entrevista

Tomás Escobar y el desafío de seducir a Hollywood

Mirá la nota de Brando, donde Tomás Escobar se defiende de quienes lo acusan de robarle a la industria del cine y la TV. Además, adelanta su plan para cautivar a los productores de contenido.
viernes, 09 de diciembre de 2011 · 09:48

Tomás Escobar está escribiendo la segunda parte de la película de Cuevana, el sitio de streaming online que reproduce cine y series de televisión de manera ilegal, la versión 2.0 de los "top manta" callejeros. En la primera parte de la saga, Tomás creó Cuevana ( @Cuevana ) al margen de las leyes de derechos de autor y obligó a los estudios de Hollywood a sentarse a conversar con él, después de que su sitio alcanzara los 15 millones de usuarios por mes. En la segunda parte de la película, que todavía no terminó, la tensión es más extrema: Cuevana puede desaparecer. Para evitarlo, necesita que la industria del cine lo salve. Y el cine necesita a Cuevana para repensar un negocio que se le escapa en manos de la piratería ¿Querrá la industria ayudar a Cuevana? ¿Puede Cuevana salvar al cine?

Tomás Escobar ( @tomasescobar ) dice que sí. Que está reconvirtiendo Cuevana hacia un modelo legal de distribución online de contenidos que va a ser la plataforma de streaming más grande de América latina. Que para eso está cerrando acuerdos con productores y distribuidoras de cine independiente, como el que dice que firmó con el INCAA para que esté en Cuevana, gratis, todo el cine nacional, y que también está conversando con las distribuidoras y los estudios de Hollywood para que lo autoricen a reproducir sus series y películas. Que seguirá ofreciendo contenido gratuito, bancado por un modelo de negocio sostenido por publicidad. Y que si no lo logra, es probable que Cuevana termine hundido, pero que Hollywood terminará hundiéndose con él, por aferrarse al sistema tradicional de distribución.

La muestra de cómo la fragilidad de Cuevana es su status de sitio ilegal llegó en los últimos días del mes pasado, cuando comenzaron a circular rumores de que Telefé preparaba una denuncia penal contra Tomás por violar la ley de protección de derechos de autor. "Tuvimos una conversación informal muy corta con los abogados del canal que nos confirmaron que iban a presentar una denuncia", cuenta Mariano Meyer, su abogado, miembro del estudio Tanoira Cassagne, que se especializa en start ups de empresas de tecnología. La razón de la demanda es que Cuevana habría mostrado contenido en vivo de Telefé a través del link de Justin.TV, un sitio que transmite en vivo programas de TV, sin autorización.

Para Meyer, el hecho de que Telefé hablara de una denuncia penal y no una acción civil (que exigiría resarcimiento económico y el cierre del sitio) es un indicio de que lo que buscaba el canal era repercusión mediática. La amenaza provocó la adhesión de los usuarios ( #FuerzaCuevana fue Trending Topic en Argentina) y también de los productores independientes con los cuales Tomás venía conversando para mostrar sus películas. "Hasta se ofrecieron a lanzar un comunicado conjunto" para defender al sitio, dice Meyer. Hasta el cierre de esta edición la denuncia no se había concretado y Telefé no había respondido las consultas de esta revista. [N.de.R. Finalmente la denuncia no se realizó]

Tomás Escobar fundó el sitio gratuito de streaming y se defiende de quienes lo acusan de robarle a la industria del cine y la TV. Además,. adelanta su plan para cautivar a los productores de contenido

Al mismo tiempo que comenzaba a circular la versión de Telefé, Cuevana sufrió el primer hackeo de su historia, cuando dos encapuchados postearon un video donde aseguraban tener los datos de todos los usuarios del sitio. Además, mostraron la nueva versión de Cuevana que Escobar pensaba lanzar a fin de año. "Tomás se enteró mientras estaba en una quinta sin computadora ni Internet. Lo llamé yo, volvió a su casa, dio de baja la página y la volvió a subir con la nueva versión, aunque no estuviera terminada", cuenta Meyer, que sospecha de la simultaneidad entre la movida mediática de Telefé y el hackeo de la web.

