Carabayllo

La lucha cotidiana contra la tuberculosis en un pueblo de Perú

Un poblado a las afueras de Lima donde se combate diariamente contra la vieja enfermedad que nunca dejó de estar entre nosotros.
jueves, 29 de diciembre de 2016 · 07:38
En Perú, al menos 30.000 personas tienen tuberculosis, una antigua enfermedad infecciosa que mató a 1.8 millones en todo el mundo el año pasado según datos de la Organización Mundial de la Salud.

La tuberculosis, que tiende a atacar los pulmones y puede provocar pérdida drástica de peso y fiebres, es curable con un tratamiento adecuado.

Pero la enfermedad continúa prosperando en los rincones más pobres del mundo, donde las formas resistentes a los medicamentos ahora se están extendiendo.

Perú es el hogar de los más altos índices de tuberculosis multirresistente en las Américas, y uno de cada cuatro pacientes abandona el tratamiento necesario para matar a las bacterias, dijo el Dr. Leonid Lecca, director ejecutivo en Perú de Partners In Healt (PIH), una organización sin fines de lucro con central en Boston que se dedica a proveer tratamientos médicos y ayudas en la construcción de hospitales en todo el mundo.

El problema no es la falta de medicamentos, sino sus efectos secundarios adversos y servicios de salud inadecuados para ayudar a los pacientes a seguir el tratamiento de seis meses como mínimo.

"Algunas medicinas cambian el color de tu piel, algunas causan episodios de psicosis", dijo Lecca, culpando a la falta de inversión en medicina para "la enfermedad de los pobres".

Pero en el barrio de Carabayllo, en las afueras de Lima, donde los grupos de casas de colores pastel se aferran a las colinas polvorientas, los pacientes de tuberculosis bajo un programa de PIH de bajo presupuesto se han adherido a sus regímenes de medicamentos.

PIH capacita a voluntarios de la comunidad para atender a los pacientes de tuberculosis en sus hogares, asegurándose de que toman la medicina diariamente y los ayudan a lidiar con la burocracia de salud pública, dijo Lecca.

Casi todas las mujeres activas de la comunidad, que son voluntarias, han demostrado ser mejores en encontrar y curar a las personas con tuberculosis que los profesionales con guardapolvo blanco, dijo Lecca.

Guadalupe Quispe, de 61 años, ha tratado a ocho pacientes como voluntaria en su barrio Villa Esperanza, donde el estigma de la tuberculosis puede costar trabajos y relaciones.

"El trabajo no es pago, pero tiene otras recompensas", dijo Quispe mientras caminaba por una calle inclinada. Señaló una pequeña casa donde una vez persuadió a una mujer que tosía con sangre para ver a un médico. La mujer habría muerto si no fuese por la continuidad del tratamiento.

"Después de que ella mejoró, fue a la escuela y ahora es una enfermera y tiene una familia, cuando pienso en ella me siento feliz", dijo Quispe.

"Hasta el momento ningún paciente de tuberculosis en el año y medio de programa de PIH ha abandonado, un paso clave para detener la propagación de las formas de tuberculosis resistentes a los fármacos que resultan del tratamiento inacabado", dijo Lecca.

Ahora a mitad de su tratamiento contra la tuberculosis, William Campos, de 49 años, está empezando a imaginar una vida saludable de nuevo. "Quiero caminar de nuevo, trabajar de nuevo, quiero levantarme por la mañana, subir a un autobús y dirigirme al campo", dijo Campos desde su cama bajo una ventana cubierta de hojas en su casa en Carabayllo.

Quispe ha ayudado a traer una rampa de silla de ruedas a la casa de Campos y lo visita todos los días, lo que le hace comer mejor antes de su programada cirugía de espalda: la tuberculosis ha comido parte de su espina dorsal.

"Solía llorar constantemente, el dolor era tan insoportable... incluso pensé en matarme, pero gracias a la señora Guadalupe tengo la esperanza de superar esto", dijo Campos, sonriendo a Quispe con los ojos llorosos.
 
(Fuente: La Nación)

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