opinión

Hablan monseñores… (h)ay Dios…

A raíz del fallo de la Corte Suprema legalizando el aborto a la mujer violada, y embarazada producto de esa violación, los voceros de la Iglesia expresaron lo suyo, que es más o menos lo mismo que dijeron siglos antes y que dirán siglos después. Por Guido Berrini.
lunes, 19 de marzo de 2012 · 21:18
La nota arranca con una breve digresión, a saber:  Yo no quiero fanatizarme. Y espero que la gente que sobre el tema piensa distinto tampoco lo haga, para que podamos llegar a un debate racional.

No estaría mal que todos evitemos repetir como loros cuestiones dogmáticas, inmutables aunque la realidad se presente de manera opuesta al designio.

Si me prometen  no aseverar supercherías tales como que el agua se puede convertir en vino; o que alguien, después de tres días de fallecido y con un serio deterioro físico producto de lesiones gravísimas se levantó para vivir para siempre; yo les prometo enviar cartas abiertas y solicitadas a la Presidenta para que dentro de la Constitución se incluya a la Biblia, a la manera de los pactos internacionales, para que la palabra de Dios tenga fuerza de ley.

De no mediar esta inclusión, a pesar de mis oficios, cualquier alusión al libro sagrado será irrelevante a la hora de tratar lo que se trata: el derecho que asiste a una mujer violada a no perpetuar eternamente el acto de la violación del cual resultó embarazada pariendo al hijo de su violador.

Ahora sí.

Más allá del tema puntual, que no es objeto de la reflexión (sobre el que, adelanto, tengo posición tomada a favor de la educación sexual para decidir, anticonceptivos para no abortar y aborto legal para no morir), lo que alerta para la discusión son algunos razonamientos de los encargados de las cuestiones de Dios en la tierra sobre el reciente fallo de la Corte Suprema de Justicia de la Nación sobre la legalidad del aborto a la mujer violada.

Es decir, lo que ocupa a este cronista es la palabra, pero no LA PALABRA, sino las palabras que profieren los religiosos que habitan la nota.

Monseñor, o el señor Aguer, sentenció que “ahora la Corte dice que no es necesario que sea deficiente mental sino que toda mujer violada puede recurrir tranquilamente al aborto”.

El uso de este adverbio, “tranquilamente”, modificador del modo en que la mujer va a realizar la denuncia, nos hace pensar sobre dos situaciones: una improbable,  que un monseñor sea violado; la otra imposible, que el mismo monseñor violado quede embarazado. Quizá por eso considera que una mujer violada puede ir “tranquilamente” a hacerse un aborto.

Por estar en un rango menor dentro de la jerarquía eclesiástica, el sanjuanino José Juan García, no se despachó con una cosita menor. “Los legisladores que votaren una norma a favor del aborto estarían dejando de representar al pueblo que los votó”. (¿) ¡A mí también, por ejemplo? ¿A mí, igual que a él, suponiendo que hemos votado a los mismos diputados y senadores?

Extraña concepción de la democracia representativa. Deberá explicar el Padre quién decide en base a que acciones, si no escapan al imperio de la ley, (de los hombres, la única que tiene rango constitucional),  un dirigente deja de representar a su pueblo en base a sus acciones legislativas, ejecutivas o judiciales.

Advierta el Presbítero que no lo meto en el brete de explicar por qué una mujer merece ser quemada sospechosa de mover objetos con la mirada y/o  tener relaciones carnales con seres de existencia al menos dudosa como el Diablo, sin ir más lejos, que parece que frecuentaba en el Medioevo a las damas tanto como el sodero hoy en día. No lo hago cargo de todas las aberraciones perpetradas por los que lo antecedieron en el cargo. La Iglesia, evidentemente, aunque posee su sede en un Estado, no tiene continuidad jurídica. Le pido una explicación sobre algo bastante más sencillo…de misericordioso que soy nomás.

La curia cuyana no se queda atrás. En un comunicado suscripto por los arzobispos de San Juan y Mendoza, Alfonso Delgado y José María Arancibia, el obispo de San Luis, Pedro Martínez, y los de San Rafael y el auxiliar de la capital mendocina, Eduardo Taussig y Sergio Buenanueva, se hizo uso del “injusticiómetro” y se evaluó que "una mujer que ha sido violada merece comprensión y acompañamiento" y que su "herida no se cura con una injusticia mayor como es el aborto". Seguramente el “injusticiómetro” de la violada funciona distinto que el de los ministros de Dios.

Bueno, a decir verdad, ya han echado a andar otro invento creado por la Iglesia en tiempos del Matrimonio Igualitario, el “amorómetro”, que determinó que para que haya amor, y ese amor sea el motor de una familia, se debía dar una serie de coincidencias religioso-fisiológicas, a saber: la aprobación del Alto y la existencia de un pene y una vagina, para El y Ella, respectivamente.

Por otra parte, advirtieron que el aborto "aunque llegue a ser legal, siempre será una grave injusticia contra la dignidad del ser humano y una ofensa a Dios". “Legal” es una palabra que, evidentemente, está por debajo de la sensibilidad de Dios en la escala celestial, pero no en la legislación de los pobres mortales que habitamos este valle de lágrimas, con esperanzas o no de una vida posterior y mejor.

En síntesis, el comentario viene a defender una serie de derechos. Aquel primero que apoyó la Corte con su fallo reciente, y el de algunos prelados a callarse (gloria al viejo  Groucho) para no confirmar lo que algunos pensamos de ellos.

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