Todo esto lo cuenta Tomás de manera pausada una mañana de sábado de noviembre en un bar de Palermo, cerca de donde vive. Dice, y se le nota, que está cansado, producto de las horas que pasa por día programando la nueva interfaz. Aunque podría pagar por hacerlo, programa y diseña el nuevo sitio él sólo, rasgo que revela una personalidad desconfiada y cerrada, por saberse al frente de un negocio por momentos potencialmente millonario, por momentos a tiro de Tribunales. A dos años de su creación, Cuevana no le sirvió para ganar la plata que supone el imaginario social -de hecho, regula la facturación que ingresa por publicidad para no abusar de un negocio al borde de lo legal- ni tampoco para conquistar mujeres.

La novia que tenía en Córdoba, donde estudiaba Ingeniería en Sistemas, lo dejó, y ahora no le va mucho mejor. "Cuando a las chicas les digo que soy el creador de Cuevana no me creen y se van. Lo tomo como un elogio, porque muestra lo que significa la marca", se conforma, y hace bien. A pesar de formar parte de una industria creativa donde el goce por el trabajo se valora tanto como la responsabilidad, no parece estar disfrutando esta etapa de transición. Hijo de un contador y una arquitecta y el mayor de cinco hermanos, es mucho más serio que cualquier chico de su edad, 22 años, y le pesa el lugar en donde lo puso este hobby que se le fue de las manos. Puede ser que a esta altura el título de hobby exceda el presente de Cuevana, pero lo cierto es que así empezó, como un método casero para mejorar la experiencia de descargar series y películas. Con Cuevana, creado en octubre de 2009, lo que hizo Tomás fue indexar los contenidos dispersos que había en la web y concentrarlos en una sola plataforma. Empezó a usarlo con sus amigos y luego el boca a boca de las redes sociales hizo el resto. Hoy, es uno de los 200 sitios más visitados del mundo.

Pero Tomás sabe que a Cuevana el tiempo le juega en contra. Mientras más tarde en reconvertirse, más le va a costar seguir existiendo. Su plan para sacar el site de la clandestinidad empezó con el acuerdo con el INCAA. Se trata del primer acuerdo que alcanza con un jugador de la industria de contenidos audiovisuales. El objetivo de Escobar es transformar Cuevana en el canal de visualización del cine independiente (tanto nacional como del resto de los países de América latina), que sufre la desventaja en cantidad de salas y tiempos de exposición frente al mainstream extranjero. Mientras tanto, de manera paulatina, irá decreciendo la oferta de películas sin acuerdos hasta convertirse, para mediados de 2012, en una plataforma que sólo ofrece contenido autorizado por los dueños de sus derechos. También está negociando un acuerdo con las grandes distribuidoras de películas para reproducir sus productos de manera legal y un perdón por los derechos lesionados hasta acá. Con este nuevo esquema, en el que Cuevana alojará todo el contenido en servidores propios, será la plataforma de streaming online más grande de América latina.

Antes de emprender la carrera por legalizar su plataforma, Tomás tuvo dos ofertas de compra concretas por parte de multimedios de capitales nacionales. Uno, dueño de diarios, radios y canales de televisión, le ofreció 500 mil dólares. El otro, un grupo de medios en manos de un empresario cercano al kirchnerismo, se ofrecía a pagar los royalties para transmitir contenido autorizado por los dueños de sus derechos. A los dos les dijo que no porque ya tenía tomada la decisión de reconvertir su negocio. Hasta ahora, se reunió con decenas de ejecutivos de distribuidoras y señales de TV, a las que prefiere no nombrar, sin alcanzar demasiados avances. Ninguna de las cadenas de entretenimiento consultadas para esta nota ni ningún funcionario del INCAA quiso hablar de Cuevana. Mientras tanto, como gesto, Escobar no muestra películas que todavía estén en cartelera. Además, está conversando con un fondo de inversión de Los Ángeles, formado por ex ejecutivos de la industria del cine, para que negocie un acuerdo con los grandes estudios y expandan el negocio a Europa y Asia.

