Semana 11: Racismo de allá lejos, de más acá… ¿y el de los sanjuaninos?

sábado, 6 de junio de 2020 · 10:52

Paréntesis en las maldiciones del coronavirus para reflexionar sobre discriminaciones diarias. Las de EEUU asombran, pero suelen pasar por alto las de acá a la vuelta.

Por Sebastián Saharrea

Se coló de modo fulminante en medio de tanta angustia por la pandemia: el debate mundial por la agitación del racismo global no tiene nada que ver con el coronavirus, apenas algún estado de sensibilidad especial que puede generar el encierro.

Sobre llovido, mojado, entonces. A la calamidad sanitaria que puso patas para arriba al planeta, el agregado de una convulsión racial ocasionada por un episodio puntual que pareció haber rebalsado el vaso y configuró un virtual estado de deliberación mundial como pocas veces se ha visto en la era moderna.

Imágenes de época que serán recordadas por los años. Las de los sepultureros apurando la velocidad de la pala de punta para tener más lugares disponibles en los cementerios, a la Casa Blanca a oscuras (en negro, justamente) como no lo estuvo por décadas. Nos acordaremos todos los testigos ocasionales de estos meses que han puesto al mundo en llamas.

Sin garantías, de todos modos, que ese estado de convulsión produzca el parto de un planeta algo mejorado. Un milímetro, siquiera. La moneda está en el aire, sin definición. Se sabrá cuando se cuenten los muertos, se reflexione sobre los motivos. También, cuando se aplaque la furia antirracismo, se conozca la manera de reacción de los líderes.

Y se puedan sacar mejores conclusiones: si habrán sido cambios a fondo en la manera de relacionarnos, más sensibles, empáticos hacia el resto, comprensivos de las diversidades. O si operarán modificaciones gatopardistas, esas de cambiar para que nada cambie que son el combustible de las movidas que hoy no pasan de las apariencias.

Se tapa la cara horrorizada la gran platea preferencial del mundo bienpensante ante las imágenes asombrosas que producen estos días. Jamás se habrá podido imaginar una turba penetrando los jardines de la West Wing en Washington, una división de la US Army real, no de utilería, en las puertas de Hollywood.

Y se reproduce una especie patética, los asombrados desde lejos. Los que desde este país, e inclusive desde San Juan expresan solidaridad a los movimientos antirracistas, postean con los hashtag de moda en esa dirección, se visten de negro y anuncian consternación, pero ejercen idéntico racismo a la vuelta de su propia esquina.

Doble vara dolorosa. Nada nueva, sólo que ahora es algo más evidente. Empático si es que proviene de alguna de esas grandes obras cinematográficas que desde siempre hablaron de racismo en films a los que se asiste un sábado a la noche. Pero al ratito, cuando llega la hora de comer una porción de pizza, pasa rápidamente a la anécdota.

¿Conurbano bonaerense? No, Quinta Avenida. Gente saliendo con televisores de coquetas tiendas de la avenida más cara del mundo, Wall Marts desbordados por las avalanchas, paisajes de deja vu para todos los compatriotas que hemos visto episodios locales de la misma novela, a montones.

Ni justificado, ni alentado. Postales sí de que atrás de una consigna que explotó de repente como la furia racial (o antirracial) existen minorías no tan insignificantes que vienen pasándola mal desde hace tiempo. En Florencio Varela como en Baltimore, pese a que por algún momento a alguien se le pudo ocurrir que era patrimonio argentino.

Posteó la revista Barcelona un enlace ocurrente en su habitual tono de sátira, que bien podría pasar a reportar en las noticias de la CNN: “Quién es Edward Duhaldest, el misterioso dirigente que estaría detrás de los saqueos en EEUU?”. Si hace falta explicar la parodia, remonta a los movimientos que en el 2001 ocasionaron saqueos que terminaron en la renuncia de De la Rúa. Y la llegada de …. Duhalde, tres presidentes interinos mediante. Como si no fuera suficiente con una gestión miserable como la del ex suegro de Shakira para fogonear la irracionalidad. O no alcanzara con décadas de opresión en EEUU como para explicar los desbordes.

Mientras, algunos líderes juegan al esclavo. Proclama Trump luego de visitar un templo Biblia en mano que enviará al poderoso ejército de EEUU –la fuerza militar más grande del mundo- si cada gobernador no puede controlar las revueltas por sus propios medios. Los llama flojos, miembros de la extrema izquierda.

