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Historias del Crimen

El secarropa y la pelea que derivó en un asesinato y una revuelta en Chimbas

Fue en diciembre de 2007. Dos jóvenes discutieron por el robo de un secarropa y se originó una pelea. Uno murió y se armó una batahola que casi termina con la toma de un puesto policial.

Por Walter Vilca 26 de junio de 2022 - 08:59

Van a afirmar que fue “El Chupadedos” Olivera quien empezó la pelea. Otros sostendrán que el “Machito” Cerezo salió a provocar. Hasta el día de hoy culpan a uno o a otro. A decir verdad, el encuentro de los dos jóvenes en la puerta de esa casa de Chimbas prometía pelea. La bronca venía de antes y ninguno aflojó ni se sacó la mirada.

“Con vos está todo mal”, primerió Olivera que, corajudo por las cervezas que cargaba encima, recordó al otro muchacho el secarropa que le habían robado a su familia. Nadie sabe exactamente qué se dijeron, pero volaron las trompadas, los empujones y revolearon una silla. Ahí apareció un cuchillo y en segundos corrió sangre.

Una noche de caos

Caía la noche de ese domingo de diciembre y “El Chupadedos” terminaba malherido y agonizando. Y comenzaba el caos, con el enfrentamiento de las dos familias, el ataque a la casa de “El Machito” y la furiosa búsqueda de venganza por parte de los amigos de la víctima, que murió minutos más tarde. Las calles en cercanías del Parque Industrial fue un campo de batalla, con corridas, pedradas y los tiros de los policías que intentaban parar la revuelta vecinal. Casi hasta tomaron el puesto policial de la Motorizada.

Pasaron cerca de una década y media de aquella noche violenta del 16 de diciembre de 2007 en que murió asesinado Antonio Rafael “El Chupadedos” Olivera y que culminó con disturbios callejeros que duraron más de tres horas.

Malos vecinos

Ya existía de antes el “bardo” entre Antonio Olivera y Marcelo Alejandro Cerezo. En ese entonces, el primero tenía 21 años y el otro 20. Se conocían al menos de vista; vivían en las cercanías y sus barrios estaban separados por un canal. Además, a pesar de su juventud, se conocían de la calle y de sus prontuarios. Hacía un mes que “El Chupadedos” había recuperado la libertad. Y al otro, por algo le decían “El Machito”.

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El asesinado. Este era Antonio Rafael Olivera, "El Chupadedos".

El asesinado. Este era Antonio Rafael Olivera, "El Chupadedos".

En aquel momento se contó que habían robado un secarropa de la casa de los Olivera en el Lote Hogar 61 y éstos responsabilizaban a Cerezo. La versión era que a raíz de ese hecho le dieron una paliza a este último en forma de revancha. Pero el resentimiento quedó y Antonio Olivera lo seguía teniendo bien presente. Ese domingo 16 de diciembre de 2007, se acordó del robo y Cerezo mientras caminaba rumbo a un kiosco ubicado en el barrio 19 de Noviembre para comprar un par de cervezas.

Lo acompañaba su hermana, justamente porque sabían que estaba ebrio y en ocasiones se metía en problemas. Por casualidad o a propósito, “El Chupadedos” pasó por la calle 2 de Septiembre, frente a la casa de los Cerezo. Cuando vio a José Cerezo y su esposa -los padres de “El Machito”-, tomando mate en la entrada, se detuvo en la puerta y empezó con los insultos. La versión de la hermana de “El Chupadedos” fue otra, contó que fueron los Cerezo los que provocaron. Que después salió Marcelo Cerezo y que por eso el otro lo sentenció: “Con vos está todo mal…”, le paró en seco.

La pelea

Alcanzaron a decirse algo y a desafiarse, pero las hermanas de “El Machito” metieron a éste a la casa. Olivera la siguió, quería pelear. En esos instantes le tiró una trompada a José Cerezo, al padre de su rival. La mujer de éste intentó frenar al visitante, pero también recibió otro golpe. Tampoco se la llevo de arriba; del otro lado le lanzaron una silla por la cabeza. Ese fue el primer encontronazo.