La ecuación que hace Escobar es que cuando la industria se decida a distribuir películas y series vía internet, va a tener que cerrar con él, que tiene una masa crítica de usuarios (sus 15 millones de usuarios únicos ven 80 millones de películas y series por mes) y una plataforma tecnológicamente probada. La lógica contraria es igual de simple: por qué debería el negocio del cine sentarse a negociar con alguien que le vienen robando material. Si la industria se lo preguntara al economista Lucas Llach, ( @lucasllach )les respondería: porque es más barato. Para Llach, los derechos de autor tienen sentido si sus beneficios superan sus costos. "¿Cuál sería, por ejemplo, la cuenta de costos y beneficios de legalizar definitivamente sitios de internet que reproducen música? Los beneficios son clarísimos: 7 mil millones de personas pueden acceder gratis a música. ¿Los costos? Quizá nos perdemos alguna música, que deja de crearse por falta de incentivos económicos. ¿Cómo da el costo-beneficio, en términos netos? Creo que da muy a favor", dice. En el caso del cine, explica Llach, "los grandes perjudicados serían quienes ahora se llevan un pedazo muy grande de la torta; y esos no son solamente los estudios, sino también los grandes actores. A cambio de esos pequeños costos sociales (un poquito menos de dinero para los Tom Hanks de este mundo; alguna película independiente cuyo director se tenía fe para juntar grandes royalties en el video y eso le cambia la ecuación), 7 mil millones de personas pueden ver todo el cine de la historia. Gratis. La cuenta de costo-beneficio da claramente positiva: Cuevana es bueno. Y si es bueno, no puede estar mal".

Para el cine, un acuerdo con Cuevana es una apuesta de riesgo: ganaría bocas de expendio para sus productos, con la ventaja de que se trata de plataformas que los consumidores ya conocen y no tienen que aprender a utilizar. El riesgo es sentar el precedente de que pueden torcerle el brazo. También es cierto que los números del cine no peligran tanto como los mismos estudios y distribuidoras hacen creer. Los ingresos de la industria por la venta de tickets crecen año a año. En 2010, los cines de todo el mundo vendieron entradas por 31.800 millones de dólares, un 8% o más que en 2009. En Estados Unidos y Canadá, los ingresos por venta de entradas de cine crecieron de 9,2 mil millones de dólares en 2006 a 10.600 millones en 2010. En el resto del mundo el crecimiento fue de 16,5 a 21,2 mil millones de dólares en el mismo período, según la Motion Picture Association of America. "Nadie deja de ir al cine por Cuevana. El acceso gratuito a bienes culturales hace que la gente tenga más ganas de consumir", dice el periodista y crítico de cine Diego Papic ( @dieguez_ ).

Eso no significa que el plan Cuevana triunfe. En el Senado de Estados Unidos existe un proyecto de ley para penar con cinco años de cárcel el streaming online ilegal. El proyecto es una iniciativa demócrata y se ve detrás de ella la mano de los estudios de cine. Esto revela el principal déficit del plan de Escobar: Cuevana sigue siendo ilegal. "Si nos dieran la opción de reconvertirnos de cero a cien en un día, lo haríamos", dice Escobar. Pero no puede, y aun lográndolo, Cuevana pagará un costo por la redefinición de su negocio.

 "Cuevana creció y sigue siendo lo que es gracias a los usuarios. Por eso, quiero un modelo que les sirva a todos, a los usuarios y a la industria", dice. El business plan de Cuevana, pensado por un fondo de inversión que mantiene en el anonimato, porque Cuevana todavía es una inversión de riesgo, es que sean los ingresos por publicidad los que paguen las licencias de las distribuidoras y no los usuarios. Una de las virtudes de Cuevana es su interfaz sencilla, que amplía sus posibilidades de uso a cualquier usuario promedio, lo suficientemente heterogéneo y atractivo para las marcas de consumo masivo. Eso garantiza, cree Tomás, un volumen suficiente para que la publicidad sostenga el negocio. Hasta que decidió disminuir al mínimo posible el flujo de dinero que entra a Cuevana -una cosa es que sea ilegal y otra que sea ilegal y gane plata-, en Cuevana habían pautado Quilmes, Pepsi y Nextel.