En ese caldo se cuece la grieta de la principal potencia mundial. Al coronavirus que ya supera los 100.000 muertos y desata todo tipo de tironeos en un país no acostumbrado a vivir apagado, el bonus track de los conflictos raciales más fuertes desde Martin Luther King hasta acá. Con ese trato entre autoridades, un presidente llamando flojos a los gobernadores o los mayors (como se llama a los intendentes). Y un frente externo no menos complejo, bloqueando fronteras migratorias y comerciales con China. Y elecciones presidenciales en noviembre, cartón lleno.

Ciencia ficción apenas tres meses atrás, que encontró la hiperfertilidad de pandemia-tensión racial acumulada-líderes incendiarios como nunca en la historia para marcar un cambio de época.

Si aparece la tentación de preguntarse cómo es posible haber llegado hasta acá, es probable que la respuesta no encuentre una sola causa. Pero rankea bien alto el esquema de la gota que rabalsó el vaso. Una chispa que encendió un fuego, en el que previamente ya había mucho combustible a disposición.

Pueden encontrarse algunos casos en la historia reciente, acá cerca y en el mismo sentido. El crimen de Fernando Báez Sosa fue el episodio de mayor impacto en la opinión pública nacional inmediatamente anterior al reguero de la pandemia. Fue en enero y causó tremenda conmoción, cabe preguntarse por qué, si no fue ni la primera ni será la última víctima de un ataque de agresores intoxicados por los excesos y la xenofobia.

Meses antes, explotó repentinamente en Chile el mayor movimiento social en reclamo de las miserias a las que somete el sistema a millones de personas. Sí, millones de personas coparon la céntrica Plaza Italia de Santiago y llevaron al gobierno de Piñera a un estado de zozobra al que sólo la aparición de la pandemia pareció salvar, increíblemente.

¿Cómo y de dónde apareció semejante movimiento que ni las redes de inteligencia pudieron detectar? Buena pregunta porque la respuesta no radica en ninguna paciente tarea de preparación clandestina sino en la explosión de un minuto a otro de tanta tensión que se acumula con los años.

En lo de Villa Gesell y en los de Chile saltan los mismos motores impulsores. Un fastidio silencioso que se acumula tiempo y junta material. Y la evidente clasificación de ciudadanos de primera y ciudadanos de segunda que impone la civilización en esta instancia moderna. Lo mismo que se puede encontrar en las calles de EEUU, dilemas irresolutos que se absorben hacia adentro y un día se manifiestan hacia afuera.

Con la estampita del racismo y la discriminación como estandarte. Qué otra cosa que eso es lo que anida en el alma de cualquier manifestante en Brooklyn o LA? Qué otra cosa es la que fastidia a los asistentes por televisión a las imágenes de una turba de patoteros acomodaditos pateando la cabeza del hijo de un albañil del conurbano que desgraciadamente coincidieron en el mismo boliche? O qué empuja a un manifestante chileno, que no sea la certeza de que la salud y la educación son antes que nada escenarios de mercado y rentabilidad, antes que sus derechos a progresar y no morirse?

Por eso resulta al menos oportuno preguntarse para adentro. Qué hacemos cada uno de nosotros para reforzar los cimientos de ese stutus quo. Y no deberíamos dejar pasar el turno para recordarnos en la cara esa vergüenza de ser parte del problema. Aún más si lo conocemos, nos solidarizamos a la distancia y lo ejercemos en el pago chico.

Acá en San Juan ocurren cotidianamente esas acciones, en público y en privado. En el trato cotidiano, en las redes en especial. Recordar alguno no hace mal: aquella campaña que nació en redes y se extendió a las reuniones familiares contra Chimbas, estigmatizándolo de la peor manera. Que llevó incluso al municipio a realizar una campaña para levantar el orgullo frente a esos ataques anónimos.

Suele sobrevolar ese tono discriminador en nuestras mesas de cafés, nuestras sobremesas. Las de entrecasa y acá nomás, lejos de la cuna del racismo afroamericano, en pleno territorio del racismo de procedencia: Argentina, San Juan. Prejuicios y discriminación al orden del día. Lamentable ejercicio supremacista, sea donde sea.

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