Era un ida y vuelta hasta que salió de nuevo “El Machito” y se trenzó con “El Chupadedos”. En ese forcejeo sacó un cuchillo y le largó varios puntazos en la cara y el pecho.

Un vecino relató la escena de la pelea en la puerta de la vivienda de los Cerezo. Contó que después llegaron tres mujeres -familiares de Olivera-, que agarraron a pedradas la casa. Era un ida y vuelta hasta que salió de nuevo “El Machito” y se trenzó con “El Chupadedos”. En ese forcejeo sacó un cuchillo y le largó varios puntazos en la cara y el pecho.

En medio del alboroto, Olivera sintió los puntazos. Al instante nomás, notó que le costaba respirar, trastabilló y se desplomó en la vereda. Sus hermanas continuaban tirando piedras y del otro bando les respondían, mientras que hubo quienes tomaron de los pies a “El Chupadedos” y arrastraron su cuerpo para sacarlo a un costado de la vereda. Es que parecía que se moría.

Sin chances

A los minutos arribaron dos policías en un móvil del Comando Radioeléctrico. Los uniformados procuraban dispersar a los revoltosos, pero no podían. Para colmo no llegaba la ambulancia. Eso caldeó más los ánimos. Los familiares del herido exigían que lo llevaran urgente al hospital e increpaban a los efectivos.

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Conflicto. Decenas de policías rodearon la zona para contener a la muchedumbre. Las piedras caían desde distintas lugares. Foto de Diario de Cuyo.

Conflicto. Decenas de policías rodearon la zona para contener a la muchedumbre. Las piedras caían desde distintas lugares. Foto de Diario de Cuyo.

Los minutos se hacían una eternidad y “El Chupadedos” no reaccionaba, entonces los policías se vieron obligados a subirlo al patrullero y partieron rumbo a la guardia del Hospital Guillermo Rawson. En paralelo, decenas de uniformados llegaron para dominar la situación, pero todo era en vano. Los Cerezo se refugiaron en su casa. Afuera, los amigos y familiares del herido se amontonaban en la calle y amenazaban con entrar a la fuerza.

Todo empeoró cuando avisaron que Antonio Rafael Olivera había muerto camino al hospital. Los médicos que lo recibieron en el nosocomio constataron que no tenía signos vitales. Esa mala noticia desató la ira de los allegados del fallecido, que enloquecieron y embistieron contra todo lo que se les ponían enfrente. La indignación también era contra los policías, a los que acusaban de no auxiliarlo y trasladarlo a tiempo al hospital.

La batalla campal

Los uniformados lidiaban con dos problemas. Por un lado, trataban de aclarar cómo se había producido el crimen y quiénes eran los involucrados. Por otro, debían esquivar las pedradas y contener la revuelta que empezaba a gestarse.

Fue un avanzar y retroceder de botas por la embestida de esa muchedumbre enardecida compuesta por jóvenes y algunos adultos que pretendían vengar la muerte de Olivera. Tan violenta fue la revuelta que rodearon la sede de la Base N°5 de la Motorizada e intentaron quemar su edificio u ocuparlo.

Tan violenta fue la revuelta que rodearon la sede de la Base N°5 de la Motorizada e intentaron quemar su edificio u ocuparlo.

Los tiros al aire retumbaban en los alrededores del Parque Industrial y los uniformados de Infantería, del Comando, la Motorizada y la comisaria de la zona iban de un lado a otro persiguiendo a los rebeldes. Fue una cacería. Porque mientras algunos continuaban frente a la casa de los Cerezo y a la base de la Motorizada, otras personas atacaron a pedradas los domicilios de los pocos policías que vivían en la zona.

“El Machito” Cerezo continuaba oculto en su vivienda, temía que lo lincharan. De hecho, se encerró en el baño con un cuchillo, esperando lo que sea. El oficial inspector Nelson Otárola –hoy subcomisario- entró con otros uniformados y convencieron a la familia de que era necesario que se entregara, pero el joven se resistía. Amenazaba con cortarse el cuello, si entraban.