Pero no la tiene tan fácil. Un inversor de emprendimientos 2.0 se puso a hacer cuentas, a cambio de la reserva de su nombre, y dice que no cree que el modelo funcione. "Por un lado, la publicidad va a arruinar la experiencia del usuario y le va a restar clics. Por otro: ¿cuánto tráfico tiene que tener para que sea rentable? Google México factura 70 millones de dólares al año, y es Google -dice-. Una cosa es hacer un buen business plan y otra es hacer un buen negocio", advierte. Para Gastón Silberman, creador de Proyecto Cartele, cofundador de Oony y autor del libro Sin cortinas, Cuevana tiene una audiencia tan heterogénea que le resta cualificación y, por lo tanto, valor para las marcas. "Para que tenga valor, su audiencia tiene que ser identificable, y eso Cuevana no lo tiene", dice. Uno de los ejecutivos del sitio de e-commerce más grande de la región, que pidió no figurar con nombre y apellido, dice que el problema es todavía más complejo: "No le va a ser fácil, le va a costar cerrar. ¿Los escupió durante dos años y ahora quiere que sean amigos? Se lo van a hacer pagar", dice.

Escobar tiene una teoría de por qué la industria no le presentó todavía ninguna demanda: "Creo que no terminan de saber si lo que hago es legal o no". Para el abogado Eduardo Stordeur, profesor de posgrado de la Facultad de Derecho de la UBA, la discusión sobre los derechos de autor está obsoleta. "Son derechos muy difíciles de proteger y la ganancia social asociada a que las personas tengan acceso a la información o creaciones artísticas de manera masiva a muy bajos costos es demasiado grande", dice.

Cuando, en 2001, la industria de la música arrodilló a Napster, la plataforma de intercambio de archivos P2P, ganándole un juicio de 36 millones de dólares por violar los derechos de autor, no sabía que la sentencia la arrastraría también a una derrota de la cual aún hoy no logra recuperarse. Desde que comenzó el acoso judicial a Napster, en diciembre de 1999, pocos meses después de su creación, la plataforma ganó en tráfico y popularidad (llegó a tener 24 millones de usuarios), y cuando finalmente la presión de los músicos y la industria la obligó a reconvertir su modelo de negocio hacia un servicio por suscripción, detrás de Napster nacieron cientos de plataformas similares (Kazaa, eMule y tantos otros) que dinamitaron la forma de distribución de contenidos y la manera en que generan ingresos.

 Diez años después, las discográficas están recuperando terreno, aunque siguen pagando el tiempo y el dinero que perdieron aferrándose al modelo tradicional. Según la Federación Internacional de la Industria Discográfica ( IFPI ); en 2010, 19 de 20 temas musicales se descargaron de forma ilegal por internet. Así y todo, las ventas por esa vía se incrementaron 6% en relación con 2009, por el crecimiento de las plataformas de venta legal de música, como Spotify, Deezer y Vodafone, y los contratos firmados con las operadoras de telefonía celular para ofrecer servicios musicales. La cifra total de venta digital de música fue de 4.600 millones de dólares. En Argentina, mientras tanto, las ventas digitales representaron el 7% del mercado total de música, la mitad del promedio a nivel regional es del 15%. Ahora es fácil decirlo, pero cuánto se hubiera debilitado la piratería comercial si las discográficas y los músicos hubieran abrazado a Napster, haciéndolo propio y sumando internet a la góndola de productos, en lugar de voltearla. Bueno, el Napster de la industria del cine es Cuevana y todos los sitios de streaming online como Cuevana: 1channel.ch , Movie2k.to , Seriesyonkis.com o 3000filmes.com.

 "Si los estudios hubieran tenido un modelo para comercializar sus contenidos a través del streaming online, no existiríamos", dice Escobar. El ejemplo más evidente de que la industria no sabe qué hacer con la distribución online de sus contenidos es Netflix, una compañía estadounidense que nació en 1997 como un videoclub por correo y que dos años después comenzó a ofrecer películas por streaming. Sus mercados son Estados Unidos y Canadá y, desde el año pasado, América latina, Argentina incluido. Entre todos, tiene 24 millones de suscriptores. Netflix fue fundada por Reed Hastings, un emprendedor de 50 años nacido en Boston que por estas horas es el niño mimado de Silicon Valley y para Fortune fue el hombre de negocios de 2010. El sistema Netflix -fee mensual a cambio de un catálogo de películas online- fue copiado por otras compañías, como OnVideo (de Telefónica), Vdio (creada por uno de los fundadores de Skype), Hulu y TotalMovie. Este modelo de negocios es legal -paga royalties a los dueños de los derechos del contenido- y, al comienzo, entusiasmó a los estudios de cine.

