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Por Carlos Gil
Ese mucho afecto de hoy, estará en el baúl de tus recursos cuando tú seas el anciano. Sabrás entonces que, aún envejecido, puedes ser querido y cómo! Incluso por alguien más joven, como seguramente eres tú hoy, queriendo mucho al papá viejo, al abuelo, al vecino anciano, al abuelo del amigo, a la señora del pan casero o al huésped del geriátrico.
Hoy, disfruten de la felicidad mutua que se prodigan. El anciano por recibir el afecto de alguien, en esta época de desapegos. Y tú por todo lo que recibes de él y lo mucho que puedes dar.
Más notable aún si surgió el afecto por un anciano que no estoy obligado a tratar o a querer.
En mi juventud, quise entrañablemente a Osvaldo, un amigo de papá que vivía en Buenos Aires. Disfrutamos con Osvaldo octogenario: viajes, cariños, ternura y anécdotas. En su momento fue también acogido por mi esposa e hijos. Al intuir su partida me legó su inmensa y rica biblioteca, muebles y ejemplares. Con su acuerdo donamos miles de libros a instituciones. Me reservé un mueble y seleccioné libros con anotaciones suyas. Hace 30 años me siguen en mis mudanzas y preside ambientes en mi hogar. Osvaldo sigue vivo, trasciende.
Me imagino hasta yo mismo centenario y tengo una certeza: habrán jóvenes que aún no han nacido y que me querrán como yo a esos ancianos.
Ni qué hablar de cómo me enriquecen hoy los afectos de muy jóvenes amigos.
Sé que eso es posible y legítimo.
En mi experiencia de vida, practiqué lo que Abraham Maslow jerarquiza como la expresión de aprecio más sana, manifestada "en el respeto que le merecemos a otros, más que el renombre, la celebridad y la adulación”.
Ya empecé a disfrutar el afecto que así recibo. Y aún sigo dándolo.
