo día que encontraron el cadáver de Mónica dentro de su casa. Cinco de sus amigos cayeron arrestado horas más tarde por su posible vinculación con el asesinato. Estos últimos fueron liberados al otro día por no haber pruebas concretas en su contra.

El principal acusado

Todo apuntaba contra el jubilado. El problema fue que el hombre no estaba en su sano juicio. Durante su detención se lo sometió a una serie de exámenes médicos para conocer su estado general de salud, dado que se lo veía deteriorado física y mentalmente. Mientras tanto, la familia Roldán pedía Justicia por el atroz asesinato.

En abril de 1999, el juez Eugenio Barbera –a cargo de la investigación- llegó a la conclusión de que el jubilado era inimputable.

Herrera estuvo más de un año detenido, parte de ese tiempo permaneció internado. En abril de 1999, el juez Eugenio Barbera –a cargo de la investigación- llegó a la conclusión de que el jubilado era inimputable. Los numerosos estudios médicos demostraron que Carlos Gerónimo Herrera era un alcohólico crónico, que presentaba una alteración psiquiátrica y una patología que lo hacía incapaz de comprender sus actos y dirigir sus acciones.

Por recomendación médica, dispusieron que lo internaran en el Hospital Mental de Zonda para su tratamiento y por su seguridad y la de otros. Fue así que el jubilado fue recluido en el neuropsiquiátrico provincial. No soportó demasiado. Los vecinos contaron que no paso ni un año internado, que su salud se agravó y murió. Con esto, su vida se fue llevándose consigo el misterio acerca de qué fue lo que pasó con esa mujer con alteraciones mentales y quién realmente la asesinó.

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