 "A la industria le hubiera encantado hacer Netflix", dice nuestro Hastings argentino, Tomás Escobar, porque habría encontrado en ese modelo un aliado que respetaba las condiciones legales de su negocio. Pero ahora los estudios se están dando cuenta de que Netflix ( @NetflixLAT ) los está canibalizando, porque entendieron que la disponibilidad de miles de sus títulos a un costo de centavos cada uno disminuye el valor de sus productos. Entonces, empezaron a darles de baja a acuerdos de distribución, de ahí que la principal queja de los usuarios sea la calidad del catálogo, porque en Netflix, OnVideo y el resto de los jugadores de ese mercado es difícil encontrar películas y series recientemente estrenadas.

En eso, otra vez, aunque con armas desparejas, Cuevana les saca varios cuerpos. "El principal valor de Cuevana no es que sea gratis, sino la calidad de su catálogo", dice Papic, que también es director de cinenacional.com. Cuevana, asegura Diego, obligó a las cadenas de televisión a estrenar series al mismo tiempo que en Estados Unidos.

La experiencia de la industria del cine con Netflix refuerza la idea de que, si acuerda con Cuevana, no va a aceptar que los usuarios no paguen nada por el contenido. "Si alguien ve una película, el estudio va a querer cobrarle. Los estudios van hacia el pay per view", dice un ejecutivo 2.0 que conoce el funcionamiento de la industria del entretenimiento. Esto le presenta a Cuevana dos problemas: "Los estudios le van a pedir un mínimo garantizado, lo que implica pagar el catálogo antes, y con el modelo del contenido pago va a tener una caída del view".

Hace seis meses, Tomás decidió venirse de Córdoba a Buenos Aires para conocer gente que lo ayudara a profesionalizar su negocio. Así fue que se encontró con el grupo de inversionistas que lo está ayudando -prefiere no decir su nombre- y pidió asesoramiento legal al estudio Tanoira Cassagne. Su objetivo es lavar el perfil de Cuevana y posicionarse él mismo como emprendedor dentro del microclima 2.0 de Argentina. Ambas cosas son igual de difíciles: el ambiente tecnológico porteño no lo quiere. "No lo conozco, pero no me gusta", dice uno de los principales inversores de negocios de tecnología cuando le preguntan por Escobar. Traducido: sabe quién es, pero no lo reconoce como un par. Es que para el mundo 2.0, sitios como Cuevana o Taringa -cuyos administradores están procesados por subir obras literarias sin autorización- representan una amenaza, porque les restan valor a sitios de temáticas similares y porque alimentan la especulación de que se pueden hacer negocios al borde de la ley sin sufrir sus consecuencias. Hay otra razón, y es que incrementa la desconfianza de la "vieja economía" hacia Internet, que aún hoy sigue viendo el universo online como un competidor y no como un aliado.

 "Yo no estoy en contra de la industria - se defiende Escobar-. Cuevana les conviene porque generó una necesidad que antes no existía. Le generó un valor a sus productos, los favoreció", dice, y recuerda la confesión amarga que le hizo el vicepresidente regional de una cadena de televisión de que no podía evitar que sus hijos miraran las series en Cuevana. De hecho, muchos directores y productores, sobre todo del cine independiente, autorizan ellos mismos que Cuevana muestre sus películas, como el caso de Rati Horror Show, de Enrique Piñeiro, o todo el contenido de Canal Encuentro, subido por sus propios productores.

Es difícil ver de un lado a Tomás, del otro a la Paramount Pictures, y pensar que este flaco mal dormido les puede ganar. Escobar no es el prototipo de un héroe moderno, no tiene elaborado, detrás de Cuevana, un pensamiento complejo sobre la democratización de la cultura y los desequilibrios acumulativos del capitalismo. Tampoco se jacta de su irreverencia. Tomás no quiere convertir Cuevana en una bandera, no presenta un debate ideológico, al punto que no se define como militante de la abolición de los derechos de autor. Dice que sólo quiere que la gente vea cine gratis. Quizás esa falta de espesura sea la salvación de su plataforma, porque es lo que le permite pensarla como un negocio con beneficios compartidos y no como una expresión antisistema.