Encerrado en el baño

Sus parientes le suplicaron. Otárola también le habló, le explicó que lo más seguro para él era que lo sacaran de ahí y de la zona porque de un segundo a otro todo podía estallar. Los amigos del fallecido querían matarlo. “El Machito”, que ya no era tal, lo meditó. Hasta que cedió. Los policías lo custodiaron, lo subieron camuflado a una patrulla y salieron a toda velocidad en dirección a la Central de Policía.

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"El Machito". Este es Marcelo Alejandro Cerezo, el autor del asesinato. En ese entonces tenía 20 años. Foto de Diario de Cuyo.

"El Machito". Este es Marcelo Alejandro Cerezo, el autor del asesinato. En ese entonces tenía 20 años. Foto de Diario de Cuyo.

En las afueras, persistía el conflicto. Los desmanes duraron hasta la medianoche y la Policía desplegó un inmenso operativo que se extendió durante toda la madrugada para tomar el control de esos barrios de Chimbas.

Marcelo Alejandro “El Machito” Cerezo y su padre, de nombre José Luis, quedaron detenidos imputados del asesinato. A los dos días, el hombre de 43 años fue liberado. Si bien los testimonios de las hermanas de la víctima afirmaban que Cerezo padre participó de la agresión y le pasó el arma homicida a su hijo, no pudieron probar que haya tenido acción directa en el asesinato.

El testimonio del vecino y otras personas, por el contrario, revelaron que fue Olivera el que empezó la pelea y golpeó a los padres de Cerezo. Y que posteriormente salió “El Machito” y le propinó los puntazos a la víctima. La autopsia realizada por la conocida médica forense María Beatriz Vázquez reveló que “El Chupadedos” Olivera murió producto de una herida corto punzante que le atravesó el corazón. Además, presentaba otros puntazos en la cara y el cuero cabelludo, y escoriaciones como consecuencia de la propia pelea.

Único acusado

Los policías de la sección Homicidios y el juez de instrucción Leopoldo Zavalla Pringles –hoy jubilado- recolectaron pruebas y llegaron a la conclusión que Marcelo Alejandro Cerezo, alías “El Machito”, fue el único responsable en el crimen. Él, en cambio, primero respondió con evasivas. Reconoció que la pelea existió, pero aclaró que fue Olivera el que originó el problema y negó haberle dado los puntazos que le dieron muerte. Es más, nunca encontraron el arma homicida.

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Rastrillaje. Los policías buscaron el arma homicida en un canal. Nunca hallaron el cuchillo. Foto de Diario de Cuyo.

Rastrillaje. Los policías buscaron el arma homicida en un canal. Nunca hallaron el cuchillo. Foto de Diario de Cuyo.

El joven fue a parar al Servicio Penitenciario Provincial. En marzo de 2009 se sentó en el banquillo de los acusados ante los jueces Ricardo Conte Grand, Héctor Fili y Eugenio Barbera, de la Sala III de la Cámara en lo Penal y Correccional. “El Machito”, con 21 años encima, no quiso exponerse al juicio oral y por consejo de su defensor, el abogado Horacio Merino, aceptó acordar un juicio abreviado.

El tribunal lo condenó a la pena de 8 años y 8 meses de prisión por el delito de homicidio simple. Lo ayudó la calidad de primario, no tenía castigos anteriores. Los magistrados entendieron que no le cabía otra calificación ni atenuantes. En la sentencia explicaron que la pelea ocurrió, pero señalaron que Cerezo pudo evitar o buscar otro medio para detener a Olivera, no sacar el cuchillo y matarlo.

En el penal de Chimbas recuerdan que estuvo alojado en esa unidad, pero no era muy conocido. Su nombre tampoco está presente actualmente para los policías que investigan delitos contra la propiedad. Hoy, muchos se olvidaron de “El Machito” Cerezo y del asesinato que cometió. Se supone que cumplió su condena y quizás enderezó su vida.

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