Pero aun ganando, la industria del cine sufre un dilema: al otro día de que Cuevana comience a cobrar su contenido, bajo el modelo pago, publicitario, o cualquiera que sea el esquema que encuentre, en ese instante, nacerá otro sitio dispuesto a dar gratis lo que Cuevana comience a cobrar. "La piratería se combate con calidad. La gente no paga sólo por el contenido, sino por la usabilidad", dice Tomás, en un exceso de adaptación al mercado y de contradicción con su propio presente. La paradoja de entrar al sistema es que otro desandará el camino opuesto. Escobar lo sabe, la industria del cine lo sabe: florecerán mil Cuevanas.

El intento de Cuevana por saltar de la clandestinidad al reparto del negocio grande 2.0 tiene algunos antecedentes, sobre todo de parte de sitios torrent que nacieron a comienzos del 2000 y permitían intercambiar, sobre todo, archivos MP3. Con los años y la penetración de la banda ancha en los hogares, los torrent comenzaron a traficar películas y series y la actividad comenzó a volverse más compleja. Tres de los más populares, Napster, The Pirate Bay y Kazaa, hicieron el recorrido que ahora pretende Tomás Escobar con su Cuevana, ordenaron los papeles y presentaron modalidades pagas después de negociar acuerdos con la industria del entretenimiento. Acá, la historia de cada uno de ellos.

NAPSTER
El pionero del P2P marcó un quiebre en la industria de la música y arrastró además a los músicos a marcar sus posiciones sobre el tráfico ilegal de su obra por internet. Fue creado en 1999 por Shawn Fanning mientras estudiaba en la Northeastern University de Boston. Su popularidad fue inmediata y llegó a tener más de 24 millones de usuarios. A los pocos meses, varias empresas discográficas y músicos, como la banda Metallica, iniciaron un juicio en contra de Napster. En 2001, la Justicia cerró sus servidores y a fin de ese mismo año resarció a las empresas discográficas. Napster había acabado, aunque la marca fue pasando por varias manos hasta que, en 2008, la compró Best Buy y la relanzó como la tienda online más grande y más detallada de MP3 del mundo, con 6 millones de canciones, en http://music.napster.com.

Tomás Escobar fundó el sitio gratuito de streaming y se defiende de quienes lo acusan de robarle a la industria del cine y la TV. Además,. adelanta su plan para cautivar a los productores de contenido

THE PIRATE BAY

El nombre lo dice todo: es uno de los sitios de torrent ilegales más famosos de internet, pero, a mediados de 2011, sus fundadores, los suecos Gottfrid Svartholm y Fredrik Neij, pusieron el barco pirata hacia las costas de la legalidad y lanzaron un sitio (bayfiles.com) para compartir archivos que, según dicen, se apegará a todas las reglas de derechos de autor. BayFiles, el nuevo servicio, no usa BitTorrent, más bien operará más parecido a RapidShare o Megaupload, donde uno selecciona un archivo que se sube al servidor y luego puede ser descargado por cualquier otro usuario. BayFiles pretende ganar dinero vendiendo cuentas premium, que no tendrán tiempos de espera para descargar y podrán subir archivos de mayor tamaño. Fredrik Neij aseguró que se apegarán a las reglas y que si se solicita eliminar un archivo de los servidores por problemas de derechos de autor, lo harán.

KAZAA
Esta red P2P es hija de la caída de Napster. Fue creada en 2001 por el sueco Niklas Zennstrom y el danés Janus Friis, y al poco tiempo comenzó a ser perseguida por la industria de la música. Las discográficas le iniciaron un juicio y terminó pagando 100 millones de dólares como arreglo. La marca fue comprada por Brilliant Digital Entertainment, un distribuidor online de contenido licenciado, que la relanzó como un servicio de suscripción de música por streaming. Cuenta con una aplicación gratuita para iOS, mediante la cual se puede tener acceso a todas las funciones del programa. A través de un pago mensual (9,99 dólares, disponible sólo en Estados Unidos), es posible acceder al catálogo para escuchar la música en línea; y en algunos casos, descargar las canciones por la vía legal.

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